His­to­ria de amor

Una no­che, el si­len­cio­so Es­te­ban apa­re­ce en el bar don­de Pau­li­na tra­ba­ja. Ella es­tá se­gu­ra de que él es el amor de su vi­da, pues se lo di­jo una gi­ta­na, y lo sien­te en el co­ra­zón. Aun­que él no la mi­ra, ella desea con­quis­tar­lo y des­cu­brir qué mis­te­rio ocul

Vanidades (Chile) - - Contenido - Por Pi­lar Por­to­ca­rre­ro

No de­jes de sor­pren­der­te con un re­la­to lleno de emo­ción y ro­man­ti­cis­mo.

Pau­li­na es­ta­ba in­quie­ta mi­ran­do ha­cia la puer­ta, ya pa­sa­ban de las 10 y él aún no lle­ga­ba. ¿Y si no vol­vía a apa­re­cer? Se miró en el es­pe­jo de la ba­rra y por iner­cia se aco­mo­dó el ca­be­llo.

–Ya de­ja de ha­cer eso –co­men­tó Die­go, el en­car­ga­do del bar–, pa­ra qué te arre­glas tan­to si ese ti­po ni te mi­ra.

–No me des­ani­mes, que en cual­quier mo­men­to me ha­bla. Él no lo sa­be, pe­ro es el hom­bre de mi vi­da. Ya te con­té que…

–Sí… –la in­te­rrum­pió can­sa­do–, que una gi­ta­na te echó las car­tas y te ha­bló de él.

–Tú tam­po­co me crees, pe­ro yo sien­to que es ver­dad.

–Y de qué te sir­vió co­no­cer­lo si ese ti­po re­gre­sa­rá a su país.

–Es­pe­ra a que se dé cuen­ta quién soy… –di­jo an­tes de que Die­go se ale­ja­ra.

–Un ba­ti­do de co­co –di­jo una ca­ma­re­ra, ale­ján­do­la de sus pen­sa­mien­tos.

–Un oto­ño –se­ña­ló otra.

Era una bar­ten­der pro­fe­sio­nal que no se li­mi­ta­ba a ser­vir tra­gos, le gus­ta­ba ex­pe­ri­men­tar crean­do mez­clas y nue­vos sa­bo­res, y la gen­te que acu­día al lu­gar ya or­de­na­ba sus es­pe­cia­li­da­des, y el coc­tel de oto­ño era uno de los más pe­di­dos, una mez­cla de vod­ka, mi­do­ri, ju­go de na­ran­ja, con un aro­ma ex­qui­si­to, y una bue­na do­sis de al­cohol.

Des­pa­cha­ba un dai­qui­rí cuan­do lo vio en­tran­do al bar y sen­tar­se en un ex­tre­mo de la ba­rra. Des­de ha­cía una se­ma­na re­pe­tía lo mis­mo, se to­ma­ba dos cer­ve­zas y lue­go se mar­cha­ba.

Sus ami­gos po­dían bur­lar­se, pe­ro ella creía cie­ga­men­te en lo que le di­jo esa gi­ta­na.

–Vol­ve­rás a en­con­trar­te con el amor de tu vi­da pa­sa­da –ha­bló mien­tras mi­ra­ba las car­tas–, es un ex­tran­je­ro que se mue­ve en el mun­do de los li­bros. Su nom­bre em­pie­za con “E”, y te trae­rá mu­cha ilu­sión. –¿Có­mo sa­bré que es él? –pre­gun­tó an­sio­sa. –Tu al­ma se agi­ta­rá en cuan­to lo veas.

Y jus­to eso ocu­rrió cuan­do él lle­gó al bar por pri­me­ra vez. De­jó de es­cu­char el bu­lli­cio y so­lo fue cons­cien­te del gol­pe­teo de su co­ra­zón cuan­do por un ins­tan­te sus mi­ra­das se cru­za­ron.

–Él es mi amor del pa­sa­do –pen­só, ob­ser­ván­do­lo de le­jos.

La emo­ción la­tía en su pe­cho, aun­que no en­ten­día por qué si eran dos al­mas que se ha­bían ama­do, él ac­tua­ba co­mo si ella no exis­tie­ra.

Se acer­có ner­vio­sa en es­pe­ra de que la mi­ra­ra, pe­ro co­mo siem­pre, le ha­bló sin le­van­tar los ojos.

–Una cer­ve­za –pi­dió, mien­tras en­tre­la­za­ba sus de­dos y ob­ser­va­ba al­re­de­dor.

