CE­RO DIG­NI­DAD

Que Pasa - - CULTURA - [ Por Alberto Fu­guet, es­cri­tor y ci­neas­ta ]

¿Es una pe­lí­cu­la acer­ca de Vi­lla Ba­vie­ra, el gol­pe, la com­pli­ci­dad con los mi­li­ta­res y la ca­ja de Pan­do­ra na­zi que se es­con­de al in­te­rior de Pa­rral? No. En reali­dad es acer­ca de dos ex­tran­je­ros que es­tán en pe­li­gro. Una his­to­ria de amor y no mu­cho más.

Una pe­lí­cu­la no tie­ne por qué ade­cuar­se a lo real; una cin­ta es an­tes que to­do en­tre­ten­ción, men­ti­ra, fá­bu­la. El rea­li­za­dor que no en­tien­de eso es­tá en se­rios pro­ble­mas. Nun­ca aque­llo que se va a na­rrar de­be ser me­nos im­por­tan­te que aque­llo que se desea de­nun­ciar. La his­to­ria no es el an­da­mio; es el edi­fi­cio. Lo só­li­do de­be­ría ser la his­to­ria. El res­to es ex­tra. Aho­ra bien: ¿qué his­to­ria se cuen­ta cuan­do el te­ma por el que op­tas tie­ne que ver con tor­tu­ra, se­cues­tro, vio­la­ción, sec­tas, pe­dofi­lia, ex­pe­ri­men­tos cien­tí­fi­cos y gol­pes de Es­ta­do? Hay al­go in­tra­ga­ble, in­fa­me en creer que esa his­to­ria es la de dos chi­cos ex­tran­je­ros enamo­ra­dos que son apre­sa­dos. Han­nah Arendt ha­bló de la ba­na­li­dad del mal. ¿Có­mo se til­da, en­ton­ces, al­go co­mo Co­lo­nia Dig­ni­dad? En Han­nah Arendt (2012), el fil­me acer­ca de la fi­ló­so­fa, lo que se con­ta­ba no eran sus pe­ri­pe­cias eró­ti­cas sino có­mo va cam­bian­do su pun­to de vis­ta, có­mo en­tien­de que el na­zi en­jui­cia­do tam­bién pue­de ser una víc­ti­ma. Co­lo­nia... no es­tá pa­ra su­ti­le­zas. Co­lo­nia... ro­man­ti­za el mal y ha­ce ba­nal su te­ma cen­tral. ¿Es Co­lo­nia... un fil­me acer­ca de Vi­lla Ba­vie­ra, el gol­pe, la com­pli­ci­dad con los mi­li­ta­res y la ca­ja de Pan­do­ra na­zi que se es­con­de al in­te­rior de Pa­rral? No: es acer­ca de dos ex­tran­je­ros en pe­li­gro. Pe­ro tam­po­co es El año que vi­vi­mos en pe­li­gro, sino más bien “Es­ca­pe Im­po­si­ble des­de Vi­lla Ba­vie­ra” (Em­ma Wat­son y el ra­ro de Da­niel Brühl son las víc­ti­mas y, por cier­to, los hé­roes). Es al fi­nal una his­to­ria de amor. Chi­ca desea sal­var a su chi­co. No im­por­ta lo que su­ce­de con Chi­le; eso es es­ce­no­gra­fía o te­rror lo­cal. Si ellos se sal­van, to­do es­ta­rá bien. ¿Pe­ro es­ta­rá to­do bien? ¿Im­por­ta? Al fil­me no le im­por­ta que Chi­le se hun­da y los mi­li­ta­res arra­sen con es­te pa­si­llo freak. Mal que mal, una país ca­paz de su­frir un gol­pe de Es­ta­do no me­re­ce nues­tro res­pe­to, pa­re­cen de­cir­nos. Que el país don­de to­do ocu­rra sea un te­lón de fon­do no es un pe­ca­do en sí. La obra en­te­ra de Graham Gree­ne es­tá ar­ma­da a par­tir del ex­tran­je­ro tum­ba­do en un si­tio que no es el su­yo. Pe­ro en to­das esas obras, aque­llos paí­ses son mu­cho más que una es­ce­no­gra­fía: son un cóm­pli­ce o un es­pe­jo o un ca­ta­li­za­dor. Co­lo­nia... pu­do ocu­rrir en Pa­ra­guay (re­cuer­den ese clá­si­co cu­tre que es Los ni­ños del Bra­sil) o en cual­quier ca­pi­tal o país la­ti­noa­me­ri­cano. Ya sa­be­mos: so­mos exó­ti­cos, mal­di­tos, bá­si­cos, co­rrup­tos, pe­ro te­ne­mos bue­nos pai­sa­jes y po­de­mos otor­gar­le al­go “ex­tra” a la cin­ta ex­tran­je­ra que de­ci­de fil­mar por es­tos la­dos. Co­lo­nia... só­lo po­see el pun­to de vis­ta del li­be­ral ex­tran­je­ro que no en­tien­de na­da, pe­ro que cree o sien­te que de­be es-

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