Abs­ten­ción, la de­rro­ta de to­dos

Que Pasa - - POSTEOS - [Por Mar­ce­la Ríos T., PNUD]

LA ABS­TEN­CIÓN AL­CAN­ZÓ EL NI­VEL MÁS AL­TO DES­DE EL RE­TORNO A LA DE­MO­CRA­CIA. EN TÉR­MI­NOS AB­SO­LU­TOS, EL DO­MIN­GO PA­SA­DO 9.190.275 PER­SO­NAS NO EJER­CIE­RON SU DE­RE­CHO A VO­TO, CA­SI EL 65% DEL PADRÓN ELEC­TO­RAL.

En una de­mo­cra­cia re­pre­sen­ta­ti­va, la par­ti­ci­pa­ción de la ciu­da­da­nía en la elec­ción de au­to­ri­da­des es cla­ve pa­ra la le­gi­ti­mi­dad y fun­cio­na­mien­to del sis­te­ma. La evi­den­cia mues­tra que no exis­te un pa­rá­me­tro fi­jo u ob­je­ti­vo que de­fi­na cuán­ta par­ti­ci­pa­ción es ne­ce­sa­ria pa­ra ase­gu­rar di­cho fun­cio­na­mien­to, ni cuán­ta abs­ten­ción pue­de mer­mar la le­gi­ti­mi­dad del sis­te­ma. Mien­tras en al­gu­nos paí­ses el vo­to es en­ten­di­do co­mo una obli­ga­ción esen­cial, en la ma­yo­ría de los paí­ses es con­si­de­ra­do un de­re­cho que las per­so­nas pue­den ejer­cer vo­lun­ta­ria­men­te. De 199 paí­ses, en só­lo 26 el vo­to es obli­ga­to­rio, 12 de ellos es­tán en Amé­ri­ca La­ti­na. Los re­sul­ta­dos de la úl­ti­ma elec­ción mu­ni­ci­pal han te­ni­do un fuer­te efec­to po­lí­ti­co. La abs­ten­ción al­can­zó el ni­vel más al­to des­de el re­torno a la de­mo­cra­cia. En tér­mi­nos ab­so­lu­tos, el do­min­go pa­sa­do 9.190.275 per­so­nas no ejer­cie­ron su de­re­cho a vo­to, ca­si el 65% del padrón elec­to­ral. Más aún, en­tre la mu­ni­ci­pal de 2012 y 2016, los par­ti­dos per­die­ron apo­yo elec­to­ral, ba­jan­do el nú­me­ro de vo­tos. Es­ta si­tua­ción re­pre­sen­ta una de­rro­ta pa­ra los par­ti­dos, pe­ro tam­bién pa­ra el go­bierno, la opo­si­ción y la so­cie­dad en su con­jun­to. Pe­ro la abs­ten­ción en Chi­le no es un fe­nó­meno re­cien­te. En las pre­si­den­cia­les, por ejem­plo, mien­tras en 1989 só­lo un 14% de la po­bla­ción en edad de vo­tar no lo hi­zo, en la del 2000 fue el 28%, en la del 2009 el 42%, y un 58% en la del 2013. La abs­ten­ción, en dis­tin­to gra­do, su­ce­de en una gran can­ti­dad de paí­ses en el mun­do. Lo preo­cu­pan­te en el ca­so chi­leno es que no só­lo es una de las más gran­des, sino que la que más se ha agu­di­za­do en­tre 1990-2016. ¿Por qué se es­ta­rían ale­jan­do los ciu­da­da­nos de las ur­nas? Hay un con­jun­to de fac­to­res, al­gu­nos más co­yun­tu­ra­les y otros de ca­rác­ter es­truc­tu­ral. En los pri­me­ros se en­cuen­tra el he­cho que Chi­le cam­bió el ti­po de vo­to de obli­ga­to­rio a vo­lun­ta­rio. Es­to ha pro­fun­di­za­do la abs­ten­ción. Si has­ta la mu­ni­ci­pal del 2008, úl­ti­ma de es­te ti­po con vo­to obliga- to­rio, el nú­me­ro de per­so­nas que vo­ta­ba se man­te­nía más