Las le­yen­das del rock no ca­llan

Que Pasa - - POSTEOS - [Por Juan Me­ri­ches R.]

DE­SERT TRIP FUE EL INI­CIO DE LA DES­PE­DI­DA MA­SI­VA DE UNA GE­NE­RA­CIÓN, UNA MAR­CA­DA POR WOODSTOCK Y LOS MO­VI­MIEN­TOS ES­TU­DIAN­TI­LES DE FI­NES DE LOS 60.

Han pa­sa­do diez días des­de que ter­mi­nó De­sert Trip, el even­to que reunió a un pu­ña­do de los más im­por­tan­tes ex­po­nen­tes de la his­to­ria del rock en la lo­ca­li­dad de In­dio, Ca­li­for­nia. Y mien­tras más pa­san los días, ma­yor es el con­ven­ci­mien­to de que se tra­tó de un hi­to úni­co e irre­pe­ti­ble pa­ra los que go­zan del rock. Lo que Bob Dy­lan, The Ro­lling Sto­nes, Neil Young, Paul McCart­ney, The Who y Ro­ger Wa­ters mos­tra­ron du­ran­te esos tres días en ese es­ce­na­rio fue la cons­ta­ta­ción de que su esen­cia roc­ke­ra si­gue in­tac­ta. La es­ce­no­gra­fía, la ca­li­dad del so­ni­do, la bue­na on­da del pú­bli­co, pe­ro so­bre to­do el ta­len­to mu­si­cal de es­tos seis mons­truos, per­mi­tie­ron traer de vuel­ta el espíritu de los años 60 y 70, co­mo si una máquina del tiem­po los hu­bie­se tras­la­da­do sin es­ca­las has­ta 2016. Dy­lan, fiel a su es­ti­lo, no pro­nun­ció pa­la­bra al­gu­na ha­cia el pú­bli­co, pe­ro a tra­vés de su piano, ar­mó­ni­ca y voz ras­po­sa de­jó en cla­ro por qué re­cién ha­bía si­do anun­cia­do co­mo nue­vo Pre­mio No­bel de Li­te­ra­tu­ra. Mien­tras, los Sto­nes en lo su­yo. Una fies­ta de rock, con el des­plie­gue es­cé­ni­co de Jag­ger a to­pe y con un show de pi­ro­tec­nia que en­can­di­ló a las más de 70 mil per­so­nas que lle­ga­ron has­ta el Em­pi­re Po­lo Club de In­dio. Neil Young com­bi­nó su re­per­to­rio más re­po­sa­do con la fu­ria de su gui­ta­rra pa­ra clá­si­cos co­mo “Keep on roc­kin’ in the free world”, y Sir Paul se dio un pa­seo de quien sa­be que po­dría to­car 4 re­ci­ta­les com­ple­tos sin re­pe­tir nin­gu­na can­ción. Un crack. Lo de The Who fue con­mo­ve­dor. Towns­hend y Dal­trey pa­re­cían niños, fe­li­ces de vol­ver a to­car jun­tos, dán­do­lo to­do, con mo­lino de gui­ta­rra y un re­per­to­rio lleno de hits. Y Wa­ters con una pues­ta en es­ce­na es­pec­ta­cu­lar, a la que ya nos tie­ne acos­tum­bra­dos, su­ma­do a una áci­da crí­ti­ca a Do­nald Trump, con cer­do in­fla­ble in­clui­do. La ma­yo­ría del pú­bli­co su­pe­ra­ba los 50 con cre­ces, los que en gru­pos de ami­gos fue­ron a ren­dir tri­bu­to a sus vie­jos ído­los de la ado­les­cen­cia. Pa­ra ellos, y pa­ra to­dos los que asis­tie­ron, la en­tre­ga de los vie­jos cracks fue lo que es­ta­ban es­pe­ran­do. Mu­chos di­je­ron en la pre­via que es­te era un fes­ti­val de mú­si­cos en el oca­so de sus ca­rre­ras, que se­guían dis­fru­tan­do de los be­ne­fi­cios de los hits que ha­bían lan­za­do ha­ce más de cua­tro dé­ca­das. McCart­ney bro­meó con que qui­zás el pró­xi­mo año no es­ta­rían y Jag­ger hi­zo lo pro­pio lla­man­do al fes­ti­val un “par­que de di­no­sau­rios”. De al­gún mo­do, De­sert Trip fue el ini­cio de la des­pe­di­da ma­si­va de una ge­ne­ra­ción, una mar­ca­da por Woodstock y los mo­vi­mien­tos es­tu­dian­ti­les de fi­nes de los 60, que ya ha per­di­do a va­rios hé­roes en el ca­mino y que sa­be que es­tá que­man­do los úl­ti­mos car­tu­chos. Tal vez por eso mu­chos de ellos pu­sie­ron én­fa­sis en re­cor­dar anéc­do­tas y agra­de­cer al pú­bli­co y a los que ya no es­tán, co­mo Len­non, Ha­rri­son y Keith Moon. Sin em­bar­go, tam­bién fue un ta­pa­bo­ca enor­me y una lec­ción pa­ra las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes de roc­ke­ros: los vie­jos di­no­sau­rios no han per­di­do el espíritu. No só­lo de­jan un le­ga­do enor­me, sino que si­guen vi­gen­tes has­ta el fi­nal. La noche del de­sier­to ca­li­for­niano fue tes­ti­go de que las le­yen­das del rock no ca­llan, al me­nos no to­da­vía.

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