O el triun­fo de los in­vi­si­bles

Que Pasa - - MUNDO -

La sor­pren­den­te vic­to­ria del mag­na­te re­pu­bli­cano con­tra to­dos los pro­nós­ti­cos es la úl­ti­ma se­ñal de una ten­den­cia glo­bal que es­te año se ha evi­den­cia­do con más fuer­za: un gru­po de la po­bla­ción que se sien­te mar­gi­na­do de los be­ne­fi­cios de la glo­ba­li­za­ción y que, si bien no apa­re­ce en los me­dios, no du­da en ex­pre­sar­se en el se­cre­to de la ur­na.

[ Por Se­bas­tián Ri­vas, edi­tor di­gi­tal de La Ter­ce­ra, des­de Nue­va York ]

¿Quién ga­nó la ma­dru­ga­da del miér­co­les con el triun­fo de Do­nald Trump? La res­pues­ta li­te­ral es cla­ra: el mag­na­te se sa­cu­dió, de una vez por to­das, de aque­llos que se bur­la­ban de él y que du­da­ban que efec­ti­va­men­te tu­vie­ra al­gu­na po­si­bi­li­dad de ser el pró­xi­mo pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos. Pe­ro ésa es só­lo una par­te de la res­pues­ta. Los ga­na­do­res de la elec­ción más sor­pren­den­te del úl­ti­mo tiem­po no es­tán a la vis­ta. Son in­vi­si­bles. Uno pue­de tran­si­tar por las ca­lles de las prin­ci­pa­les ciu­da­des es­ta­dou­ni­den­ses y no en­con­trar­se con uno de ellos en un buen tre­cho. Apa­re­cen en los me­dios só­lo co­mo una ra­re­za, en las re­des so­cia­les co­mo se­res des­tem­pla­dos, en las en­cues­tas co­mo aque­llos que “no sa­ben, no res­pon­den”, por­que te­men y re­ce­lan de ser ex­pues­tos a la luz. A esos se­res in­vi­si­bles les ha­ce sen­ti­do aquel es­lo­gan de “ha­cer gran­de a Es­ta­dos Uni­dos de nue­vo” que en las zo­nas más ur­ba­nas y cos­mo­po­li­tas es una cu­rio­si­dad en le­tras blan­cas so­bre un go­rro ro­jo.

No es ne­ce­sa­ria­men­te que Es­ta­dos Uni­dos no sea gran­de: es que el país que ellos co­no­cie­ron ya no es­tá, mu­tó ha­ce un par de dé­ca­das de­jan­do sus con­vic­cio­nes y sus tra­ba­jos atrás, se abrió en te­mas va­ló­ri­cos y co­mer­cia­les y de­jó a esos gru­pos en las afue­ras, a ve­ces de for­ma li­te­ral, co­mo en las prin­ci­pa­les ciu­da­des, y a ve­ces de for­ma me­ta­fó­ri­ca. Los in­vi­si­bles per­do­na­ron las agre­sio­nes de Trump con­tra in­mi­gran­tes, mu­sul­ma­nes y mu­je­res. Qui­zás es por­que ellos mis­mos se sien­ten agre­di­dos, mi­ni­mi­za­dos y en­fren­ta­dos a un par­ti­do en el cual tar­de o tem­prano van a per­der. Los in­vi­si­bles se cria­ron en un mun­do de dos po­los ideo­ló­gi­cos, don­de, sin im­por­tar lo que ocu­rrie­ra, Es­ta­dos Uni­dos siem­pre es­ta­ba en el la­do co­rrec­to de la his­to­ria. Los par­ti­dos no vie­ron ve­nir a los in­vi­si­bles du­ran­te diez me­ses. Ellos co­ro­na­ron a Trump en la pri­ma­ria re­pu­bli­ca­na, en con­tra de lo que que­ría en pú­bli­co y en pri­va­do to­do el apa­ra­to del par­ti­do. Y lue­go, des­man­te­la­ron a una

can­di­da­ta co­mo Hi­llary Clin­ton que co­rrió con el apo­yo de un pre­si­den­te po­pu­lar, de un equi­po de cam­pa­ña que tu­vo to­dos los re­cur­sos a su dis­po­si­ción y con la anuen­cia editorial de los me­dios. An­te una cla­se po­lí­ti­ca que re­pe­tía dis­cur­sos, Trump pre­fe­ría equi­vo­car­se y no pe­dir per­dón. Avan­zar sin me­dir las con­se­cuen­cias. Ha­blar y lue­go crear un mi­to que plan­tea que él di­ce las co­sas así por­que es ho­nes­to, trans­pa­ren­te, mien­tras su ri­val no lo­gra­ba ar­ti­cu­lar una bue­na res­pues­ta so­bre un te­ma tan pun­tual co­mo el uso de un ser­vi­dor pri­va­do pa­ra sus co­rreos elec­tró­ni­cos mien­tras era fun­cio­na­ria pú­bli­ca, al­go que pe­só al fi­nal más en la ba­lan­za que las de­nun­cias de vio­la­ción, las fra­ses obs­ce­nas y las ve­la­das ame­na­zas al odio. Es di­fí­cil que los in­vi­si­bles apa­rez­can an­te los ojos de quie­nes no son de su país. No es­tán en ese Es­ta­dos Uni­dos de las lu­ces, los premios Os­car y los pro­gra­mas de en­tre­ten­ción. No son ma­yo­ría en Nue­va York, Los Án­ge­les y Chica­go, sino que su-

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