DUER­ME MI AMOR

Apren­de a dor­mir, a co­mer y a ca­mi­nar. Pe­ro pa­ra ha­cer­lo bien tu gua­gua ne­ce­si­ta sen­tir­se se­gu­ra, y esa con­fian­za se la de­ben dar la ma­má y el pa­pá.

Ser Padres (Chile) - - EN PORTADA - POR NA­TA­LIA DIZ ASE­SOR DR. GON­ZA­LO PIN AR­BO­LE­DAS

Mu­chos pa­dres creen que a par­tir de los seis me­ses lo nor­mal es que el be­bé duer­ma de co­rri­di­to to­da la no­che; o que si no pa­ra de an­dar en to­do el día, cae­rá ren­di­do, ago­ta­do. Pe­ro cuan­do es­to no ocu­rre, es co­mún que los pa­pis pien­sen que hay al­gún pro­ble­ma o que ellos tie­nen la cul­pa. (Es­te ha si­do el sen­ti­mien­to co­mún que mu­chos pa­pás han ex­pre­sa­do en mails y men­sa­jes de Fa­ce­book que he­mos re­ci­bi­do en Ser Pa­dres). Es­tos te­mo­res son com­ple­ta­men­te com­pren­si­bles, pe­ro se re­du­ci­rían mu­cho si las ex­pec­ta­ti­vas so­bre el sue­ño in­fan­til se co­no­cie­ran me­jor: ca­da be­bé tiene su pro­pio rit­mo.

AL­GU­NOS EJEM­PLOS

Lu­cía tiene dos se­ma­nas de vi­da y duer­me so­bre to­do de día. ¿Se­rá que tiene el sue­ño in­ver­ti­do? Con cin­co me­ses, Cla­ra ya dormía de co­rri­do por la no­che sin des­per­tar­se, pe­ro aho­ra, con seis y me­dio, ha vuel­to a las an­da­das y llo­ra ca­da dos ho­ras. Jor­ge, de ca­si dos años, no quie­re ir­se nun­ca a dor­mir. Pe­ro, ¿qué les pa­sa? ¿Dor­mir es de ver­dad tan com­pli­ca­do? No, lo que ocu­rre es que a dor­mir se apren­de. Y ca­da pe­que­ño lle­va su pro­pio rit­mo. No es lo mis­mo un be­bé muy ac­ti­vo que otro más tran­qui­lo, uno muy exi­gen­te que otro que se adap­ta fá­cil­men­te a los cam­bios. Y en to­do es­te en­tra­ma­do de ca­rac­te­rís­ti­cas per­so­na­les, hay que con­tar con una cons­tan­te más: es nor­mal que los pe­ques se des­pier­ten por la no­che.

Así que res­pi­ra hon­do, cuen­ta has­ta diez y prepárate pa­ra en­ten­der cómo es la evo­lu­ción del sue­ño de tu hi­jo. No­so­tros sa­be­mos que és­ta es una eta­pa com­pli­ca­da pe­ro es­ta­mos se­gu­ros que si la co­no­ces me­jor, la vi­vi­rás con más tran­qui­li­dad y, so­bre to­do, sin ago­bio ni cul­pa. «Los pa­dres no son cul­pa­bles de que un ni­ño duer-ma mal. ¡Li­bé­ren­se! Na­die los ha en­se­ña­do lo que es nor­mal o ade­cua­do pa­ra sus hi­jos. Res­pi­ren pro­fun­do, to­men las co­sas con cal­ma y con­sul­ten sus du­das con el pe­dia­tra. Pa­ra lo­grar que sus ne­nes duer­man bien, de­ben trans­mi­tir­les cal­ma y se­gu­ri­dad. Apren­der a dor­mir no es al­go que se lo­gra en días, con pa­cien­cia, ca­ri­ño y mu­cha cal­ma».

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