Ju­lián ELFENBEIN

“Mis hijos me han enseñado a ser fe­liz”

NuevaMujer - - PORTADA - Por Ca­ro­li­na Palma Fuen­teal­ba. @ca­ro­li­na­pal­maf Fo­tos Fer­nan­do Gu­tié­rrez A. @fer­nan­do.fo­to­gra­fias Sty­ling Se­bas­tián Hasta Nun­ca. @se­bas­tian­has­ta­nun­ca Ma­qui­lla­je Ca­mi­la Ar­go­me­do P. @ca­mi­lar­go­me­do­ma­keup Agra­de­ci­mien­tos Ho­tel Court­yard San­tia­go Las Con­des @Co

Re­gre­só a la televisión con Pa­sa­pa­la­bra, el exi­to­so programa de Chi­le­vi­sión. Un buen mo­men­to que vie­ne a co­ro­nar una vi­da familiar estable, res­pe­tuo­sa y lú­di­ca, don­de sus hijos ocu­pan to­dos los es­pa­cios.

Tras ser des­pe­di­do del ma­ti­nal Muy bue­nos días, de TVN, ha­ce dos años, Ju­lián Elfenbein (44) re­gre­só de la mejor for­ma. Pa­sa­pa­la­bra, el programa de con­cur­sos de CHV, se trans­mi­tía una vez a la semana y aho­ra se ex­hi­be mar­tes, jue­ves y do­min­gos, trans­for­mán­do­se en el gran éxi­to del ca­nal. “El equi­po, li­de­ra­do por Carlos Va­len­cia, ha si­do fun­da­men­tal. Es un ho­nor tra­ba­jar en es­te equi­po pequeño que ha­ce un esfuerzo enor­me. Es­toy muy con­ten­to. Tuve va­rias ofer­tas pa­ra vol­ver a la televisión, pero, más allá de ha­ber pen­san­do en vol­ver o no, cuan­do me mos­tra­ron Pa­sa­pa­la­bra, ya co­no­cía el for­ma­to y no me costó nada aceptar”, con­fie­sa.

Es que Ju­lián se mueve muy bien en lu­ga­res im­preg­na­dos de energía, don­de el jue­go es el prin­ci­pal in­gre­dien­te. Bas­ta re­cor­dar su pa­so por programas como Pase lo que pase, Fie­bre de bai­le o Ta­len­to chi­leno.

Es­te tiem­po fue­ra de pantalla se con­vir­tió en una opor­tu­ni­dad, pa­ra com­par­tir más con su fa­mi­lia, ir a de­jar a los niños al co­le­gio y no per­der­se nada. Lo in­vi­ta­mos a par­ti­ci­par en nues­tro Es­pe­cial Día del Pa­dre, y aceptó de inmediato. En la se­sión de fo­tos, ju­gó y se sin­tió có­mo­do en me­dio de ju­gue­tes, mu­ñe­cas y ma­ma­de­ras. ¡Có­mo no! Su sueño era ser pa­pá jo­ven. Fi­nal­men­te, jun­to con la pe­rio­dis­ta Daniela Kir­berg, se con­vir­tió en pa­dre de Ben­ja­mín el 2006. Lue­go lle­gó Sa­rah (9) y Ra­fae­la (5).

“Un año an­tes de ca­sar­me, tuve un tu­mor ce­re­bral. La Daniela fue muy pa­cien­te y tu­vi­mos que es­pe­rar por­que no po­día­mos casarnos to­da­vía. Mi pri­mer hijo fue muy bus­ca­do, y cuan­do na­ció el Ben­ja fue una lo­cu­ra”, recuerda.

Y nos cuen­ta que des­de esa opor­tu­ni­dad crea­ron una tra­di­ción bastante es­pe­cial. Cuan­do lle­ga­ban a la sa­la de par­to, iban con dos po­si­bles nom­bres de sus hijos y el equi­po mé­di­co vo­ta­ba por el que más le gus­ta­ba. “Cuan­do na­ció mi pri­mer hijo, pen­sá­ba­mos en Ben­ja­mín o Fe­de­ri­co, el nom­bre de mi abue­lo, y ga­nó Ben­ja­mín”, re­la­ta en­tre ri­sas. ¿Có­mo des­cri­bes la pa­ter­ni­dad con Ben­ja­mín?

