Or­fan­dad olím­pi­ca

Que Pasa - - SUMARIO - [Por Fe­li­pe Hur­ta­do H. ]

Lo de Mi­chael Phelps ra­ya en guión fíl­mi­co. En Lon­dres 2012, des­pués de acu­mu­lar 18 me­da­llas de oro, dos de pla­ta y otro par de bron­ces, de­ci­dió que los 27 años eran una bue­na edad pa­ra ale­jar­se del agua. Pe­ro la de­ci­sión no le vino bien. Ca­yó en los ex­ce­sos de las dro­gas y al­cohol. Su ros­tro de ni­ño bueno es­con­día un ser hu­mano que lu­cha­ba con­tra sus de­mo­nios. Bus­có la paz de vuel­ta en la pis­ci­na, pe­ro no la en­con­tró del to­do. Tu­vo que ser arres­ta­do por con­du­cir ebrio, sus­pen­di­do por seis me­ses, in­gre­sar a reha­bi­li­ta­ción, acer­car­se a Dios, enamo­rar­se y te­ner un hi­jo, pa­ra que las co­sas co­men­za­ran a ir bien. Y su his­to­ria ( la de­por­ti­va, al me­nos) con­clu­yó co­mo lo ha­cen las his­to­rias ejem­pli­fi­ca­do­ras, con él col­gán­do­se otras cin­co pre­seas do­ra­das y una de pla­ta en Río 2016. Usain Bolt co­rre por un ca­rril si­mi­lar. El sal­va­dor del atletismo, que en 2008 hi­zo una de las irrup­cio­nes más ful­mi­nan­tes de las que se ten­gan me­mo­ria en la pis­ta, ha si­do el due­ño sin con­tra­pe­sos de la fies­ta so­bre el re­kor­tán. Has­ta el cie­rre de es­ta edi­ción, te­nía sie­te en oros en igual nú­me­ros de competencias y apos­ta­ba por dos más. Na­die ge­ne­ra lo que él y na­die es ca­paz de con­cen­trar to­da la aten­ción de un es­ta­dio re­ple­to. Los or­ga­ni­za­do­res su­frie­ron un pe­que­ño in­far­to cuan­do se es­pe­cu­ló que un pe­que­ño des­ga­rro po­día de­jar­lo fue­ra de la ci­ta de los ani­llos. Su anun­cio de que iría de to­das for­mas les de­vol­vió a la vi­da. Al igual que el “Ti­bu­rón de Bal­ti­mo­re”, el “Ra­yo” se des­pi­de en Bra­sil. Es de­cir, To­kio 2020 no ten­drá ni a Phelps ni a Bolt, los de­por­tis­tas que se han ro­ba­do la pe­lí­cu­la des­de Ate­nas 2004 —en el ca­so del es­ta­dou­ni­den­se— has­ta acá. El si­tial olím­pi­co que­da de­sier­to con la sa­li­da de sus dos ar­tis­tas prin­ci­pa­les. Lle­ga la ho­ra de las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes, esas que lle­ga­ron a la “Ci­da­de Ma­ra­vil­ho­sa” de­ci­di­das a de­mos­trar en el gran es­ce­na­rio to­do ese ta­len­to que en sus am­bien­tes era ul­tra­re­co­ci­do y así con­ver­tir­se en los nom­bres que a fu­tu­ro ven­dan en­tra­das y re­ple­ten gim­na­sios. Re­pe­tir lo de Phelps no es un asun­to fá­cil; pue­den pa­sar dé­ca­das pa­ra que eso su­ce­da. Su va­cío se sen­ti­rá por mu­cho tiem­po en la pis­ci­na. Ka­tie Le­decky, que an­tes de los Jue­gos du­da­ba si que­ría ha­cer de es­to su vi­da, es la gran car­ta de la na­ta­ción pa­ra man­te­ner las ex­pec­ta­ti­vas que sue­le ge­ne­rar, da­da la po­si­bi­li­dad de un de­por­tis­ta de ac­ce­der a múl­ti­ples me­da­llas. La es­ta­dou­ni­den­se hi­zo su tra­ba­jo en Río y en­tre­gó lo que pro­me­tía. Se lle­vó cua­tro oros y una pla­ta, con dos triun­fos de an­to­lo­gía en los 400 y 800, con nue­vos ré­cords del mun­do in­clui­dos. Si si­gue desa­rro­llan­do su ve­lo­ci­dad, la po­si­bi­li­dad de que en To­kio su­me los 100 a su re­per­to­rio ha­bi­tual de­be­ría con­fir­mar­la co­mo la rei­na de la pis­ci­na. Tie­ne re­cién 19 años. El do­ra­do es­treno olím­pi­co de Si­mo­ne Bi­les, de la mis­ma edad que Le­decky, le anun­cia un fu­tu­ro es­plen­dor. Se mar­chó con cua­tro oros, una ac­tua­ción que in­clu­so su­pera lo he­cho por Na­dia Co­ma­ne­ci en Mon­treal 1976, y que pa­ra va­rios me­dios la con­sa­gra co­mo la es­tre­lla tras los dos pró­ce­res. Si en Río 2016 el plan era pre­sen­tar­le al mun­do en­te­ro lo que ya sa­bían en la gim­na­sia, lo cum­plió a ca­ba­li­dad. En cua­tro años más se pre­sen­ta­rá co­mo una op­ción a trans­for­mar­se en le­yen­da. Pa­ra el atletismo, el even­to que ven­de más en­tra­das en ca­da ci­ta olím­pi­ca, la su­ce­sión de Bolt, tam­bién aso­ma com­pli­ca­da. El bri­tá­ni­co Mo Fa­rah con­fir­mó sus per­ga­mi­nos en el me­dio fon­do y el sud­afri­cano Way­de van Nie­kerk con­quis­tó a to­dos con su ines­pe­ra­do ré­cord en los 400 y una en­tre­na­do­ra ta­ta­ra­bue­la, jun­to con re­abrir el de­ba­te de que en dis­tan­cia se en­cuen­tra el ver­da­de­ro atle­ta más rá­pi­do del mun­do; sin em­bar­go, no po­seen el ca­ris­ma del “Ra­yo”, ni tam­po­co su con­ta­gio­sa irre­ve­ren­cia co­mo pa­ra car­gar con el rol pro­ta­gó­ni­co. Que­da tiem­po. Mu­cho pue­de pa­sar en cua­tro años; los ta­len­tos pue­den apa­re­cer y mul­ti­pli­car­se. Pe­ro el ta­ma­ño de la em­pre­sa es ma­yúscu­lo, por­que no im­por­tan so­la­men­te los lo­gros, sino la his­to­ria de­trás, el có­mo y quié­nes la cuen­tan.

MI­CHAEL PHELPS Y USAIN BOLT DES­PI­DIE­RON EN GRAN­DE SUS CA­RRE­RAS OLÍM­PI­CAS, EN LAS QUE DESEM­PE­ÑA­RON EL ROL DE LE­YEN­DAS DEL DE­POR­TE. CON ELLOS FUE­RA, QUE­DA LA DI­FÍ­CIL MI­SIÓN DE REEMPLAZARLOS. DOS MU­JE­RES CO­RREN CON LA POS­TA.

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