o me­nos es­ta­ble, en la del 2012 el nú­me­ro de vo­tan­tes dis­mi­nu­ye en ca­si 17%, ca­si 1.200.000 vo­tos me­nos. Es­ta ten­den­cia se man­tie­ne en es­ta elec­ción mu­ni­ci­pal, don­de el nú­me­ro de per­so­nas que asis­te a vo­tar dis­mi­nu­ye en cer­ca del 15%, 900.000 vo­tos me­nos. Sin em­bar­go, el efec­to del cam­bio a la vo­lun­ta­rie­dad del vo­to de­be to­mar­se con cau­te­la. Só­lo dos paí­ses en Amé­ri­ca La­ti­na han tran­si­ta­do del vo­to obli­ga­to­rio al vo­lun­ta­rio co­mo Chi­le —Ve­ne­zue­la y Gua­te­ma­la— y en nin­guno de los dos se han pro­du­ci­do au­men­tos en la abs­ten­ción elec­to­ral. Cier­ta­men­te que los múl­ti­ples es­cán­da­los de co­rrup­ción y fi­nan­cia­mien­to irre­gu­lar de la po­lí­ti­ca, así co­mo el de­ba­te so­bre los erro­res del padrón elec­to­ral y la dispu­ta en­tre ins­ti­tu­cio­nes del Es­ta­do por cam­bios de do­mi­ci­lio pue­den ha­ber con­tri­bui­do a dis­mi­nuir el in­te­rés por su­fra­gar. Pe­ro no to­do es­tá re­la­cio­na­do a las re­glas del jue­go for­mal o la co­yun­tu­ra. La ten­den­cia es an­te­rior a mu­chos de es­tos fe­nó­me­nos. La cre­cien­te le­ja­nía de los ciu­da­da­nos de las ur­nas en Chi­le se ex­pli­ca en gran me­di­da por fac­to­res de ca­rác­ter his­tó­ri­co es­truc­tu­ra­les. En­tre es­tos se en­cuen­tra el dis­tan­cia­mien­to de las eli­tes po­lí­ti­cas y de los par­ti­dos res­pec­to de la ciu­da­da­nía y sus in­tere­ses. La IV En­cues­ta Au­di­to­ría a la De­mo­cra­cia del PNUD mues­tra un au­men­to sis­te­má­ti­co en el des­cré­di­to en la po­lí­ti­ca. Un 84% eva­lúa mal o muy mal la fun­ción de re­pre­sen­ta­ción de los par­ti­dos y 9 de ca­da 10 chi­le­nos di­cen no con­fiar en ins­ti­tu­cio­nes po­lí­ti­cas. La ma­yo­ría de las per­so­nas opi­na que ni el go­bierno ni el Con­gre­so los to­ma en cuen­ta y que, por el con­tra­rio, quie­nes son más in­flu­yen­tes son los em­pre­sa­rios o los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. En es­te es­ce­na­rio no es de ex­tra­ñar que en­tre 2012 y 2016 ha­yan au­men­ta­do a ca­si el do­ble quie­nes pien­san que la for­ma co­mo uno vo­ta no pue­de in­fluir en lo que pa­se en el país (del 18% al 29%), o que ha­ya au­men­ta­do la pro­por­ción que di­ce que no va a vo­tar por­que la po­lí­ti­ca no le in­tere­sa (del 30% al 40%). En­fren­tar la abs­ten­ción re­quie­re en­ten­der la mag­ni­tud del pro­ble­ma y la for­ma en que es­te se ha ve­ni­do in­cu­ban­do por más de dos dé­ca­das. No hay re­ce­tas má­gi­cas ni úni­cas que pue­dan re­cu­pe­rar la de­te­rio­ra­da re­la­ción en­tre ciu­da­da­nos y po­lí­ti­ca.

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