–En­se­gui­da –res­pon­dió des­ani­ma­da.

Siem­pre le ocu­rría lo mis­mo, lo es­pe­ra­ba ilu­sio­na­da y cuan­do lle­ga­ba, le des­in­fla­ba su in­di­fe­ren­cia.

Le sir­vió la cer­ve­za y enoja­da pre­pa­ra­ba las be­bi­das mi­rán­do­lo de reojo. El bar re­ven­ta­ba de gen­te, y des­de su lu­gar ape­nas si po­día ver­lo, pe­ro ob­ser­vó a la ru­bia que le ha­bla­ba muy cer­ca, y con la que sa­lió a la una de la ma­ña­na, de­ján­do­la lle­na de ce­los.

–¡Cál­ma­te!, le gri­tó su ma­dre cuan­do al día si­guien­te la vio al­te­ra­da–, te es­tás ob­se­sio­nan­do con ese hom­bre. El des­tino no lo te­ne­mos en unas car­tas.

–Ma­má, Die­go le pre­gun­tó su nom­bre, y se lla­ma Es­te­ban, y la gi­ta­na di­jo…

–… Que su nom­bre em­pe­za­ba con “E”, pu­ra coin­ci­den­cia –la in­te­rrum­pió.

– Ade­más, es edi­tor –agre­gó an­sio­sa–, y la gi­ta­na tam­bién di­jo que se mo­vía en el mun­do de los li­bros. ¿No te das cuen­ta?, mi al­ma es­tá uni­da a la su­ya.

–Ya bas­ta, Pau­li­na, dé­ja­te de ton­te­rías –le re­son­dró su ma­dre–. Des­de que ese hom­bre apa­re­ció an­das co­mo lo­ca. Pon los pies en la tie­rra, si fue­ra ver­dad lo que crees él tam­bién sen­ti­ría al­go por ti.

La ma­má te­nía ra­zón, pe­ro Pau­li­na se ha­bía afe­rra­do a las coin­ci­den­cias pa­ra creer que la vi­da le te­nía guar­da­da una lin­da his­to­ria de amor. ¡Qué ton­ta!, eso so­lo pa­sa­ba en las pe­lí­cu­las, él es­ta­ba de pa­so en Mé­xi­co, re­co­rrien­do edi­to­ria­les y bus­can­do au­to­res de no­ve­las fan­tás­ti­cas, lo sa­bía por­que lo es­cu­chó ha­blan­do con Die­go. No po­día creer en un au­gu­rio cuan­do so­lo te­nía pa­la­bras, y nin­gún fun­da­men­to que le hi­cie­ra pen­sar que eran dos al­mas vol­vien­do a en­con­trar­se. Y en­ton­ces de­ci­dió que esa no­che se con­cen­tra­ría en su tra­ba­jo.

Se es­me­ró en no mi­rar ha­cia la en­tra­da, y cuan­do Es­te­ban apa­re­ció no se acer­có a to­mar su pe­di­do, pu­so to­da su aten­ción en el coc­tel que pre­pa­ra­ba y no se dio cuen­ta de que él es­ta­ba jun­to a ella.

–Se ve bueno, ¿qué es? –pre­gun­tó mien­tras la ob­ser­va­ba de­co­ran­do la be­bi­da.

Por po­co se le es­ca­pa­ba de la mano, pe­ro lo­gró con­tro­lar sus ner­vios.

–Se lla­ma fies­ta, tie­ne ron, pi­ña y cre­ma de co­co –res­pon­dió se­ca.

–Quie­ro uno –di­jo, y por pri­me­ra vez la miró a los ojos.

Sin­tió fue­go den­tro del pe­cho mien­tras creía que to­do se de­te­nía. Qué po­der te­nía esa mi­ra­da pa­ra sen­tir que to­ca­ba su co­ra­zón, es­tre­me­cién­do­la y al­te­ran­do ca­da fi­bra de su cuer­po, pe­ro ya ha­bía to­ma­do con­cien­cia de que él era una ilu­sión que pron­to se ha­ría hu­mo.

Se des­pi­dió de sus com­pa­ñe­ros y ca­mi­nó ha­cia la pa­ra­da del au­to­bús, aun­que en el tra­yec­to sin­tió que al­guien la se­guía. Apu­ró el pa­so, y de pron­to, es­cu­chó su voz.

–¡Es­pe­ra! –di­jo, acer­cán­do­se a ella.

