Un hom­bre y sus pie­zas

Paul Schra­der se­rá uno de los in­vi­ta­dos prin­ci­pa­les de San­fic 2016, que co­mien­za el pró­xi­mo miér­co­les 24. Par­ti­ci­pa­rá en una con­ver­sa­ción acer­ca de su tra­ba­jo co­mo di­rec­tor y guio­nis­ta, y se rea­li­za­rá una re­tros­pec­ti­va de su obra. Una fil­mo­gra­fía ob­se­sion

Que Pasa - - SUMARIO - [por Al­ber­to Fu­guet]

De­be es­tar en­tre los ci­neas­tas cla­ves que han vi­si­ta­do San­fic. Un in­vi­ta­do de ul­tra­lu­jo. To­do un ho­nor y una opor­tu­ni­dad. Ha­brá un diá­lo­go (don­de ten­dré la suer­te de con­ver­sar con Schra­der, que es al­go así co­mo un ído­lo per­so­nal, el miér­co­les 24 en la ma­ña­na en la Sa­la Cor­pAr­tes) y da­rán al­gu­nas de sus me­jo­res pe­lí­cu­las en pan­ta­lla gran­de, in­clu­yen­do unas que nun­ca lle­ga­ron a las sa­las co­mer­cia­les por di­ver­sos mo­ti­vos (po­co co­mer­cial o muy de ar­te y una de ellas sim­ple­men­te fue re­cha­za­da por la cen­su­ra de Pi­no­chet por in­mo­ral: Hard­co­re, de 1979). A pe­sar de que qui­zás mu­chos ci­né­fi­los no lo co­noz­can ni de nom­bre ( bueno, qui­zás ahí exa­ge­ro por­que no de­be ha­ber ci­né­fi­los que no co­noz­can a qui­zás uno de los gran­des ci­né­fi­los y crí­ti­cos de to­dos los tiem­pos), creo que sa­ben que el ci­ne se­ría de otra ma­ne­ra si Paul Schra­der no hu­bie­ra he­cho su apor­te. Au­tor de una do­ce­na de cin­tas es­cri­tas y di­ri­gi­das por es­te cre­yen­te en la teo­ría del au­tor, lo cier­to es que es­te nor­te­ame­ri­cano de 70 años, cria­do ba­jo la re­li­gión cal­vi­nis­ta y que re­cién vio su pri­me­ra pe­lí­cu­la a los die­ci­ocho años, es­tá le­jos de ser un nom­bre ha­bi­tual co­mo di­rec­tor. Su la­bor co­mo guio­nis­ta su­pera lo co­lo­sal (in­só­li­ta­men­te nun­ca ha es­ta­do si­quie­ra no­mi­na­do a un Os­car) y en­tien­de que a ve­ces la fan­ta­sía y la pro­yec­ción pue­den ser tan o más per­so­na­les que el ma­te­rial au­to­bio­grá­fi­co. El rol de Schra­der en Holly­wood es tan cu­rio­so co­mo anó­ma­lo (el au­tor in­te­lec­tual que es más res­pe­ta­do en el ex­te­rior; el mo­ra­lis­ta que in­da­ga en lo in­mo­ral y el pe­ca­do y la culpa y la ten­ta­ción). Qui­zás lo más im­por­tan­te, la ra­zón por la cual es pop, el mo­ti­vo por el cual ya es par­te in­ne­ga­ble de la his­to­ria del ci­ne, es por lo que hi­zo an­tes de de­bu­tar co­mo au­tor con una cin­ta se­ve­ra y rea­lis­ta acer­ca de los la­zos en­tre tres obre­ros de una fá­bri­ca de au­tos de Detroit: Blue Co­llar (1978). Es­to es cu­rio­so y has­ta pue­de ser al­go co­mo una mal­di­ción, pe­ro me pa­re­ce que es cier­to: si Schra­der nun­ca hu­bie­ra di­ri­gi­do un fil­me, ya sus guio­nes le ase­gu­ra­rían un pues­to en el pan­teón (sí, es­cri­bió Ta­xi Dri­ver en una se­ma­na de dro­gas y ci­ne porno que veía a co­mien­zos de los 70, y de al­gu­na ma­ne­ra Tra­vis Bic­kle es el jo­ven es­cin­di­do que fue, aun­que la fra­se “Are you tal­king to me” no es su­ya, es par­te de una im­pro­vi­sa­ción

