Municipal y pre­si­den­cia­bles

Que Pasa - - POSTEOS - [Por Mau­ri­cio Mo­ra­les, di­rec­tor del Ob­ser­va­to­rio Po­lí­ti­co Elec­to­ral UDP ]

En me­dio de una evi­den­te cri­sis de con­fian­za ha­cia los po­lí­ti­cos, la en­cues­ta CEP mos­tró un da­to que, en cier­ta me­di­da, es es­pe­ran­za­dor. El 52,2% de los en­cues­ta­dos se mos­tró sa­tis­fe­cho o muy sa­tis­fe­cho con la ges­tión de su al­cal­de. Es­tos ni­ve­les de sa­tis­fac­ción son ma­yo­res en quie­nes es­tán se­gu­ros de ir a vo­tar (60%) y en quie­nes pro­ba­ble­men­te lo ha­rán (58,2%), ba­jan­do en el gru­po más re­nuen­te a asis­tir a las ur­nas. Es­tas ci­fras con­tras­tan con los ni­ve­les de apro­ba­ción pre­si­den­cial y de las coa­li­cio­nes. Mien­tras Ba­che­let es res­pal­da­da por el 15% de los chi­le­nos, la Nue­va Ma­yo­ría al­can­za un 8%, y Chi­le Va­mos un 10%. Res­ta se­ña­lar que los par­la­men­ta­rios re­ci­ben una no­ta de 2,7. El po­der lo­cal se cons­ti­tu­ye en un oasis de con­fian­za o, al me­nos, en una re­ser­va de eva­lua­cio­nes po­si­ti­vas. Cla­ro es­tá que di­cha re­ser­va no im­pli­ca ne­ce­sa­ria­men­te que los ciu­da­da­nos acu­dan en ma­sa a vo­tar, pe­ro sí que vean en su mu­ni­ci­pio un área de ges­tión po­lí­ti­ca me­nos con­ta­mi­na- da en com­pa­ra­ción con el po­der na­cio­nal. A pe­sar de las sis­te­má­ti­cas acu­sa­cio­nes de co­rrup­ción ha­cia al­gu­nos al­cal­des, su­ma­do a las crí­ti­cas por los via­jes de tu­ris­mo —y no de ca­pa­ci­ta­ción— de al­gu­nos con­ce­ja­les, la ges­tión municipal es bien eva­lua­da. Por ello, sor­pren­de que le­gis­la­do­res del PPD y del PS es­tén blo­quean­do la elec­ción de in­ten­den­tes que, jus­ta­men­te, va en la lí­nea de for­ta­le­cer el po­der lo­cal fren­te al des­acre­di­ta­do po­der na­cio­nal. Las eva­lua­cio­nes po­si­ti­vas ha­cia la ges­tión de los al­cal­des son re­la­ti­va­men­te trans­ver­sa­les. Se­gún el ni­vel edu­ca­ti­vo de los en­cues­ta­dos, la sa­tis­fac­ción con la ges­tión de los al­cal­des es de 56,7% en quie­nes tie­nen en­tre 0 y 3 años de edu­ca­ción, y de 52,9% en quie­nes tie­nen 13 o más años. Al­go si­mi­lar su­ce­de al com­pa­rar en­cues­ta­dos ur­ba­nos y ru­ra­les. Los ur­ba­nos mues­tran un ni­vel de sa­tis­fac­ción del 51,5% y los ru­ra­les del 56%. La elec­ción de in­ten­den­tes, por tan­to, po­dría re­pro­du­cir es­tos ni­ve­les de sa­tis­fac­ción con el po­der lo­cal, des­con­ges­tio­nan­do la pre­sión que hoy exis­te so­bre el po­der na­cio­nal. La bue­na eva­lua­ción ha­cia la ges­tión municipal no im­pli­ca que los al­cal­des que bus­can la re­elec­ción sean car­tas se­gu­ras. En 2004 bus­ca­ron la re­elec­ción 303 al­cal­des, triun­fan­do 192. En 2008, las ci­fras fue­ron de 274 in­cum­ben­tes con triun­fo de 172. En 2012, en tan­to, se re­pos­tu­la­ron 289 y ga­na­ron 175. En pro­me­dio, el 63% de los al­cal­des lo­gra la re­ele­gir­se, ci­fra me­nor en com­pa­ra­ción con el 82.4% de los dipu­tados que se re­pi­te el pla­to. Si en las pa­sa­das mu­ni­ci­pa­les 175 al­cal­des re­tu­vie­ron el cu­po, el res­to de los mu­ni­ci­pios —ca­si la mi­tad— se re­no­vó. ¿Qué rol jue­gan los can­di­da­tos pre­si­den­cia­les en una elec­ción municipal? Los can­di­da­tos fuer­tes no tie­nen in­cen­ti­vos pa­ra presidencializar la elec­ción, co­sa que sí su­ce­de con los dé­bi­les y con los desafian­tes con op­ción de ga­nar. La elec­ción en la co­mu­na de Santiago es fiel re­fle­jo de aque­llo. Tohá y Ales­san­dri bus­can de­ses­pe­ra­da­men­te fi­gu­rar jun­to a los lí­de­res de ca­da coa­li­ción. Los in­cum­ben­tes fuer­tes, en tan­to, só­lo se de­di­can a re­co­rrer la co­mu­na mos­tran­do sus lo­gros. En es­te ca­so, son los can­di­da­tos pre­si­den­cia­les quie­nes bus­can a esos al­cal­des, pues les pue­den ser muy úti­les al día si­guien­te de la elec­ción pa­ra dar cuen­ta de su fuer­za elec­to­ral. Vis­to así, los can­di­da­tos dé­bi­les y los desafian­tes bus­can la fo­to con los pre­si­den­cia­bles, mien­tras que en el ca­so de los fuer­tes, son los pre­si­den­cia­bles los que bus­can la fo­to con el al­cal­de. Lo an­te­rior con­du­ce a cua­tro con­clu­sio­nes: los al­cal­des ge­ne­ran más con­fian­za que los le­gis­la­do­res; pe­se a las bue­nas eva­lua­cio­nes de los al­cal­des, exis­ten al­tos ni­ve­les de ro­ta­ción en el car­go; los al­cal­des fuer­tes no tie­nen nin­gún in­cen­ti­vo pa­ra “presidencializar” la elec­ción, co­sa que sí su­ce­de con los al­cal­des dé­bi­les; y, más que avan­zar ha­cia un sis­te­ma se­mi­pre­si­den­cial, lo que Chi­le ne­ce­si­ta es for­ta­le­cer los go­bier­nos lo­ca­les y re­gio­na­les, co­men­zan­do por ele­gir a sus in­ten­den­tes.

LOS CAN­DI­DA­TOS FUER­TES NO TIE­NEN NIN­GÚN IN­CEN­TI­VO PA­RA PRESIDENCIALIZAR LA ELEC­CIÓN, CO­SA QUE SÍ SU­CE­DE CON LOS DÉ­BI­LES. LA ELEC­CIÓN EN LA CO­MU­NA DE SANTIAGO ES FIEL RE­FLE­JO DE AQUE­LLO.

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