EL PRO­FE­TA

Que Pasa - - CULTURA - [ Por Evelyn Er­lij, des­de Cannes]

La lar­ga ova­ción que recibió en Cannes con­fir­mó el fe­nó­meno: Ale­jan­dro Jo­do­rowsky es un ar­tis­ta de cul­to que atrae co­mo un imán a ma­sas de ci­né­fi­los, aman­tes del có­mic y pú­bli­co eso­té­ri­co. Des­de crí­ti­cos de ci­ne has­ta su hi­jo Adán y él mis­mo ana­li­zan es­te que, a los 87años, lo tie­ne en la ci­ma de su ca­rre­ra.

El efec­to Jo­do­rowsky es ex­tra­ño. Cuan­do el sá­ba­do pa­sa­do apa­re­ció la úl­ti­ma ima­gen de su pe­lí­cu­la Poe­sía sin fin, du­ran­te el es­treno en la Quin­ce­na de los Rea­li­za­do­res de Cannes, más de la mi­tad del pú­bli­co se pa­ró de sus asien­tos, gri­tó, aplau­dió ex­ta­sia­do y en­lo­que­ció cuan­do el ci­neas­ta de 87 años apa­re­ció en per­so­na en el es­ce­na­rio del Théâ­tre Croi­set­te. Pe­ro mien­tras al­gu­nos veían a un rocks­tar, a un gu­rú, a una le­yen­da vi­vien­te, otros, des­con­cer­ta­dos, hun­di­dos en sus asien­tos después de dos ho­ras de un fil­me con el que no co­nec­ta­ron, ni si­quie­ra se dig­na­ron a aplau­dir. Lec­tu­ras ra­di­ca­les pa­ra un per­so­na­je ra­di­cal: unos lo ado­ran co­mo a un cha­mán es­pi­ri­tual o co­mo a un ge­nio, pe­ro no fal­tan los que lo ven co­mo una es­pe­cie de char­la­tán. Só­lo al­go es se­gu­ro: Jo­do­rowsky en­cien­de pa­sio­nes. “Na­die es pro­fe­ta en su tie­rra, así que no me cri­ti­quen”, di­ce el ci­neas­ta fren­te a un gru­po de pe­rio­dis­tas chi­le­nos que lo en­tre­vis­tan dos días después del es­treno. Al re­por­te­ro de una ra­dio ex­tran­je­ra le cuen­ta que, du­ran­te la fun­ción de su pe­lí­cu­la, tu­vo la ma­la suer­te de sen­tar­se de­lan­te de un ti­po que la odió. “¡La en­con­tró pé­si­ma!”, ex­cla­ma rién­do­se. Pe­ro la lar­ga ova­ción de pie que recibió al fi­nal de la pro­yec­ción de­mues­tra que Jo­do­rowsky es un ído­lo pa­ra mu­chos. “Es un imán —di­ce su hi­jo Adán, quien in­ter­pre­ta a su pa­dre en Poe­sía sin fin—. Es una de las úl­ti­mas per­so­nas en la Tie­rra que tie­nen esa poe­sía, co­mo Coc­teau, co­mo los su­rrea­lis­tas. Hoy ne­ce­si­ta­mos poe­sía en es­te mun­do tan de­ca­den­te. Qui­zás por eso la gen­te es­tá tan agra­de­ci­da con él, por­que da es­pe­ran­za a tra­vés del ar­te. Cuan­do ha­ce con­fe­ren­cias fren­te a cien­tos de per­so­nas, le di­go: ‘Eres co­mo Iggy Pop’. Siem­pre so­ñó con ser una es­tre­lla de rock”. Cuan­do ter­mi­na la fun­ción y se abre el mi­cró­fono pa­ra que el pú­bli­co ha­ga pre­gun­tas, lo que se es­cu­cha son ha­la­gos, fe­li­ci­ta­cio­nes, ve­nias al maes­tro. El ci­neas­ta ter­mi­na ha­cién­do­se una pre­gun­ta a sí mis­mo: “Ale­jan­dro, ¿por qué a tu edad te po­nes a ha­cer una pe­lí­cu­la? Cuan­do pen­sa­mos en el fru­to de la obra, en la glo­ria que trae­rá, en los aplau­sos, la obra se re­se­ca, por­que se tie­ne otro ob­je­ti­vo que crear.

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