Se­xua­li­dad

NUES­TRA VI­DA SE­XUAL ES UN TE­MA QUE AÚN NO SE RE­SUEL­VE DEL TO­DO. QUE SEA BUE­NA DE­PEN­DE FUN­DA­MEN­TAL­MEN­TE DE NO­SO­TRAS Y DE NUES­TRA CA­PA­CI­DAD DE SA­BER LO QUE NOS GUS­TA, POR­QUE EL GRAN ERROR ES PEN­SAR QUE LOS HOM­BRES TIE­NEN ESA OBLI­GA­CIÓN.

NuevaMujer - - ÍNDICE - Por: Car­la In­gus Ma­rín.

La vi­da se­xual fe­me­ni­na si­gue sien­do una in­cóg­ni­ta. Po­cas ve­ces nos abri­mos para con­ver­sar de es­te as­pec­to y, en mu­chos ca­sos, so­bre to­do des­pués de va­rios años con la mis­ma pa­re­ja, deja de ser “te­ma”, lle­va­do a una vi­da muy pla­na don­de se bus­ca más el pla­cer mas­cu­lino que el pro­pio. El pla­cer se asen­tó en la mu­jer ha­ce 50 años a pro­pó­si­to del an­ti­con­cep­ti­vo, “pe­ro aún la mis­ma mu­jer no es ca­paz de to­mar el pla­cer para sí y es­pe­ra que se lo dé el hom­bre. La pro­por­ción de mu­je­res que se mas­tur­ba es mu­cho me­nor que los hom­bres, la pro­por­ción que dis­fru­ta sus ge­ni­ta­les y el pla­cer en ellos es muy in­fe­rior a los hom­bres”, se­ña­la el doc­tor Ch­ris­tian Tho­mas, del Cen­tro de Se­xua­li­dad de Chi­le (Cesch). El clí­to­ris es un ór­gano de una ex­clu­si­vi­dad ca­si úni­ca en las es­pe­cies ani­ma­les, y no lo usa­mos. ¿Para qué es­tá en­ton­ces?… ¿Sa­bías que el clí­to­ris no tie­ne otra fun­ción que dar pla­cer? Po­cas lo to­ca, co­no­cen o mi­ran. “Es in­creí­ble que eso ocu­rra. Es co­mo si no usá­ra­mos el oí­do para es­cu­char. No se en­ten­de­ría por­qué, sal­vo por­que

el pla­cer po­ne en pe­li­gro a la so­cie­dad, o al me­nos eso nos han he­cho creer”, agre­ga. En sín­te­sis, so­mos dis­tin­tos y du­ran­te mi­le­nios ocu­pa­mos ro­les: la mu­jer se ha de­di­ca­do a com­par­tir y los hom­bres no. El gran pun­to es que dar pla­cer no se apren­de del día a la no­che. Aun no es­tá tan arrai­ga­do. ¿Ha­blas de se­xo con tu pa­re­ja? ¿Qué sa­bes de lo que te da o no pla­cer? Pro­ba­ble­men­te no sea una res­pues­ta tan cla­ra, y eso no es cul­pa de un mal aman­te, sino de nues­tra in­ca­pa­ci­dad de co­no­cer­nos. Hoy las ame­na­zas más po­ten­tes a la vi­da se­xual fe­me­ni­na vie­nen de la pro­pia mu­jer, a que mas­cu­li­ni­ce­mos nues­tra con­duc­ta y nos pon­ga­mos en la mis­ma po­si­ción se­xual del hom­bre, sin cons­truir di­fe­ren­cias.