Pau­li­na pen­sa­ba que es­ta­ba lo­ca por él. Era al­to,

de ce­jas po­bla­das y bar­ba tu­pi­da. Usa­ba len­tes de ca­rey que lo ha­cían lu­cir más atrac­ti­vo. Era al­guien quien no pa­sa­ba des­aper­ci­bi­do, y que ha­bía en­cen­di­do sus fan­ta­sías y las ga­nas de per­der­se más allá de un be­so.

–Te es­ta­ba es­pe­ran­do –agre­gó.

–¿Pa­ra qué? –pre­gun­tó.

¡Dios! ¿Qué le pa­sa­ba? ¿No era eso lo que ha­bía que­ri­do des­de que lo vio? ¿Te­ner­lo fren­te a ella, que la re­co­no­cie­ra y se die­ra cuen­ta de que no era in­vi­si­ble?

–Que­ría dis­cul­par­me, des­de que voy al bar no he si­do ama­ble con­ti­go, y hoy me di cuen­ta –se­ña­ló ape­na­do.

–¿Por­que no me acer­qué a pe­dir tu or­den? –pre­gun­tó sar­cás­ti­ca.

–Y por có­mo me ha­blas­te y aún lo si­gues ha­cien­do.

Que­da­ron en si­len­cio mien­tras los dos se veían. Pau­li­na tem­bla­ba, pe­ro él no lo no­ta­ba.

–Me da la im­pre­sión de que te he vis­to an­tes – di­jo de pron­to, reavi­van­do la ilu­sión que ella ha­bía in­ten­ta­do apa­gar–. Es ra­ro, tal vez nos vi­mos en otro lu­gar.

Pau­li­na ca­yó so­bre una ban­ca de pie­dra, cons­trui­da a un la­do de la ve­re­da. Su co­ra­zón la­tía a mil, y sus pen­sa­mien­tos via­ja­ban en una y otra di­rec­ción.

–Él ha si­do mi amor –pen­só–, y tam­bién lo es­tá sin­tien­do.

–¿Te ocu­rre al­go? –pre­gun­tó Es­te­ban.

–Es ver­dad… nos vi­mos en otro lu­gar y en otro tiem­po –res­pon­dió–, y Es­te­ban la miró in­tri­ga­do.

Era una lo­cu­ra co­men­tar­le lo que creía, pe­ro de­bía apro­ve­char la opor­tu­ni­dad. Él po­día des­apa­re­cer y nun­ca sa­bría que se ha­bían ama­do. Así que se arries­gó a re­ve­lar­le los de­ta­lles de la con­ver­sa­ción con Zai­ra, la gi­ta­na cul­pa­ble de to­das sus in­quie­tu­des.

Es­te­ban la es­cu­cha­ba aten­to a sus ges­tos y a la emo­ción que Pau­li­na po­nía en ca­da pa­la­bra. No creía en vidas pa­sa­das y me­nos en lec­tu­ras de car­tas. El des­tino se lo ha­cía uno to­dos los días con los acier­tos y erro­res, pe­ro no po­día ne­gar que se sin­tió atraí­do por ella, des­de el pri­mer mo­men­to. Por eso evi­ta­ba mi­rar­la, era una bue­na téc­ni­ca pa­ra ale­jar­se del pe­li­gro.

–¿Qué pien­sas de lo que te he di­cho? –le pre­gun­tó Pau­li­na an­sio­sa.

–A ve­ces, la so­le­dad nos ha­ce afe­rrar­nos a sal­va­vi­das pa­ra no aho­gar­nos –res­pon­dió con cau­te­la.

–¿En­ton­ces no me crees? ¿Pien­sas que es­toy lo­ca?, que la gi­ta­na me ha men­ti­do… –di­jo po­nién­do­se de pie.

–Creo que te gus­té, y eso me ha­la­ga, así co­mo tú me gus­tas –se­ña­ló, des­li­zan­do los de­dos por las me­ji­llas de Pau­li­na–, pe­ro eso es to­do. Ma­ña­na re­gre­so a Los Án­ge­les. To­ma… es mi tar­je­ta per­so­nal, agré­ga­me a Fa­ce­book.

Ella re­ci­bió la tar­je­ta y lo vio ale­jar­se sin­tien­do que se ha­cía añi­cos su co­ra­zón. No era ob­se­sión, él era su amor y lu­cha­ría por con­quis­tar­lo. La dis­tan­cia no im­pe­di­ría que ese gran pa­sión co­bra­ra vi­da.

