#FOREVERALONE

Que Pasa - - GUÍA DEL OCIO - [ Por Al­ber­to Fu­guet ]

Ca­da vez más poe­tas es­tán es­cri­bien­do na­rra­ti­va. ¿Su­ce­de al re­vés? ¿Su­ce­de­rá que no­ve­lis­tas ter­mi­na­rán co­mo poe­tas? Lo cier­to es que vi­vi­mos en una era post-Bo­la­ño y le ha­ce bien a es­te país de poe­tas que la pro­sa es­ti­li­za­da y com­pri­mi­da, el du­dar de los ad­ver­bios (“es di­ciem­bre en el re­la­to, re­cuer­da Juan, así que co­rre un vien­to ¿in­so­len­te? El ad­ver­bio lo de­tie­ne. Es só­lo vien­to. Un vien­to de ve­rano que pa­re­ce oto­ño”) se trans­for­me en re­la­tos, en his­to­rias, aun­que sean, co­mo qui­zás sea es­pe­ra­ble, al­go le­ves, li­ge­ras, re­pri­mi­das. Los poe­tas tien­den a fas­ci­nar­se más por las at­mós­fe­ras que por los per­so­na­jes o los con­flic­tos. Na­da de ma­lo en ello. Juan Jo­sé Ri­chards, que ya tie­ne va­rios poe­ma­rios y una se­rie de in­tri­gan­tes y mis­te­rio­sas li­bre­tas y bi­tá­co­ras, de­bu­ta a los 35 años co­mo un na­rra­dor joven y la ver­dad es que Las olas son las mis­mas (Los Li­bros de la Mu­jer Ro­ta) es una no­ve­la en ex­tre­mo joven, frá­gil, con­tem­po­rá­nea, su­til­men­te ac­tual. Juan es chi­leno, tie­ne un abri­go, ca­mi­na por Man­hat­tan en me­dio del frío y el vien­to y es­tá so­lo. Le que­bra­ron el co­ra­zón, al pa­re­cer, y mi­ra a los hom­bres con tan­to de­seo co­mo pá­ni­co. En la no­ve­la, la mi­ra­da gay que ti­ñe y ar­ti­cu­la y ele­va el re­la­to va más por la me­lan­co­lía y la fra­gi­li­dad del ra­ro que nun­ca ha lo­gra­do en­con­trar­se del to­do. Juan es un #foreveralone, es­tu­dia Li­te­ra­tu­ra en NYU y an­tes de que apa­rez­can los hips­ters de Brooklyn nos que­da cla­ro que echa de me­nos. No tie­ne mu­cho que con­tar, pe­ro sí lee: un día en­cuen­tra en la bi­blio­te­ca una li­bre­ta-bi­tá­co­ra de una pa­re­ja fran­ce­sa joven que es­tá ter­mi­nan­do su re­la­ción y de­ci­den via­jar a Val­pa­raí­so, al Ce­rro Ale­gre, para ter­mi­nar su no­viaz­go an­tes que 1999 se trans­for­me en el nue­vo mi­le­nio (un re­co­rri­do que re­cuer­da el de esa pre­cio­sa cin­ta de des­tro­zo y me­lan­co­lía que es Happy To­get­her). Ri­chards quie­bra la ma­triz Paul Aus­ter y en vez de em­pren­der una in­ves­ti­ga­ción de es­tos chi­cos se de­di­ca a leer­los para leer­se a sí mis­mo. Lee co­mo el vo­yeur con visa que es, co­mo el flâ­neur con iPho­ne en que se ha con­ver­ti­do. E.M. Fors­ter in­sis­tía que en la li­te­ra­tu­ra y la vi­da se tra­ta­ba de “só­lo co­nec­tar”, pe­ro en Las olas son las mis­mas na­die lo ha­ce. ¿Hay al­go más ro­mán­ti­co que ter­mi­nar? Más mue­ren de desamor, sos­tu­vo Saul Be­llow, y Juan Jo­sé Ri­chards pa­re­ce es­tar de acuer­do. Su no­ve­la se trans­for­ma en al­go así co­mo un gran re­ga­lo de des­pe­di­da: to­ma, lee es­te li­bro y pien­sa en mí y lo que te per­dis­te. Ri­chards le da voz y ten­sión al si­len­cio, ha­ce ter­nu­ra de la so­le- dad, trans­for­ma los co­pos de nie­ve en gol­pes emo­cio­na­les y apues­ta más por la ener­gía eró­ti­ca que im­pli­ca ter­mi­nar que por la lo­cu­ra se­xual del ini­cio. En ese sen­ti­do, la no­ve­la con­ver­sa con la ge­ne­ra­ción de los mi­llen­nials y es en ex­tre­mo ac­tual, con­tem­po­rá­nea, tris­te y has­ta ro­za lo emo, pe­ro se ele­va y se de­tie­ne an­tes de que nos mo­les­te el tono o Juan o los mis­mos fran­ce­ses con sus cal­zon­ci­llos de co­lo­res. Hay pe­lí­cu­las idea­les para in­vi­tar a chi­cas; es­ta no­ve­la es per­fec­ta para le­van­tar­se poe­tas nue­vos y chi­cos es­con­di­dos de­trás de sus au­dí­fo­nos. “Gol­pe de vis­ta al cie­lo y la tar­de se clau­su­ra”, sien­te por ahí Juan. Su pro­ble­ma es que sien­te de­ma­sia­do y que to­do le afec­ta. Tal co­mo Pi­tol dé­ca­das atrás, Ri­chards ha­ce ar­te de la fu­ga, épi­ca de la hui­da y trans­for­ma al pa­si­vo en hé­roe de ac­ción.

“Las olas son las mis­mas”, de Juan Jo­sé Ri­chards.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Chile

© PressReader. All rights reserved.