La suer­te del pa­pá vie­jo

Paula - - Columna - Por An­drés Be­ní­tez / Ilus­tra­ción: Paloma Mo­reno

CUAN­DO ME CA­SÉ POR SE­GUN­DA VEZ, NO SA­BÍA LO QUE SE­RÍA SER UN PA­PÁ VIE­JO. MI PRI­ME­RA HI­JA LA TU­VE A LAS 29 AÑOS Y, A LOS 50, SE­RÍA PA­DRE NUE­VA­MEN­TE. Mis ami­gos me de­cían que ad­mi­ra­ban mi pa­cien­cia. Cla­ro, era una ad­mi­ra­ción re­la­ti­va to­da vez que la ma­yor par­te de ellos no ha­ría al­go así. La idea de co­men­zar to­do de nue­vo sue­na ago­bian­te pa­ra cual­quie­ra. Yo no lo ne­ga­ba, pe­ro tam­bién me pa­re­cía una opor­tu­ni­dad ma­ra­vi­llo­sa. El tiem­po me ha da­do la ra­zón. No hay na­da me­jor que ser un pa­pá vie­jo.

En pri­mer lu­gar, por­que la ex­pe­rien­cia ayu­da mu­cho. Con la edad, uno apren­de que la ni­ñez es un pe­rio­do muy cor­to de la vi­da. Que hay que apro­ve­char día a día, por­que an­tes de que uno se dé cuen­ta, los ni­ños se con­vier­ten en jó­ve­nes y lue­go en adul­tos. Y, si bien ca­da eta­pa tie­ne su en­can­to, vi­vir ple­na­men­te ca­da una de ellas es fun­da­men­tal. Por eso, con la Ma­ría, quien tie­ne 7 años, sien­to que he vi­vi­do en con­cien­cia ca­da unos de sus días. Y, de pa­so, he re­vi­vi­do con mu­cho ca­ri­ño aque­llos años con mis otros hi­jos, aho­ra ma­yo­res.

Se­gun­do, por­que con­tra­ria­men­te a lo que se pien­sa, lo prác­ti­co se ha­ce más fá­cil. Por ejem­plo, cuan­do uno es ma­yor, ya no cues­ta tan­to des­per­tar­se en la no­che o muy tem­prano en la ma­ña­na, por la sen­ci­lla ra­zón de que uno duer­me me­nos. Tan­to que, a ve­ces, me sor­pren­día es­pe­ran­do que mi hi­ja des­per­ta­ra. Ca­si abu­rri­do de que dur­mie­ra tan­to. Tam­bién he des­cu­bier­to co­sas co­mo el no­ta­ble avan­ce de las pe­lí­cu­las de ni­ños, por lo que ir al ci­ne con ella es un agra­do. Al fi­nal, me pa­re­ce que yo he go­za­do más que ella con pe­lí­cu­las co­mo Un je­fe en pañales, Mi villano fa­vo­ri­to o Los pi­tu­fos.

Es cier­to, cues­ta un po­co más ir a ju­gar a la pla­za, o a lu­ga­res co­mo el Mam­pa­to o ju­gar al co­le­gio con las mu­ñe­cas de turno. Pe­ro, por el con­tra­rio, co­sas co­mo ha­cer cas­ti­llos de are­na en la pla­ya me pa­re­ce una ac­tivi­dad no­ta­ble. Al fi­nal, ter­mino yo tra­tan­do de ha­cer gran­des cons­truc­cio­nes, mien­tras la Ma­ría, abu­rri­da, lo úni­co que quie­re es sal­tar so­bre ellos pa­ra des­ar­mar­los.

Me en­can­ta tam­bién la re­la­ción con los hermanos ma­yo­res. Ella los ad­mi­ra, les ha­ce di­bu­jos, los ago­bia con sus jue­gos y sus cuen­tos. Ellos, de­pen­dien­do de la edad, jue­gan a ser su ma­má o dis­cu­ten con ella. To­dos se que­jan de que ac­túo co­mo abue­lo más que pa­pá, es­to es, que la mal­crío. Y tie­nen al­go de ra­zón; uno se re­la­ja con la edad. Tam­bién es­tá esa co­sa ma­ra­vi­llo­sa de los ni­ños, que ven al pa­pá co­mo una suer­te de hé­roe. Lle­gar la casa y sen­tir el gri­to “¡pa­pá!” es lo me­jor del día. O que siem­pre quie­ra an­dar de la mano. El otro día, ca­mino al co­le­gio, me di­jo que ella siem­pre iba a que­rer que la lle­va­ra a la sa­la. Mis hi­jas ma­yo­res se ríen y se acuer­dan de que no sa­bían có­mo de­cir­me que ya que­rían ir­se so­las. Yo lo sé, pe­ro me en­can­ta pen­sar que, por aho­ra, no se­rá así.

Sien­to que ser pa­pá vie­jo rejuvenece el al­ma. No tan­to el fí­si­co. Cuan­do me sen­té por pri­me­ra vez en las di­mi­nu­tas si­llas del pre­kín­der, pen­sé que no po­dría pa­rar­me nue­va­men­te. Pe­ro, aho­ra, las si­llas de se­gun­do bá­si­co son más gran­des. Y me ali­via, pe­ro tam­bién me da pe­na, por­que sien­to que el tiem­po pa­sa de­ma­sia­do rá­pi­do y que la Ma­ría de­ja­rá de ser una ni­ña muy pron­to.

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