Sin mie­do a mez­clar

Es­tam­pa­dos, geo­mé­tri­cos, ani­mal print, ra­yas: aquí, la de­co­ra­do­ra ex­pli­ca có­mo uni­fi­car ele­men­tos y ar­mar per­fec­tas com­po­si­cio­nes.

Paula - - La Decoradora - Por Va­lesc a Dams­te

DES­PUÉS DE SUS VIA­JES A EU­RO­PA, MI MA­MÁ SO­LÍA VOL­VER CON LA MA­LE­TA LLENA DE TE­LAS CON LAS QUE NOS HA­CÍA RO­PA A MÍ Y A MIS HER­MA­NAS. Las más lin­das eran las de Li­berty’s, gé­ne­ros in­gle­ses tu­pi­dos en co­lo­res inusua­les que da­tan de los años 20. Creo que mi amor por los es­tam­pa­dos vie­ne de esa épo­ca. Me en­can­tan. Tam­bién los bor­da­dos, las ra­yas, los geo­mé­tri­cos: me gus­tan los pa­tro­nes. Y he per­di­do to­do te­mor a mez­clar­los, por­que creo que esa com­bi­na­ción da un look suel­to de “no-de­co­ra­do”, que es lo que tra­to de lo­grar en mis tra­ba­jos co­mo de­co­ra­do­ra. ¿Pe­ro có­mo lo­grar una bue­na mez­cla? Ideal­men­te, hay que par­tir con un gé­ne­ro es­tam­pa­do o bor­da­do que ten­ga una gran ga­ma de co­lo­res, den­tro de los cua­les es­tá el co­lor ba­se de los mu­ros. Es­te pa­trón sir­ve de ele­men­to uni­fi­ca­dor de to­dos los otros ele­men­tos dis­pa­res. A es­tos se le agre­gan, por lo me­nos, un flo­ral, una ra­ya, un li­so, un geo­mé­tri­co (in­clu­yo a los ikat –o te­ñi­dos– en es­ta ca­te- go­ría) y un pa­trón más pe­que­ño (pue­de ser un flo­ral o un ani­mal print). Ima­gi­ne­mos que estamos eli­gien­do un li­ving: Se po­dría ha­cer una al­fom­bra ra­ya­da blan­co con ne­gro, un so­fá en un lino ama­ri­llo, un pouf co­mo me­sa de cen­tro ta­pi­za­do en la te­la uni­fi­ca­do­ra, dos si­llo­nes ta­pi­za­dos en lino blan­co con co­ji­nes de ani­mal print, en el so­fá co­ji­nes flo­ra­les, un co­jín ikat, otro en un co­lor li­so en se­da y dos lám­pa­ras la­te­ra­les con pan­ta­llas con un pa­trón pe­que­ño. El efec­to fi­nal de­bie­ra ser ecléc­ti­co sin ser ago­ta­dor. Tan­to co­mo me gus­tan los es­tam­pa­dos me gus­ta tam­bién el co­lor, en es­pe­cial las mez­clas ines­pe­ra­das. Las com­bi­na­cio­nes a las que siem­pre se vuel­ve el ojo son el azul y el blan­co mez­cla­do con ro­sa­do, ama­ri­llo y ver­de. El ro­sa­do es un co­lor al que vuel­vo siem­pre: des­de el mi­llen­nial pink has­ta el fuc­sia, el ro­sa­do co­ral y el chi­cle. Son to­dos pre­cio­sos. El ama­ri­llo es co­mo un ra­yo de luz en un es­pa­cio: una vez pu­si­mos una gran al­fom­bra ama­ri­lla en un re­fu­gio en la mon­ta­ña. Un año des­pués vol­vi­mos a ha­cer unos arre­glos en me­dio de un día gris y tris­te, pe­ro cuan­do en­tra­mos el es­pa­cio es­ta­ba ilu­mi­na­do co­mo si el sol bri­lla­ra des­de aden­tro. Cuan­do usa­mos una pa­le­ta de co­lo­res fuer­tes se ne­ce­si­ta ba­lan­cear­lo con ele­men­tos más neu­tros co­mo el mim­bre, el si­sal o li­nos. Pe­ro los mu­ros blan­cos por de­fec­to son, a mi pa­re­cer, una equi­vo­ca­ción: hay to­nos neu­tros –co­mo los cru­dos– que son mu­cho más in­tere­san­tes y bo­ni­tos. Ins­ta­gram: @cc­din­te­rio­res

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