TAR­DE DE IN­VIERNO

En es­te vi­deo gra­ba­do en la ca­lle, to­dos son es­pec­ta­do­res y es­tán her­ma­na­dos en el mor­bo, en la vio­len­cia, en el show.

Que Pasa - - SUMARIO - Por Ál­va­ro Bi­sa­ma

Quie­ro en­ten­der es­to así que lo es­cri­bo, tra­to de re­la­tar­lo pa­ra dar­le un sen­ti­do. Pa­sa en San­tia­go, en el cen­tro, cer­ca de la es­ta­ción San­ta Ana. Pa­só ha­ce dos se­ma­nas en la tar­de, a la ho­ra en que la gen­te vuel­ve a la ca­sa. To­do es­tá gra­ba­do des­de la cá­ma­ra de un ce­lu­lar, en una so­la toma. Du­ra 22 mi­nu­tos. El vi­deo ori­gi­nal fue bo­rra­do, lo que que­da en YouTu­be son re­pro­duc­cio­nes en una ca­li­dad me­nor, don­de la pre­ci­sión de los de­ta­lles se ha per­di­do un po­co, los ros­tros es­tán me­nos ní­ti­dos. Pe­ro es­tá ahí: un lar­go plano se­cuen­cia inex­pli­ca­ble y ab­sor­ben­te. En el vi­deo ve­mos a una pa­re­ja pe­lear. Ella lo ha sor­pren­di­do a él con una aman­te. A ella la acom­pa­ña una ami­ga. La aman­te es­tá den­tro de una ca­mio­ne­ta Mit­su­bis­hi con los vi­drios po­la­ri­za­dos. La mu­jer gol­pea las ven­ta­nas. La gen­te se aglu­ti­na al­re­de­dor. Sa­can sus ce­lu­la­res. Gra­ban. La mu­jer le gri­ta al hom­bre. Lo sa­cu­de, alien­ta a la gen­te. La ami­ga o pa­rien­te la ayu­da. La tur­ba abu­chea al in­fiel. La ami­ga gol­pea el au­to. Lle­ga una an­cia­na que ríe. La mu­jer le pe­ga una pa­ta­da al hom­bre, le bo­ta el ce­lu­lar al sue­lo. “Hay que pe­gar­le al des­gra­cia­do”, gri­ta al­guien. La mul­ti­tud aú­lla. De pron­to, de la na­da, apa­re­ce un mu­jer ru­bia, sa­ca un apa­ra­to y le apli­ca elec­tri­ci­dad al in­fiel. La mu­jer des­pe­cha­da le rom­pe la po­le­ra. La de la elec­tri­ci­dad vuel­ve de nue­vo. Ve­mos las chispas so­bre la piel del su­je­to. “Dé­ja­lo en pe­lo­ta”, gri­ta al­guien. Hay más pa­ta­das. Dan la vuel­ta al otro la­do. De nue­vo apa­re­ce la ru­bia y elec­tro­cu­ta al hom­bre por ter­ce­ra vez. Las cá­ma­ras gra­ban. La tur­ba ríe. Una mu­jer sos­tie­ne un be­bé en bra­zos. Apa­re­ce más gen­te. Na­die se co­no­ce. To­dos son es­pec­ta­do­res her­ma­na­dos en el mor­bo, en la vio­len­cia, en el

show. Un chi­co tra­ta de abrir la puer­ta del au­to a pa­ta­das. La puer­ta no se abre. No se pue­de ver qué pa­sa aden­tro. Gol­pea el vi­drio. No fun­cio­na. La mu­jer co­rre un tol­do que es­tá en la par­te tra­se­ra de la ca­mio­ne­ta, don­de es­tá la car­ga, que al pa­re­cer con­sis­te en kits de se­gu­ri­dad, cin­tu­ro­nes re­flec­tan­tes y cas­cos. La mu­jer en­ga­ña­da toma un cas­co. Le pe­ga al vi­drio tra­se­ro. La an­cia­na mi­ra. Un hom­bre tra­ta de abrir una de las puer­tas. La mu­jer sa­ca uno de los kits y azo­ta la puer­ta. Lle­ga un hom­bre del pú­bli­co a ayu­dar­la. Arran­can los es­pe­jos re­tro­vi­so­res. La an­cia­na abre la car­ga, se guar­da un cas­co en una bol­sa. To­das las na­cio­na­li­da­des des­apa­re­cen. To­dos los acen­tos se mez­clan, sue­nan chi­le­nos. Pa­tean la puer­ta. Na­da. To­do ce­rra­do. Se es­cu­cha un rui­do, al­go se rom­pe de­trás de la mul­ti­tud. Al­guien ha­ce apa­re­cer un fie­rro lar­go. Un chi­co tra­ta de for­zar la ma­ni­lla de la puer­ta de la Mit­su­bis­hi con el fie­rro usán­do­lo de pa­lan­ca. La pa­lan­ca se do­bla y se rom­pe. “Ahueo­nao”, le gri­ta la gen­te. La ma­ni­lla si­gue in­tac­ta. Una

mu­cha­cha que fu­ma apa­re­ce con una cer­ve­za en la mano. Al­guien em­pie­za a gol­pear la ven­ta­na del au­to con una cin­ta re­flec­tan­te. La cin­ta se ve co­mo un ra­yo de luz, con­cen­tra la elec­tri­ci­dad de la mul­ti­tud. Lle­va­mos 17 mi­nu­tos de vi­deo. Pien­so en

