DE­POR­TES

Que Pasa - - GUÍAQP -

Tras la muer­te de su ma­dre y de su her­mano ma­yor, du­ran­te su ado­les­cen­cia, Ja­ke Bur­ton (63) tu­vo que ha­cer­se car­go de su des­tino. Cuan­do el snow­board era un de­por­te des­co­no­ci­do y só­lo prac­ti­ca­do por lo­cos, Bur­ton pen­só que ha­bía al­go más pro­fun­do que un sim­ple tri­neo, y su vi­sión del ne­go­cio hi­zo que se con­vir­tie­ra en uno de los de­por­tes que hoy com­pi­te en los Jue­gos Olím­pi­cos. El neo­yor­quino estuvo de vi­si­ta en Chi­le pa­ra ce­le­brar los 40 años de su em­pre­sa, Bur­ton, que fue la pri­me­ra com­pa­ñía de snow­board del mun­do. Hoy es la tien­da lí­der en es­te de­por­te ex­tre­mo, con pre­sen­cia en más de 30 paí­ses. Des­de ha­ce 22 años que su fun­da­ción, Chill, crea­da por él y su es­po­sa, Don­na Car­pen­ter, tra­ba­ja con cer­ca de 1.400 jó­ve­nes de con­tex­tos vul­ne­ra­bles. El ob­je­ti­vo es ayu­dar­los, a tra­vés del snow­board, a su­pe­rar su si­tua­ción de po­bre­za. —A mí me echa­ron del co­le­gio por ha­ber si­do un “ni­ño ma­lo”, pe­ro mis pa­dres es­ta­ban vi­vos en ese tiem­po y me apo­ya­ron. Me man­da­ron a otro co­le­gio, y lo hi­ce me­jor. Pe­ro es­tos ni­ños, si me­ten las pa­tas, no tie­nen ese apo­yo. Les cam­bia la vi­da. Só­lo con ver nieve y las mon­ta­ñas, la sen­sa­ción es di­fe­ren­te —di­ce Bur­ton. Es un hom­bre cal­ma­do y op­ti­mis­ta, a pe­sar de la in­va­sión de las cá­ma­ras en una tien­da en el Mall Sport. Re­vi­sa me­ticu­losa­men­te có­mo es­tán dis­pues­tos los pro­duc­tos, sin per­der de­ta­lle. Pe­ro cuan­do habla no tie­ne te­mor en sa­car su la­do más hu­mano. Su vi­da es un sím­bo­lo del em­pren­di­mien­to: co­no­ció la so­le­dad, la des­con­fian­za en lo que ha­cía y la ver­güen­za. Estuvo un año en­te­ro pro­ban­do más de 100 pro­to­ti­pos de ta­blas, has­ta que in­ven­tó el di­se­ño del snow­board mo­derno. Via­jó a dis­tin­tos es­ta­dos to­can­do puer­tas pa­ra ven­der un ob­je­to que no des­per­ta­ba cu­rio­si­dad; perdió ca­si to­da su he­ren­cia en su pe­que­ña em­pre­sa, y en un mi­nu­to pen­só en ti­rar­lo to­do por la bor­da. Pe­ro su pa­sión por el de­por­te lo im­pul­só a ir más allá. —El snow­board ya es­ta­ba dan­do vuel­tas en los años 30. Lo que co­no­cí por pri­me­ra vez era ru­di­men­ta­rio. Era una ta­bla que ni si­quie­ra te­nía fi­ja­cio­nes pa­ra en­ca­jar la bo­ta; só­lo te­nía una cuer­da que se ajus­ta­ba a la punta, con la que uno se sos­te­nía. Cuan­do te­nía 14 años, sus pa­dres le die­ron sie­te dó­la­res, con los que com­pró su pri­me­ra ta­bla. En la uni­ver­si­dad, a los 23 años, em­pe­zó a ha­cer­las él mis­mo.

No me ad­ju­di­co los cré­di­tos por in­ven­tar el snow­board, pe­ro sí de ha­cer que eso pa­sa­ra (que es­te se po­pu­la­ri­za­ra).

—Sí, tu­ve la vi­sión de que po­día ser un de­por­te y que la gen­te po­dría ser bue­na en él. Era co­mo un ju­gue­te, un tri­neo que ma­ne­ja­bas en las mon­ta­ñas. Pe­ro que­ría que fue­ra al­go más, un de­por­te real. —Sí, pa­ra mí la nieve es muy es­pe­cial. Cre­cí en Nue­va York, y co­mo no era co­mún, cuan­do ne­va­ba se sus­pen­dían las cla­ses. En­to­nes ca­da vez que nie­va pien­so que no hay co­le­gio, des­de chi­co ha si­do así. Aso­cio la nieve con co­sas bue­nas, con ju­gar. En la se­cun­da­ria di­ri­gió su pro­pio ne­go­cio de pai­sa­jis­mo y jar­di­ne­ría. Lue­go es­tu­dió fi­nan­zas en la Uni­ver­si­dad de Co­lo­ra­do, pe­ro no ter­mi­nó. Se rom­pió la cla­ví­cu­la en un ac­ci­den­te de au­to, y al es­tar so­lo, de­ci­dió vol­ver a su ciu­dad na­tal y es­tu­diar eco­no­mía en la Uni­ver­si­dad de Nue­va York. “Era bueno pa­ra me­mo­ri­zar la ma­te­ria pa­ra la prue­ba y des­pués ol­vi­da­ba to­do”, se ríe. Lo que no ol­vi­da hoy es que te­nía ol­fa­to pa­ra los ne­go­cios. Tra­ba­jó en una em­pre­sa de fu­sio­nes y ad­qui­si­cio­nes en Wall Street, pe­ro no lo lle­na­ba. Bur­ton era jo­ven, hip­pie y apa­sio­na­do por los de­por­tes. Esa in­quie­tud pu­do más que la ten­ta­ción de as­cen­der en la ca­pi­tal fi­nan­cie­ra del mun­do. Bur­ton re­nun­ció y se lanzó al va­cío en 1977. Se mu­dó a Ver­mont y ahí fun­dó la com­pa­ñía que lle­va su nom­bre. —No éra­mos muy gran­des, pe­ro tra­ba­já­ba­mos du­ro y ha­cía­mos 50 ta­blas al día —re­cuer­da. Tras la muer­te de su abue­la, Bur­ton re­ci­bió US$150 mil de he­ren­cia. Se gas­tó ca­si to­do el di­ne­ro en un ex­pe­ri­men­to que no des­pe­ga­ba. Em­pe­zó a ha­cer cla­ses de tenis en el día y a tra­ba­jar en un bar por las no­ches pa­ra ga­nar di­ne­ro. Du­ran­te esos años via­jó va­rias ve­ces a

Newspapers in Spanish

Newspapers from Chile

© PressReader. All rights reserved.