Uni­dos por la ge­né­ti­ca y el co­ra­zón

El ac­tor bra­si­le­ño Mar­cus Or­ne­llas nos cuen­ta del víncu­lo que ha for­ma­do con Diego, el ma­ra­vi­llo­so ni­ño en quien ha en­con­tra­do su re­fle­jo.

Ser Padres (Chile) - - NEWS - JES­SI­CA LÓ­PEZ CER­VAN­TES HORACIO CAS­TI­LLO SAÚL VILCHIS POR FO­TO DI­REC­CIÓN DE AR­TE Y DI­SE­ÑO AN­DREA GUE­RRE­RO Y CA­RO­LI­NA ARRO­YO PA­RA DCMET COOR­DI­NA­CIÓN MO­DA MARCELO RENDÓN MAQUILLISTA

Por fin ma­yo de 2016. Mar­cus sa­bía que Diego lle­ga­ría pa­ra la se­gun­da se­ma­na del mes; su cum­plea­ños nú­me­ro 35 es­ta­ba cer­ca y qui­zá, él re­ci­bi­ría el me­jor re­ga­lo de su vi­da jus­ta­men­te en su día. No fue el 19 de ma­yo cuan­do Diego na­ció, Ariad­ne Díaz tu­vo que en­trar a ce­sá­rea ocho días an­tes: Diego arri­bó al mun­do el día 11 del mis­mo mes.

¡Mar­cus, tu pe­que­ño na­ció el mis­mo mes que tú, ¿có­mo te ha­ce sen­tir eso?

Lo pri­me­ro que yo quie­ro es que mi hi­jo sea fe­liz; sin em­bar­go, si te­ne­mos el fí­si­co y los gus­tos pa­re­ci­dos, ¡ma­ra­vi­llo­so! Que sea del mis­mo signo que yo (tauro), que ha­ya na­ci­do ocho días an­tes que yo es fan­tás­ti­co, pe­ro el he­cho de que ten­ga una per­so­na­li­dad muy se­me­jan­te a la mía… pues yo fe­liz, es una ben­di­cion do­ble.

¿Crees que te sen­ti­rías igual si no tu­vie­ras es­tos pun­tos de en­cuen­tro con él?

El pa­re­cer­nos es un plus en la re­la­ción pa­dre e hi­jo. Tam­bién de­bo de­cir que es pa­ra el ego; des­de mi pun­to de vis­ta, es co­mo cuan­do le po­nes tu nom­bre al ni­ño, es una cues­tión de ego de ma­má o de pa­pá. ¡Qué más qui­sie­ra un pa­dre que su hi­jo hi­cie­ra to­do lo que él no ha he­cho en su vi­da!, pe­ro no es así. Yo ten­go muy cla­ro que Diego tie­ne su his­to­ria por vi­vir y yo no quie­ro que car­gue el pe­so del nom­bre. Yo me sien­to afor­tu­na­do de no lla­mar­me co­mo mi pa­pá por­que eso me ha qui­ta­do pe­so; es in­cons­cien­te, los pa­pás ni si­quie­ra se dan cuen­ta, pe­ro ter­mi­na sién­do­lo. Creo que lo im­por­tan­te es lle­var una bue­na re­la­ción con tu hi­jo, si no se pa­re­ce en na­da a ti, no pa­sa na­da. La con­vi­ven­cia te acer­ca, in­de­pen­dien­te­men­te de que sea­mos o no pa­re­ci­dos; es un ser que va em­pe­zan­do en la vi­da y si uno tie­ne la aper­tu­ra de co­no­cer­lo a fon­do, se crea es­ta re­la­ción. Un hi­jo es lo más ma­ra­vi­llo­so, es lo me­jor que me ha pa­sa­do en la vi­da.

¿Qué fue lo pri­me­ro que le no­tas­te igual a ti?