Schra­der es co­no­ci­do por ser el guio­nis­ta de pe­lí­cu­las co­mo “Ta­xi Dri­ver” y “To­ro Salvaje”, pe­ro su obra es mu­cho más que eso. Su tra­ba­jo co­mo crí­ti­co de ci­ne es tan im­por­tan­te co­mo su fa­ce­ta de di­rec­tor, don­de des­ta­can “Blue Co­llar”, “El pla­cer de los ex­tra­ños” y “Gi­go­ló ame­ri­cano”.

en el set en­tre Scor­se­se y De Ni­ro). Pa­ra se­guir es­ti­ran­do la cuer­da ima­gi­na­ti­va: si nun­ca hu­bie­ra es­cri­to guio­nes y só­lo hu­bie­ra se­gui­do co­mo crí­ti­co de ci­ne (sus re­se­ñas de fil­mes eu­ro­peos y de cin­tas de ac­ción en el LA Free Press en los glo­rio­sos 70, su amis­tad con su ma­dri­na, la gran crí­ti­ca Pau­li­ne Kael) y teó­ri­co y au­tor de un li­bro cla­ve de aná­li­sis ci­ne­ma­to­grá­fi­co ( Trans­cen

den­tal Sty­le in Film: Ozu, Bres­son, Dre­yer) ya lo hu­bie­ra de­ja­do co­mo un ser dis­tin­to. Pe­ro pa­ra qué teo­ri­zar acer­ca de lo que no hi­zo cuan­do ha he­cho tan­to, más allá que qui­zás no to­do ha si­do lo­gra­do ni ha en­con­tra­do el éxi­to. Por­que una de las ra­zo­nes por las que Schra­der fas­ci­na e ins­pi­ra es por­que qui­zás nun­ca triun­fó co­mer­cial­men­te y eso lo ha de­ja­do li­bre. Es un ex­plo­ra­dor, un au­tor de to­mo y lo­mo, in­clu­so cuan­do ha rea­li­za­do cin­tas aje­nas (in­ten­tó ha­cer de una se­cue­la de El Exor­cis­ta una in­da­ga­ción per­so­nal y los pro­duc­to­res le qui­ta­ron el film de las ma­nos) o ha tro­pe­za­do con cin­tas de ac­ción con Ni­co­las Ca­ge (de he­cho, San­fic es­tre­na su úl­ti­mo film, Dog Eat Dog, que es una adap­ta­ción de una no­ve­la del au­tor pulp Ed­ward Bun­ker y que tie­ne a Ca­ge y a Wi­llem Da­foe co­mo pro­ta­go­nis­tas). El mun­do de Schra­der es uno de hom­bres arra­sa­dos por sus pul­sa­cio­nes y cul­pas. Hom­bres so­li­ta­rios, en­ce­rra­dos en sí mis­mos y en sus pie­zas. Él mis­mo lo ha sen­ten­cia­do: las his­to­rias más in­ten­sas son aque­llas de hom­bres so­los en sus pie­zas. Ese es su gé­ne­ro y lo ha cum­pli­do: hom­bres pre­sos, aco­rra­la­dos. Ha in­ten­ta­do, por un la­do, ame­ri­ca­ni­zar y has­ta co­mer­cia­li­zar a sus hé­roes ex­tran­je­ros (Bres­son so­bre to­do) y, por otro, eu­ro­pei­zar o com­ple­ji­zar el ci­ne ame­ri­cano clá­si­co de gé­ne­ro ( Ta­xi Dri­ver es una re­ex­plo­ra­ción de The Sear­chers, de John Ford). Ha in­te­lec­tua­li­za­do el ci­ne de gé­ne­ro (me en­can­ta su ver­sión de La mar­ca de la

pan­te­ra, con Bo­wie de fon­do, Gior­gio Mo­ro­der en la mú­si­ca, Nas­tass­ja Kins­ki su­dan­do y des­nu­da en Nue­va Or­leans) y se ha da­do gus­tos co­mo ha­cer un fil­me-en­sa­yo en ja­po­nés acer­ca de Mis­hi­ma, fi­nan­cia­do por Cop­po­la: Mis­hi­ma: Una