EL “DRA­MA” MAS­CU­LINO

Evi­den­te­men­te los cam­bios y el he­cho de he­mos in­ten­ta­do me­jo­rar la vi­da ín­ti­ma ha ge­ne­ra­do un pro­ble­ma en los hom­bres. “Hoy los más jó­ve­nes ven a la mu­jer co­mo una ame­na­za a su fun­cio­na­mien­to se­xual, por­que no sa­ben qué ha­cer con los nue­vos ro­les”, ex­pli­ca Tho­mas. La ca­da vez más co­mún fal­ta de de­seo en los hom­bre jó­ve­nes ha­bla de lo di­fí­cil que es en­fren­tar lo des­co­no­ci­do y lo mons­truo­sa que pue­de en­ten­der­se a la mu­jer.

¿QUÉ HA­CE­MOS?

El pun­to de par­ti­da para una se­xua­li­dad fe­liz es so­lu­cio­nar los trau­mas de in­fan­cia. En un país co­mo el nues­tro, don­de un gran por­cen­ta­je de los infantes han si­do abu­sa­dos si­co­ló­gi­ca, se­xual o fí­si­ca­men­te, se ha­ce di­fí­cil vi­vir una se­xua­li­dad fe­liz. ¿El paso si­guien­te? * Iden­ti­fi­car­se con ma­dres más sa­na­men­te eró­ti­cas. * Lue­go en­ten­der que el pa­dre, el mo­de­lo de hom­bre, no fa­lle co­mo fa­lla hoy. * Lue­go co­no­cer­se a sí mis­ma. Si bien es una ex­ce­len­te en­tre­ten­ción, los ju­gue­tes se­xua­les son un com­ple­men­to, no una so­lu­ción. Ador­nan y en­ri­que­cen la vi­da se­xual, pe­ro no la so­lu­cio­nan. ¿En­ton­ces? A te­ra­pia se de­be­ría ir siem­pre. “Te­ner una bue­na o me­jor vi­da de pa­re­ja es un tra­ba­jo dia­rio. No es fir­mar una li­bre­ta y ya. Ne­ce­si­ta con­fian­za, pro­yec­tos en co­mún, ad­mi­ra­ción mu­tua, com­pli­ci­dad de pa­re­ja, y no só­lo de pa­dres y leal­tad con el otro/a. El amor se sos­tie­ne en el es­ti­lo de re­la­ción de pa­re­ja, y no al re­vés. Nin­gún amor pue­de sos­te­ner un mal es­ti­lo de re­la­ción. Por tan­to no es el amor el que man­tie­ne a las pa­re­jas, sino el có­mo se re­la­cio­nan, y eso se cons­tru­ye con es­fuer­zo, de­di­ca­ción, y día a día”.

ALER­TA

La realidad es que la pa­re­ja que es­co­ge­mos re­pi­te mu­chí­si­mas ve­ces pa­tro­nes de có­mo fuis­te cui­da­da de ni­ña, y si pen­sa­mos que en Chi­le el 50% de los ni­ños tie­nen pro­ble­mas de víncu­los en la in­fan­cia y des­cui­do, en­ton­ces, va­mos a te­ner mu­chas pa­re­jas con pro­ble­mas. Y gra­ves. Eso lle­va a pro­ble­mas de co­mu­ni­ca­ción; la co­mu­ni­ca­ción se cons­tru­ye con es­pa­cios de in­ti­mi­dad. En Chi­le la in­ti­mi­dad es ma­la por­que en nues­tras fa­mi­lias no hay in­ti­mi­dad. Hay control y obe­dien­cia, pe­ro po­ca con­fian­za y com­pli­ci­dad. Cree­mos que de­cir­le a la pa­re­ja lo que ne­ce­si­ta­mos im­pli­ca que el otro o la otra obe­dez­ca y lo ha­ga. Eso no es así. De­cir­lo es una co­sa muy im­por­tan­te, pe­ro otra co­sa es que eso ocu­rra. Pe­ro de­cir­lo o te­ner la po­si­bi­li­dad de de­cir­lo, es bá­si­co. Aho­ra bien, ¿qué le pue­des pe­dir a un hom­bre si no sa­bes lo que quie­res? Fuen­te:@chris­sex­doc

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