A DO­CE ME­SES DE TO­MAR EL MAN­DO DE UNA CIU­DAD GOL­PEA­DA, JOR­GE SHARP HA TE­NI­DO ÉXI­TO, SO­BRE TO­DO EN UNA CO­SA: HOY VAL­PA­RAÍ­SO ES UN LU­GAR MÁS LIM­PIO. SIN EM­BAR­GO, VARIAS DE SUS PRIN­CI­PA­LES PRO­ME­SAS DE CAM­PA­ÑA, CO­MO DIS­MI­NUIR LA DE­SIGUAL­DAD Y ACE­LE­RAR LA RE­CO

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Esa tar­de ar­de­ría to­do. Pe­ro cuan­do Ali­cia Ve­ra, de en­ton­ces 49 años, sa­lió aquel 12 de abril de 2014 de su ca­sa y ba­jó al cen­tro de Val­pa­raí­so a tra­ba­jar, no te­nía có­mo sa­ber­lo. Y no lo su­po has­ta que lo vio; has­ta que las nu­bes en­ci­ma del ce­rro Las Ca­ñas, se vol­vie­ron ne­gras y el hu­mo, de pron­to, le im­pi­dió res­pi­rar. Has­ta que só­lo se es­cu­cha­ron gri­tos. Has­ta que el úni­co ce­rro en el que ha­bía vi­vi­do des­apa­re­ció del to­do, jus­to fren­te a sus ojos. Sin em­bar­go, al día si­guien­te Ali­cia fue in­ca­paz de de­jar su ca­sa. O lo que que­dó de ella. Ins­ta­ló a sus hi­jos en un al­ber­gue y le­van­tó una car­pa, en­tre las plan­tas ne­gras y los pe­da­zos de ma­de­ra car­bo­ni­za­dos que al­gu­na vez fue­ron su ho­gar. De eso, pa­sa­rían dos me­ses. En­ton­ces le ar­ma­ron una suer­te de me­dia­gua, una me­di­da pro­vi­so­ria an­te una de las ca­tás­tro­fes más gran­des del úl­ti­mo tiem­po. Y esa me­dia­gua, pe­que­ña, de un am­bien­te, don­de no más de 20 cen­tí­me­tros se­pa­ran el ba­ño de la co­ci­na y la co­ci­na de la ca­ma, se con­vir­tió, a pe­sar de que se re­sis­te a dia­rio a asu­mir­lo, en su nue­va ca­sa. En ese lu­gar, que le pro­me­tie­ron que se­ría tem­po­ral, vi­ven ella, su hi­jo y su her­mano. Só­lo hay dos ca­mas. Tie­nen otro col­chón, pe­ro ar­mar­lo en el pi­so sig­ni­fi­ca­ría no po­der ca­mi­nar. De­ci­dió no ce­le­brar la Na­vi­dad, ni el Año Nue­vo, y tam­po­co los 18 de sep­tiem­bre. Di­ce que pre­fie­re que la de­jen so­la, por­que en ese lu­gar no hay es­pa­cio —ni mo­ti­vo— pa­ra ce­le­brar. Hoy, Ali­cia Ve­ra Ara­ya es­tá es­tre­sa­da. A ra- tos se de­ses­pe­ra y tra­ta de mo­ver­se por su ca­sa, pe­ro el es­pa­cio es mí­ni­mo. En­ton­ces se sien­ta en una de las tres si­llas que tie­ne. En sus ma­nos mue­ve uno de los tan­tos pa­pe­les que el Ser­vi­cio de Vi­vien­da y Ur­ba­ni­za­ción (Ser­viu) le ha en­tre­ga­do. En él se lee: “El 15 de ma­yo se ini­cia­rán las obras”. Pe­ro na­da. En el te­le­vi­sor, Pe­dro En­gel pre­di­ce el fu­tu­ro de los sig­nos y Ali­cia se ríe. Di­ce que tie­ne que es­tar aten­ta pa­ra ver si las co­sas me­jo­ran. Y hu­bo un mo­men­to en que cre­yó que así se­ría. No cual­quie­ra sube al ce­rro Las Ca­ñas. Las ca­lles, mu­chas de ellas pin­ta­das por las ba­rras bra­vas de los equi­pos de fút­bol, son es­tre­chas. Los ca­mi­nos, em­pi­na­dos y ver­ti­gi­no­sos. Y del Es­ta­do, di­cen, ca­si no sa­ben. Por eso cuan­do Ali­cia Ve­ra vio al en­ton­ces

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