Di­ce Car­los Bel­trán, pre­si­den­te de Si­da Chi­le.

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per­so­nas. Cuan­do yo su­pe que era po­si­ti­vo, fui a la psi­có­lo­ga del Hos­pi­tal Dr. Lu­cio Cór­do­va, en San Mi­guel, y me hi­zo sen­tir su­per­mal. Me di­jo que era mi cul­pa, por la vi­da se­xual que lle­va­ba. Nun­ca más fui. Ese mo­men­to es su­per­di­fí­cil. Ne­ce­si­tas ayu­da pa­ra tran­qui­li­zar­te y em­pe­zar a to­mar la pas­ti­lla to­dos los días. Eso es lo más di­fí­cil, coin­ci­den los tres: acos­tum­brar­se a los efec­tos de los me­di­ca­men­tos con­tra el si­da. Cuan­do co­men­za­ron el tra­ta­mien­to, ne­ce­si­ta­ron me­ses pa­ra ha­cer­lo: Die­go no po­día dor­mir por las no­ches, Se­bas­tián la vo­mi­ta­ba, Mi­guel es­ta­ba ca­da vez más dé­bil. —Me cos­tó mu­cho, te­nía náu­seas, sen­tía que se me caía el pe­lo. Pe­ro ha­ce po­cos días tu­ve mi úl­ti­mo con­trol y gra­cias a Dios ya in­gre­só al Hos­pi­tal Dr. Lu­cio Cór­do­va co­mo in­fec­tó­lo­ga, exis­tía un acuer­do im­plí­ci­to en­tre pa­res: los mé­di­cos jó­ve­nes de­bían ha­cer­se car­go de las in­fec­cio­nes emer­gen­tes. En­ton­ces co­no­ció el si­da; los desafíos, los tro­pie­zos y las pe­nu­rias. Co­no­ció, por ejem­plo, que era una en­fer­me­dad que arre­ba­ta­ba la vi­da des­pa­cio; con la de­ter­mi­na­ción de apa­gar un cuer­po de a po­co, si no se so­me­te rá­pi­do a tra­ta­mien­to. El VIH, al in­fec­tar las cé­lu­las del sis­te­ma in­mu­ni­ta­rio, al­te­ra su fun­cio­na­mien­to y ge­ne­ra, de ma­ne­ra pro­gre­si­va, su de­te­rio­ro. El si­da, en cam­bio, es un es­ta­dio más avan­za­do de esa en­fer­me­dad. Des­de 1990 a 2011, por esa in­fec­ción mal­di­ta, han muer­to 67.842 per­so­nas en Chi­le. —En 33 años de epi­de­mia lo que con­se­gui- cho don­de ac­tuar, pe­ro son jó­ve­nes in­vi­si­bles pa­ra los sis­te­mas de sa­lud: por un la­do, su­fren es­tig­ma­ti­za­ción y, por otro, no hay pro­gra­mas que abor­den esa edad. El hom­bre va al doc­tor de ni­ño y cuan­do es adul­to ma­yor —di­ce Baha­mon­des. Ac­tual­men­te, el Min­sal com­pra 15 mi­llo­nes de pre­ser­va­ti­vos y dos mi­llo­nes de lu­bri­can­tes al año, pe­ro no tie­nen gran efec­to so­bre la po­bla­ción de ries­go. Por otro la­do, el VIH es la se­gun­da pa­to­lo­gía de las GES que ge­ne­ra más gas­to en sa­lud: só­lo en te­ra­pias an­ti­rre­tro­vi­ra­les, se gas­tan cien mil mi­llo­nes de pe­sos anua­les. Y la ci­fra no ha­ce más que se­guir cre­cien­do. Los ex­per­tos sue­len de­cir que par­te del pro­ble­ma es­tá en que los jó­ve­nes hoy le per­die­ron el te­mor a una in­fec­ción que

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