Na­ció el 2006, y yo es­ta­ba en Chi­le­vi­sión, haciendo el ma­ti­nal, es­ta­ba en ra­dio, y fue ma­ra­vi­llo­so, in­creí­ble. Siem­pre fui un pa­pá cho­cho, gua­gua­te­ro, y aho­ra so­mos una fa­mi­lia muy acla­na­da. Cla­ro que uno sa­be dón­de se acues­ta, pero no sa­be dón­de des­pier­ta.

¿To­dos se van a dor­mir con us­te­des?

Sí, y to­dos dur­mie­ron hasta los cua­tro años con no­so­tros. Aho­ra, si al­gu­na se po­ne a llorar, cam­bia­mos de pie­za. Es que no so­mos pa­pás que de­jan llorar a los niños hasta que se acos­tum­bren. ¡Odio to­das esas téc­ni­cas! A los niños hay que dis­fru­tar­los por­que, cuan­do van cre­cien­do, se ale­jan. De hecho, el Ben­ja con suer­te me da un be­so aho­ra.

¿Qué ac­ti­vi­da­des ha­ces con tus hijos?

Con el Ben­ja so­mos fa­ná­ti­cos de la “U”, so­mos muy part­ners. Es el úni­co hom­bre ade­más. Las ni­ñas son mis prin­ce­sas, pero él es mi part­ner. Soy me­dio ob­se­si­vo con los niños, los amo tanto. No hay nada que me gus­te más que es­tar en mi ca­sa, so­mos súper ca­se­ros los dos. Igual sa­li­mos a veces de ca­rre­te, in­clu­so lle­vo a los niños a los ca­rre­tes y se acues­tan tar­de. No so­mos tan ri­gu­ro­sos en esas cosas. Si el Ben­ja es­tá vien­do el blo­que de de­por­te en las no­ti­cias y se terminan pa­sa­das las diez de la no­che, lo de­jo no más.

¿Las ta­reas se re­par­ten o las mujeres siem­pre nos lle­va­mos el ma­yor pe­so?

Soy muy or­de­na­do, ca­si ma­niá­ti­co en el or­den. Soy el que la­va, si la cocina que­dó mal ce­rra­da, la voy a ce­rrar…, soy súper or­de­na­do con eso. Vi­ví solo muchos años, ha­bía que ha­cer­lo y aho­ra nos re­par­ti­mos las ta­reas to­tal­men­te. Más aho­ra que ten­go la opor­tu­ni­dad de lle­var­los al co­le­gio. La ver­dad es que an­tes era un sueño lle­var­los, por­que nun­ca pu­de. Yo era el tí­pi­co pa­pá que no es­ta­ba en la fo­to del pri­mer día de cla­ses.

“Más que pa­pá lú­di­co, soy lú­di­co en esen­cia. Cuan­do me ven en el tra­ba­jo, en­cuen­tran que el pa­pá es­tá lo­co. Les ha­go per­so­na­jes, los ha­go reír, ha­go de pa­ya­so, me pe­go en las mu­ra­llas. Des­de que na­cie­ron vieron a un pa­pá lo­qui­llo”.

¿Exis­te cul­pa por eso?

No sien­to cul­pa. Sien­to que re­fle­jo a ma­más y pa­pás de Chi­le. No creo que to­dos ten­gan la opor­tu­ni­dad de ir a de­jar­los o bus­car­los. Aho­ra que ten­go la opor­tu­ni­dad, la dis­fru­to. Me pue­do acos­tar a las cin­co de la ma­ña­na y me le­van­to igual.

Tu sa­li­da de TVN, ¿se con­vir­tió en un gol­pe a nivel familiar?

Más allá del gol­pe in­terno, o que uno pien­se que era una in­jus­ti­cia o no, fue una opor­tu­ni­dad familiar. No es que an­tes es­tu­vie­se au­sen­te, pero me per­día muchas cosas que tra­té de re­cu­pe­rar.

Vol­va­mos atrás. ¿Qué pasó cuan­do lle­gó tu primera hi­ja?

