MIE­DO A LA SE­PA­RA­CIÓN

Es­ta es la ra­zón por la que tu be­bé llo­ra ca­da vez que te vas.

Ser Padres (Chile) - - EN PORTADA -

Hoy sa­be­mos que los be­bés (y tam­bién los adul­tos) tie­nen una ne­ce­si­dad de con­tac­to hu­mano, de un víncu­lo afec­ti­vo, que es in­de­pen­dien­te de la ne­ce­si­dad de co­mer e igual de fuer­te. ¿Por qué exis­te es­ta de­man­da? Por ins­tin­to de so­bre­vi­ven­cia; es de­cir, pe­dir co­mi­da, co­mo bus­car a su ma­má, no son fru­to de un ra­zo­na­mien­to, sino con­duc- tas des­en­ca­de­na­das por una cau­sa con­cre­ta: sen­tir el es­tó­ma­go va­cío o no­tar que ma­má no se en­cuen­tra a su la­do.

Ins­tin­to so­bre ra­zón

Tú tie­nes la mis­ma con­duc­ta y el mis­mo ins­tin­to: por na­da del mun­do aban­do­na­rías a tu hi­jo. Si no tu­vie­ras ca­sa, mue­bles ni ro­pa, si vi­vie­ras en la sel­va con tu hi­jo, ja­más se te ocu­rri­ría de­jar­lo en el sue­lo, ir a bus­car co­mi­da o a pa­sear y vol­ver a re­co­ger­lo al ca­bo de unas ho­ras. Pe­ro, cla­ro, aho­ra la vi­da es muy dis­tin­ta. Tu ni­ño es- tá abri­ga­do, pro­te­gi­do... te vas de com­pras, a tra­ba­jar o al ci­ne y sa­bes cuán­do vol­ve­rás, quién lo cui­da­rá y que es­ta­rá a sal­vo.

El problema es que tu pe­que­ño aún no lo sa­be. Cuan­do lo se­pa, a los tres o cua­tro años de edad, tam­bién po­drá, usan­do la ra­zón, so­bre­po­ner­se a su ins­tin­to. Cuan­do un ni­ño de cua­tro años va a la es­cue­la o ve que su ma­má se mar­cha a tra­ba­jar, la des­pi­de con un be­so y se que­da muy tran­qui­lo (aun­que, sí, pre­fe­ri­ría no se­pa­rar­se). So­bre­vi­ven­cia emo­cio­nal

Es lo que los psi­có­lo­gos lla­man “Teo­ría del ape­go”. En esen­cia, se­ña­la que ca­da in­fan­te tie­ne una fi­gu­ra pri­ma­ria con la que crea una re­la­ción es­pe­cial. Cuan­do se se­pa­ra de ella (que ca­si siem­pre es ma­má), el ni­ño ha­ce lo ne­ce­sa­rio (llo­rar, lla­mar, sa­lir co­rrien­do de­trás...) pa­ra vol­ver a re­unir­se con ella. Con los me­ses y años, el víncu­lo afec­ti­vo se va ex­ten­dien­do y, jun­to a la fi­gu­ra pri­ma­ria, apa­re­cen otras de ape­go: pa­pá, abue­los, fa­mi­lia­res, ami­gos, pro­fe­so­res, ve­ci­nos...

Pe­ro no te de­jes en­ga­ñar por quie­nes ase­gu­ran que el be­bé de­be ir a la guar­de­ría pa­ra “so­cia­li­zar” y “re­la­cio­nar­se con otros ni­ños” o que de­bes que­dar­te con él to­do el tiem­po. Es cier­to que los ni­ños que tie­nen una re­la­ción sa­tis­fac­to­ria con su ma­má ten­drán con­fian­za en sí mis­mos, sa­brán que son per­so­nas im­por­tan­tes y que me­re­cen res­pe­to; en cambio, los que han te­ni­do una re­la­ción in­su­fi­cien­te con su ma­má, los que han si­do aban­do­na­dos o mal­tra­ta­dos, se con­vier­ten en se­res in­se­gu­ros y de­pen­dien­tes que tie­nen ma­las re­la­cio­nes con los de­más.

Lo an­te­rior no im­pli­ca que de­bas es­tar con él ca­da mi­nu­to del día: pue­des ir a tra­ba­jar o ha­cer tus ac­ti­vi­da­des; en reali­dad, lo que tu be­bé re­quie­re pa­ra su­pe­rar el mie­do nor­mal a la se­pa­ra­ción es sen­tir sa­tis­fe­cha su ne­ce­si­dad de se­gu­ri­dad du­ran­te sus pri­me­ros tres años de edad (que es cuan­do se crear el ape­go) y es­to lo pue­des ha­cer muy bien con los con­se­jos que te da­mos.

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