Jus­ti­cia en las gra­das

Que Pasa - - POSTEOS - [ Por Fe­li­pe Hur­ta­do H. ]

DES­PUÉS DE 27 AÑOS, LA TRAGEDIA DE HILLSBOROUGH, LA MA­YOR CATÁSTROFE DEPORTIVA EN INGLATERRA Y LA DE MÁS REPERCUSIÓN GLOBAL, TIE­NE CULPABLES. NO FUE­RON LOS HINCHAS, CO­MO SE INTENTÓ HA­CER CREER POR DÉCADAS, SINO LA POLICÍA, QUE —APOYADA POR EL GO­BIERNO— HI­ZO DE TO­DO PA­RA ENCUBRIR SU NEGLIGENCIA.

Los ros­tros de cien­tos de hinchas del Li­ver­pool apre­ta­dos has­ta la as­fi­xia contra las re­jas de la ga­le­ría del es­ta­dio de Hillsborough, en Shef­field, y sus cuer­pos en­tre­la­za­dos, con­fun­di­dos en­tre sí e iner­tes son imá­ge­nes que, a 27 años de la tragedia que ma­tó a 96 fa­ná­ti­cos y de­jó he­ri­dos a más de 700, se re­sis­ten a de­jar la con­cien­cia co­lec­ti­va in­gle­sa. La de­mo­ra en en­con­trar jus­ti­cia, que re­cién aca­ba de lle­gar, tu­vo mu­cho que ver en eso. Tam­bién la con­fa­bu­la­ción que, por décadas, intentó cul­par a los pro­pios hinchas de lo su­ce­di­do ese 15 de abril de 1989 du­ran­te la se­mi­fi­nal de la FA Cup en­tre los “Dia­blos Ro­jos” y Not­ting­ham Fo­rest. Aún es­ta­ba ví­vi­da la catástrofe de Hey­sel, con 39 muer­tos tras el en­fren­ta­mien­to en­tre se­gui­do­res del Ju­ven­tus y el Li­ver­pool, la es­tig­ma­ti­za­ción re­caía sin cues­tio­na­mien­tos so­bre los hoo­li­gans. Y la policía de Yorks­hi­re, a car­go de Hillsborough, apro­ve­chó eso pa­ra ocul­tar su negligencia. Acu­só a los fo­ro­fos de for­zar la aper­tu­ra de las puer­tas y aglo­me­rar la zo­na de­trás del ar­co —que en­ton­ces no te­nía asien­tos—, de no por­tar en­tra­das y es­tar ebrios, pe­se a que fue­ron las mis­mas au­to­ri­da­des las que de­ci­die­ron abrir los in­gre­sos y no su­pie­ron evi­tar la aglo­me­ra­ción que se ar­mó en el sec­tor pos­te­rior a la por­te­ría, que se­ría el ga­ti­llo del co­lap­so. El error de jui­cio se en­cu­brió des­de el prin­ci­pio. El co­mu­ni­ca­do ini­cial —emi­ti­do mi­nu­tos des­pués— res­pon­sa­bi­li­zó a la tur­ba; lue­go se op­tó por cri­mi­na­li­zar a las víc­ti­mas, pu­bli­can­do sus ni­ve­les de al­cohol en la pren­sa y re­co­pi­lan­do sus an­te­ce­den- tes ju­di­cia­les; y que con­ti­nuó al­te­ran­do ma­si­va­men­te los re­por­tes de los ofi­cia­les que es­tu­vie­ron en la can­cha. El go­bierno de Mar­ga­ret That­cher apro­ve­chó el desas­tre pa­ra in­tro­du­cir la Ley del Hin­cha, que cam­bió pa­ra siempre el fútbol en el Reino Uni­do y, a la lar­ga, en bue­na par­te del mun­do. Se obli­gó a los es­ta­dios a mo­der­ni­zar­se, a po­ner asien­tos en to­do el re­cin­to y a qui­tar las va­llas, y se im­pu­sie­ron se­ve­ras me­di­das de con­trol so­bre los es­pec­ta­do­res, en­tre ellas pe­nas de cár­cel por ac­tos de vio­len­cia. El efec­to de esa ac­ta per­mi­tió la lle­ga­da de nue­vos in­ver­sio­nis­tas, la crea­ción de la Pre­mier Lea­gue en 1992 y, con ella, un negocio que si­túa hoy al cam­peo­na­to in­glés co­mo el más atrac­ti­vo a ni­vel co­mer­cial y de­por­ti­vo en el mun­do. El In­for­me Tay­lor es­ta­ble­ció des­de un ini­cio que el desas­tre fue cau­sa­do por los erro­res de la policía, que no con­ta­ba con un plan de con­tin­gen­cia ni un su­per­vi­sor ca­pa­ci­ta­do pa­ra la fun­ción. Sin em­bar­go, en 1990 los ma­gis­tra­dos con­fia­ron en un in­for­me fo­ren­se que ex­cul­pa­ba a la policía y ca­ra­tu­la­ron ca­da una de las 96 muer­tes co­mo ac­ci­den­tal. Des­pués de va­rios re­ve­ses ju­di­cia­les, no fue sino has­ta fi­na­les de la dé­ca­da pa­sa­da que el go­bierno se com­pro­me­tió a re­abrir el ca­so y en­car­gó la in­ves­ti­ga­ción de los ar­chi­vos des­cla­si­fi­ca­dos a un pa­nel in­de­pen­dien­te, que en 2012 ex­pu­so nue­va­men­te la cul­pa so­bre las au­to­ri­da­des y per­mi­tió la reaper­tu­ra del ca­so. El 26 de abril pa­sa­do, un ju­ra­do es­ta­ble­ció que los hinchas eran inocen­tes, que se tra­tó de un ho­mi­ci­dio in­vo­lun­ta­rio atri­bui­ble a la policía, y abrió así la op­ción de un jui­cio contra el ex su­per­in­ten­den­te Da­vid Duc­ken­field, el hom­bre a car­go del ope­ra­ti­vo ha­ce 27 años y quien ya en mar­zo de 2015 re­co­no­ció su res­pon­sa­bi­li­dad. El “You’ll Ne­ver Walk Alo­ne” (“Nun­ca ca­mi­na­rás so­lo”), el himno del Li­ver­pool que re­so­nó jun­to a los gri­tos de “jus­ti­cia” a la sa­li­da del tri­bu­nal, po­cas ve­ces tu­vo más sen­ti­do.

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