vi­da en cua­tro ca­pí­tu­los. Qui­zás es uno de los ci­neas­tas nor­te­ame­ri­ca­nos más fas­ci­na­dos con el se­xo, en sus cin­tas las pul­sa­cio­nes nun­ca son fá­ci­les. Sus fil­mes pue­den ser sen­sua­les, pe­ro tam­bién es­tán lle­nos de vio­len­cia, culpa, as­co y per­ver­sio­nes ra­ras (ojo con Au­to Fo­cus y con El pla­cer de

los ex­tra­ños, don­de su pa­ra­noia se­xual qui­zás al­can­za su cé­nit). Aca­so su me­jor cin­ta co­mo di­rec­tor (sin du­da su ma­yor éxi­to co­mer­cial y una cin­ta cla­ve pa­ra en­ten­der el au­ge de la es­té­ti­ca gay y la idea del hom­bre-co­mo-ob­je­to) es Gi­go­ló ame­ri­cano, que por des­gra­cia no se­rá par­te del ci­clo re­tros­pec­ti­vo. Schra­der re­mi­xea Pick­poc­ket, de Bres­son, pe­ro con mú­si­ca dis­co, en un Los Án­ge­les sa­ca­do de pin­tu­ras de Da­vid Hock­ney y con el es­cul­pi­do cuer­po jo­ven des­nu­do de Ri­chard Ge­re. Aun­que co­mo bue­na cin­ta de Schra­der el fil­me no es tan­to acer­ca del se­xo, sino de la in­ca­pa­ci­dad de sen­tir y de amar. Ven­der tu car­ne es una co­sa; co­nec­tar es otra. Ge­re pa­sa en su pie­za ejer­ci­tan­do, tal co­mo lo ha­ce Yu­kio Mis­hi­ma. Hard­co­re, que en Es­pa­ña lle­gó con el fabuloso tí­tu­lo de ¿Dón­de es­tá mi hi­ja?, es otro

re­boot de The Sear­chers (una de sus cin­ta fa­vo­ri­tas, cla­ro), aun­que en es­ta ver­sión los in­dios no se­cues­tran a una ni­ña sino que a la hi­ja de un pas­tor cal­vi­nis­ta es ab­du­ci­da por el mun­do del porno ca­li­for­niano y el pa­dre (un no­ta­ble Geor­ge C. Scott) de­ci­de in­ter­nar­se en ese sub­mun­do que le re­pe­le y a la vez fas­ci­na. Es­to es tí­pi­co del mun­do se­gún Schra­der: có­mo za­far de lo que te atrae y te ate­rra. Es­to es­tá en sus cin­tas (fal­ta una de las úl­ti­mas, The Can­yons, don­de se jun­tó con Bret Eas­ton Ellis en una unión que se veía ve­nir), pe­ro tam­bién en sus guio­nes pa­ra otros. Su du­pla con Scor­se­se es­tá en­tre las gran­des co­la­bo­ra­cio­nes del si­glo pa­sa­do: Ta­xi Dri­ver; To­ro Salvaje; La úl­ti­ma ten­ta­ción

de Cris­to y Brin­ging Out the Dead. Co­mo si eso no bas­ta­ra, fue el guio­nis­ta de la cin­ta de un ame­ri­cano-en-Ja­pón que es The Ya­ku­za (de Syd­ney Po­llack, con Ro­bert Mit­chum) y se atre­vió a re­mez­clar Vér­ti­go pa­ra Brian De Pal­ma: Ob­ses

sion. Y qui­zás eso re­su­me su alu­ci­nan­te fil­mo­gra­fía: ob­se­si­vo. Sus hom­bres es­tán en sus pie­zas y son pre­sa de sus ob­se­sio­nes. Son so­los, ra­ros y no del to­do re­suel­tos. Ahí es­tá Wi­llem Da­foe en Light Slee­per co­mo un dea­ler que tie­ne al­go de cu­ra y al­go de vam­pi­ro; el se­xo con­flic­túa a sus pro­ta­go­nis­tas y a ve­ces los li­be­ra, pe­ro nun­ca del to­do. Schra­der cree que só­lo la en­tre­ga ha­cia otro, esos mo­men­tos de gra­cia, es lo que sal­va. Esos mo­men­tos de tras­cen­den­cia, co­mo di­ce. Y ahí van a es­tar, en sus par­ti­cu­la­res cin­tas, ahí en las pan­ta­llas del San­fic.

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