La Sa­rah (9) es mi prin­ce­sa. Es la más dis­tin­ta de mis tres hijos, fi­si­ca­men­te es igual a su madre. Es una niña muy ma­du­ra, in­creí­ble, con carácter. No hay nada que ame más que sus pies. Hay una tra­di­ción que te­ne­mos con los niños: cru­zar­nos los pies. Es­toy acos­tum­bra­do a la pa­ta en la ca­ra en la ca­ma (ríe). Aho­ra lle­go y em­pie­zo “pa­ta, pa­ta”. La pa­ta de la Sa­rah…, ¡mi­ra las cosas

que es­toy di­cien­do! (ríe), pero la pa­ta de la Sa­rah es lo que más me gus­ta de ella.

¿Te tran­qui­li­za?

Vi­ví con su pa­ta, le hacía ma­sa­jes des­de gua­gui­ta. Yo sin su pa­ta no se­ría na­die (ríe).

¿Es di­fe­ren­te criar a un niño que a una niña?

No sé si es más fácil, pero mi hijo es ca­be­za de pe­lo­ta, tie­ne los mis­mos gus­tos que yo, en­ton­ces no es que sea más fácil, sino que es más com­ple­men­ta­rio de mis ac­ti­vi­da­des.

Tus hi­jas son otro mun­do…

Son otro mun­do. Mis dos ni­ñi­tas es­tán cien­to por cien­to fa­ná­ti­cas de You­Tu­be. Mis hi­jas no ven te­le. ¿Tú crees que ven mis programas? ¡No los ven! El Ben­ja es más de no­ti­cias, como más vie­jo chi­co. Si pien­so en di­fe­ren­cias, un cum­plea­ños de ni­ñi­to es más fácil: “Vamos a ju­gar a la pe­lo­ta to­dos los ca­bros”. En cam­bio, un cum­plea­ños de ni­ñi­ta es otra cosa. Ma­ña­na mi hi­ja ce­le­bra su cum­plea­ños nú­me­ro cin­co en el co­le­gio, y van a co­ci­nar y ha­cer otras ac­ti­vi­da­des.

¿Has apren­di­do del mun­do fe­me­nino?

Prin­ci­pal­men­te so­bre las sen­si­bi­li­da­des. Por ejem­plo, yo soy bien ta­lle­ro, me gus­ta mo­les­tar a los niños y si digo “al Ben­ja le gus­ta tal ni­ñi­ta” o “es­ta ni­ñi­ta an­da atrás tu­yo”, él solo me va a de­cir “Ay, pa­pá”. A la Sa­rah le digo lo mis­mo, y se po­ne a llorar.

¡Qué bueno que tu­vis­te ni­ñi­tas!

Sí, y vi­vo con cua­tro mujeres: la Daniela, que no es fácil, mis hi­jas y la Ro­si­ta que tra­ba­ja con no­so­tros. El Ben­ja y yo siem­pre per­de­mos (ríe).

¿Te sien­tes el rey de la ca­sa?

Pa­ra nada. En mi ca­sa los reyes y rei­nas son mis hijos. Ellos tien­den a adue­ñar­se de la es­ce­na. Aunque, in­sis­to, so­mos dos hom­bres y en la ca­sa vi­vi­mos con har­tas mujeres, así que ellas son las due­ñas de la ca­sa y no­so­tros so­mos el úl­ti­mo es­la­bón de la ca­de­na.

¿Te con­si­de­ras un pa­pá lú­di­co?

Más que pa­pá lú­di­co, soy lú­di­co en esen­cia. Cuan­do me ven el tra­ba­jo, en­cuen­tran que el pa­pá es­tá lo­co. Les ha­go per­so­na­jes, los ha­go reír, ha­go de pa­ya­so, me pe­go en las mu­ra­llas. Des­de que na­cie­ron vieron a un pa­pá lo­qui­llo.

Los niños pro­vo­can que uno se co­nec­te con su la­do más in­fan­til.

Ab­so­lu­ta­men­te, aunque yo vi­vo co­nec­ta­do con mi par­te más in­fan­til. Uno va cre­cien­do, pero sien­to que ten­go mu­cho menos edad de la ten­go. A veces soy un niño más en la ca­sa (ríe).

Si pu­die­ras re­su­mir, ¿qué te han enseñado tus hijos?

De to­do. Mis hijos me han enseñado que la fa­mi­lia es lo prin­ci­pal, a ser más so­cia­ble, a com­par­tir más, y también a ser más ri­gu­ro­so. Uno pue­de ser ami­go, pero también de­be po­ner la cuo­ta de ri­gu­ro­si­dad en la ca­sa. Me han enseñado a ser fe­liz.

