“El agre­sor na­ce, cre­ce y se desa­rro­lla en un en­torno y ra­ra vez es cas­ti­ga­da”, di­ce la psi­có­lo­ga Pau­la Sáez.

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gé­ne­ro, re­fle­ja una reali­dad que si­gue re­pi­tién­do­se. —Esa es la di­men­sión del pro­ble­ma: la vio­len­cia es­tá po­sa­da en ese cuer­po, que tie­ne due­ño. En esa mu­jer no ha­bía con­cien­cia del mal­tra­to —re­cuer­da—. Hay al­go que pa­sa por la es­truc­tu­ra so­cial que fo­men­ta la agre­sión ha­cia la mu­jer. Pa­ra Sáez, ahí se en­cuen­tra la raíz de es­te mal: la so­cie­dad es­ta­ble­ce los ro­les de ca­da gé­ne­ro, de­jan­do a la mu­jer co­mo un ob­je­to y pro­pie­dad de la fi­gu­ra mas­cu­li­na. —El agre­sor na­ce, cre­ce y se desa­rro­lla en un en­torno don­de la vio­len­cia es­tá na­tu­ra­li­za­da y ra­ra vez, só­lo en ca­sos ex­tre­mos, es cas­ti­ga­da —ex­pli­ca. En una te­sis de pos­gra­do rea­li­za­da en 2013 por el psi­quia­tra de la U. de Chi­le Ja­vier Barría, se se­ña­la: “El mal­tra­to es una dis­po­si­ción com­por­ta­men­tal (…). Los hom­bres se ven co­mo los con­tro­la­do­res de la mu­jer por­que han si­do so­cia­li­za­dos en el uso de la vio­len­cia, co­mo una for­ma vá­li­da en la re­so­lu­ción de con­flic­tos con su pa­re­ja”. bre fe­mi­ci­da o un agre­sor pue­de re­for­mar­se. —Tal co­mo el cán­cer, hay unos que se re­cu­pe­ran y otros que no —ex­pli­ca An­drés Far­fán, el psi­có­lo­go de Car­los.

EL NAR­CI­SO IN­SE­GU­RO

Hay cier­tas ca­rac­te­rís­ti­cas que se pue­den iden­ti­fi­car, ras­gos que se re­pi­ten en los su­je­tos que ejer­cen vio­len­cia. El nar­ci­sis­mo es uno de ellos, el ad­mi­rar de ma­ne­ra irra­cio­nal sus cua­li­da­des. A pe­sar de es­to, cuen­tan con una in­se­gu­ri­dad pro­fun­da que bus­can re­me­diar con do­mi­na­ción y so­me­ti­mien­to, que lo­gran a tra­vés de la po­se­sión y la ob­se­sión por el con­trol de la vi­da de sus pa­re­jas. Pau­la Sáez se­ña­la que lo que ha­cen es­tos hom­bres es tra­tar de sub­sa­nar sus pro­pias fa­len­cias e in­se­gu­ri­da­des a par­tir del víncu­lo con la mu­jer. —Por eso es­tas re­la­cio­nes son siem­pre re­la­cio­nes de po­der, don­de hay un des­equi­li­brio mar­ca­do: uno do­mi­na y el otro aca­ta —agre­ga.

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