Ma­sa y po­der de Elias Ca­net­ti, pien­so en to­dos los dis­cur­sos so­bre la iden­ti­dad y el fu­tu­ro de Chi­le y las pa­la­bras de bue­na crian­za de to­dos los can­di­da­tos de las pri­ma­rias. Pien­so en la jun­ta de la De­mo­cra­cia Cris­tia­na. To­do eso que­da va­cío acá. To­do es­tá que­bra­do. Es­te es el car­na­val se­cre­to de la ca­lle. Aquí es­tá Chi­le: un país que ca­re­ce de sen­ti­do, sal­vo la idea de que el odio es lo que lo une, de que es­pec­tácu­lo es lo que lo une; de que la des­gra­cia aje­na es me­jor que cual­quier cam­pa­ña, que cual­quier con­sig­na, que cual­quier ca­de­na na­cio­nal, que cual­quier pro­gra­ma de go­bierno. En­ton­ces el vi­drio ce­de. La mu­jer que fu­ma trae la bo­te­lla de cer­ve­za y ter­mi­na de des­truir la ven­ta­na. El vi­drio se ha­ce tri­zas. La mu­jer en­ga­ña­da tra­ta de abrir el se­gu­ro de la puer­ta. Vuel­ve el hom­bre y se in­ter­po­ne. Sue­nan las si­re- nas de Ca­ra­bi­ne­ros. Al­guien del pú­bli­co abre el se­gu­ro. Apa­re­cen los po­li­cías. Ve­mos una mano de la mu­jer que es­tá aden­tro: uñas pin­ta­das, el des­te­llo de un cuer­po lleno de mie­do. “Ahí es­tá la aman­te den­tro del au­to”, gri­tan. “Que la sa­quen”, gri­tan. Los po­li­cías tra­tan de lle­vár­se­la. La mul­ti­tud la pi­fia. La mu­jer y su ami­ga se lan­zan so­bre ella. La aman­te vuel­ve al au­to. Los po­li­cías tra­tan de in­ter­ve­nir. La mu­jer en­ga­ña­da ti­ra al hom­bre al sue­lo. Le pe­ga, le ti­ra el pe­lo, la ami­ga lo gol­pea en la ca­be­za. Los ca­ra­bi­ne­ros los se­pa­ran y sa­can a la aman­te por otro la­do. Se la lle­van. El rui­do in­va­de to­do. Los gri­tos, las bo­ci­nas, las si­re­nas; hay una mi­cro es­ta­cio­na­da al la­do. La cá­ma­ra los si­gue a to­dos has­ta el fur­gón po­li­cial. Las mu­je­res si­guen pe­lean­do. Los ca­ra­bi­ne­ros tra­tan de lle­var­se de­te­ni­do a uno de los chi­cos que han ayu­da­do a rom­per la ven­ta­na. La mu­jer y su ami­ga lo res­ca­tan. El que fil­ma las si­gue. No hay cor­tes, el plano si­gue sien­do el mis­mo. Brian de Palma ha­bría ma­ta­do por un plano así. En­ton­ces, el es­pec­tácu­lo ter­mi­na. No sa­be­mos dón­de que­da­ron to­dos: el hom­bre, la an­cia­na, la ru­bia ar­ma­da con elec­tri­ci­dad, los chi­cos que pa­tea­ban el au­to. Ter­mino de es­cri­bir es­to. Si­go sin en­ten­der na­da. La mul­ti­tud se des­ha­ce. Ve­mos có­mo la mu­jer en­ga­ña­da y su ami­ga ca­mi­nan rá­pi­do pa­ra lue­go per­der­se en­tre los que vuel­ven a sus ca­sas lue­go de la jor­na­da la­bo­ral, to­dos ilu­mi­na­dos por los avi­sos de los ne­go­cios que es­tán a pun­to de ce­rrar an­tes de que el frío y la no­che de­jen va­cío el cen­tro de San­tia­go.[

Aquí es­tá Chi­le: un país que ca­re­ce de sen­ti­do, sal­vo la idea de que el odio y el es­pec­tácu­lo, es lo que lo une”.

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