¿Te preocupa la opi­nión so­bre tu fa­mi­lia o hijos en redes sociales?

Al principio era muy ce­lo­so de eso, pero des­pués lo he ido ma­ne­jan­do más. No ten­go redes sociales, ex­cep­to Ins­ta­gram. En ge­ne­ral, no ne­ce­si­to es­tar en con­tac­to per­ma­nen­te. No ten­go ob­se­sión por es­tar siem­pre di­cien­do al­go. Mi se­ño­ra me

di­jo que me hi­cie­ra Ins­ta­gram, y en ge­ne­ral subo de to­do, no ten­go nin­gún pro­ble­ma.

¿Qué te he­re­dó tu pa­pá? ¿Man­tie­nes al­gu­na tra­di­ción hasta la ac­tua­li­dad?

El fa­nas­tis­mo por la “U”. En mi fa­mi­lia se es azul sí o sí. En ese sen­ti­do, también se lo he he­re­da­do a mis hijos. También otras ca­rac­te­rís­ti­cas, como ponerse en el lu­gar del otro, sa­ber que lo ma­te­rial no es im­por­tan­te.

¿Y era cer­cano, si ha­bla­mos de con­tac­to fí­si­co?

Sí, muy. El arru­ma­co, hacerse ca­ri­ño, dar­se be­sos, el abra­zo per­ma­nen­te..., to­do eso es par­te de mi pa­pá. Era muy de piel. Ha­go lo mis­mo con mis hijos, aunque les mo­les­te a veces ( ríe).

“En mi ca­sa los reyes y rei­nas son mis hijos. Ellos tien­den a adue­ñar­se de la es­ce­na. Aunque, in­sis­to, so­mos dos hom­bres y en la ca­sa vi­vi­mos con har­tas mujeres, así que ellas son las due­ñas de la ca­sa y no­so­tros so­mos el úl­ti­mo es­la­bón de la ca­de­na”.

Vi­vis­te con tu pa­pá en tu pie­za cuan­do tus pa­pás se se­pa­ra­ron. ¿Có­mo re­cuer­das esa ex­pe­rien­cia?

La ver­dad no fue al­go agra­da­ble. Fue un mo­men­to difícil, no lo re­cuer­do con ca­ri­ño. No se trans­for­mó en “mi her­mano” al vi­vir con­mi­go en mi pie­za tam­po­co. Los pa­pás siem­pre son los pa­pás.

Les pe­dis­te a tus pa­pás que se se­pa­ra­ran, ade­más.

Fue difícil la si­tua­ción. Ellos no pe­lea­ban de­lan­te de uno, pero la si­tua­ción es­ta­ba fría. Como era el hijo más chi­co y es­ta­ba en la ca­sa, fue más difícil. Cuan­do una pareja cumple un ci­clo, si se lu­chó, se dio la pe­lea, hay que in­ten­tar lo­grar la fe­li­ci­dad por otro la­do. Si exis­te una buena re­la­ción in­ter­na, se no­ta que hay ca­ri­ño, es ideal. Si la si­tua­ción no es así, y los niños es­tán vi­vien­do otro clima, al fi­nal po­dría ser mejor una se­pa­ra­ción.

To­da la ra­zón. Al­gu­nos so­ña­mos con el “pa­ra siem­pre”…

Por mi par­te, me gus­ta­ría es­tar siem­pre li­ga­do a mi fa­mi­lia, mi mu­jer y mis hijos, pero uno nun­ca sa­be có­mo es la vi­da.

Tu pa­pá mu­rió ha­ce ocho años. ¿Le cuentas a tus hijos so­bre su abue­lo?

Los dos más gran­des eran muy chi­cos y no tie­nen muchos re­cuer­dos, así que les cuen­to có­mo era mi pa­pá. Nos perdimos har­tos mo­men­tos jun­tos en la vi­da, pero las cosas son como son, no se pue­de re­tro­ce­der el tiem­po.

Tra­je, Trial. Ca­mi­sa, Van Heu­sen. Za­pa­tos, Blas­ko.

Po­le­rón, Tien­da Snog / vn­ro. Bó­xer, Mo­ta.

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