Des­de que na­ció, yo es­ta­ba bus­can­do al­go que se pa­re­cie­ra a mí. Los ni­ños na­cen hin­cha­dos, es nor­mal, des­pués van de­fi­nien­do sus ras­gos, pe­ro des­de ese pri­mer día en­con­tré al­go, fue­ron los pies, los de­dos de sus pies. Mi ma­má tie­ne los de­dos con una ca­rac­te­rís­ti­ca muy es­pe­cí­fi­ca, to­dos sus hi­jos la te­ne­mos y Diego tam­bién. Cuan­do mi ma­má lo sos­tu­vo, di­jo: “¡ah!, son los pies de la abue­la”.

Co­mo son del mis­mo signo, tam­bién son pa­re­ci­dos en la per­so­na­li­dad...

Pues co­mo buen tauro, es muy ne­cio, ja­ja­ja­ja­ja. Aun­que es de san­gre ligera, tie­ne su ca­rác­ter: cuan­do no quie­re no son­ríe a cual­quie­ra, si es­tá de bue­nas flu­ye muy bien; es muy trans­pa­ren­te. En la cues­tión fí­si­ca, tam­bién se pa­re­ce mu­cho a mí; hay dos ca­rac­te­rís­ti­cas muy es­pe­cí­fi­cas en él que son mías: la bo­ca y el ce­ño frun­ci­do. Pe­ro me re­fle­jo más cuan­do es­tá enoja­do y cuan­do son­ríe, se pa­re­ce mu­cho a Ari.

¿Cuál ha si­do tu ins­tan­te más es­pe­cial con él?

Dos ve­ces en las que él se que­dó acos­ta­do con­mi­go vien­do la te­le, yo abra­zán­do­lo y él acos­ta­do con su ca­be­ci­ta en mi bra­zo. Que es­tu­vie­ra ahí con­mi­go fue má­gi­co, por­que si él sien­te que lo es­tás dur­mien­do se pa­ra y se ba­ja de la ca­ma, le gus­ta dor­mir­se so­lo. Ade­más, no le agra­da mu­cho que lo abra­ces, en­ven­tual­men­te te abra­za, pe­ro cuan­do tú le re­gre­sas el abra­zo, te em­pu­ja. Eso es con to­do el mun­do, na­die se es­ca­pa de esa ac­ti­tud; por eso te digo que es muy trans­pa­ren­te en su ca­rác­ter. Le en­can­ta que lo con­sien­tan, cuan­do es­ta­mos los tres y em­pe­za­mos a be­sar­lo, apa­pa­char­lo, nos ha­ce a un la­do, pe­ro se ríe, sa­be que lo ama­mos, se ha­ce el in­tere­san­te. Esos mo­men­tos son los más bo­ni­tos, cuan­do es­tá tran­qui­li­to con­mi­go, lo sien­to tan cer­ca de mí. Es má­gi­co.

Es­tás co­no­cien­do muy bien a Diego, ¿có­mo lo lo­gras?

Yo lo co­noz­co de to­das las ma­ne­ras, li­te­ral. Me enojan mu­cho los pa­pás que no cam­bian un pa­ñal o no ba­ñan a su hi­jo. A mí me edu­ca­ron de otra ma­ne­ra: mi pa­pá me cui­da­ba, yo cui­da­ba a mis her­ma­nos (soy el nú­me­ro dos de cin­co her­ma­nos), pa­ra mí es­to es nor­mal. El más gran­de me lle­va sie­te años, al que me si­gue le lle­vo cin­co años, a mi her­ma­na la cui­dé más por­que yo ya te­nía ocho años y al más chi­qui­to, le lle­vo diez años, a él sí lo cui­dé mu­chí­si­mo. Ima­gí­na­te, nos to­ca­ron pa­ña­les de te­la, ¡y yo se los cam­bia­ba! Y lo que bien se apren­de nun­ca se ol­vi­da; hoy en día, yo cam­bio a Diego. ¡Có­mo no voy a cam­biar­le un pa­ñal! Sien­to que se­ría muy ma­chis­ta lo con­tra­rio, es una fal­ta de res­pe­to ha­cia los hi­jos.

Doy lo me­jor de mí, ten­go mu­cho que me­jo­rar, sin em­bar­go, soy muy amo­ro­so, ¡un buen pa­pá!

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