Lo bus­có por aque­lla red so­cial y Es­te­ban la acep­tó co­mo ami­ga. No ha­bía in­for­ma­ción per­so­nal, sin em­bar­go, es­ta­ba se­gu­ra de que no te­nía una re­la­ción. En­ton­ces si­guió con su plan de en­trar en su vi­da, y ner­vio­sa, se plan­tó fren­te a la cá­ma­ra pa­ra gra­bar­le un vi­deo.

Le di­jo sin ro­deos que que­ría con­quis­tar­lo. –Sien­to que te quie­ro, aun­que pien­ses que es­toy lo­ca –di­jo llo­ro­sa–. No eres un sal­va­vi­das, eres el hom­bre que siem­pre es­pe­ré. Si no quie­res que me vuel­va a co­mu­ni­car con­ti­go, acép­ta­lo; yo lo en­ten­de­ré.

Es­te­ban vio el vi­deo en me­dio de la sor­pre­sa y la emo­ción. Pau­li­na era un ries­go pa­ra su tran­qui­li­dad, y ya bas­tan­te ha­bía su­fri­do con Mar­ga­ret, co­mo pa­ra re­pe­tir la his­to­ria.

In­ves­ti­gó so­bre las vidas pa­sa­das y no sa­bía qué creer, es­ta­ba in­quie­to pen­san­do en ella. Y te­nía que acep­tar que le gus­ta­ba la idea de se­guir re­ci­bien­do sus men­sa­jes.

Su si­len­cio fue una res­pues­ta pa­ra Pau­li­na, que día a día le es­cri­bía con­tán­do­le lo que pen­sa­ba, có­mo le iba en el bar y las ga­nas de vol­ver a ver­lo, aun­que él nun­ca con­tes­ta­ba. e to­ma­ba sel­fies sen­sua­les, y un día se atre­vió a po­sar se­mi­des­nu­da.

SE­res her­mo­sa…

Quie­ro te­ner­te en mis bra­zos.

Res­pon­dió un día, y ella se emo­cio­nó tan­to con sus pa­la­bras que la alen­ta­ron a se­guir

con fo­tos ca­da vez más atre­vi­das. Así, has­ta que un día vol­vió a re­ci­bir un nue­vo men­sa­je que le hi­zo gri­tar de emo­ción.

Via­ja­ré a Pa­rís. ¿Quie­res ve­nir con­mi­go?

No es­cu­chó a su ma­dre cuan­do le di­jo que pa­ra­ra esa lo­cu­ra. En tan­to, pi­dió que le ade­lan­ta­ran sus va­ca­cio­nes y acor­dó con Es­te­ban de en­con­trar­se en un ho­tel ese fin de se­ma­na.

Pa­re­cía un sue­ño es­tar en el ta­xi re­co­rrien­do las ca­lles pa­ri­si­nas. Sie­te me­ses en­vián­do­le men­sa­jes y so­ñan­do con ese mo­men­to.

–Es­te­ban tam­bién me quie­re –mur­mu­ró, se­gu­ra más que nun­ca de las pa­la­bras de la gi­ta­na–. Y to­do se­rá ma­ra­vi­llo­so –agre­gó de ma­ne­ra ilu­sio­na­da.

En­tró a la ha­bi­ta­ción que él ha­bía re­ser­va­do y se sor­pren­dió por el lu­jo y la ca­be­ce­ra de la ca­ma en ca­pi­to­né.ape­nas si po­día con­tro­lar los ner­vios mien­tras mi­ra­ba el re­loj, es­pe­ran­do a que él apa­re­cie­ra. Pau­li­na de­jó la puer­ta en­tre­abier­ta mien­tras se en­con­tra­ba en el bal­cón ob­ser­van­do a lo le­jos el Ar­co del Triun­fo.

De pron­to, sin­tió que no es­ta­ba so­la, y al vol­tear se en­con­tró con esos ojos. ¡Có­mo ama­ba su mi­ra­da!, te­nía el po­der de es­tre­me­cer­la sin si­quie­ra to­car­la.

–Es­te­ban… –mur­mu­ró co­rrien­do emo­cio­na­da a sus bra­zos.

–Mi her­mo­sa –di­jo, es­tre­chán­do­la con­tra él, pa­ra cal­mar la an­sie­dad que te­nía en su piel, y que ella su­po de­jar con ca­da men­sa­je y fo­to­gra­fía en­via­da.

La desea­ba co­mo un lo­co, era una mu­jer sen­sual tras una apa­rien­cia ca­sual que tam­bién le gus­ta­ba. Ado­ra­ba su ca­be­llo on­du­la­do y la ex­pre­sión de sus ojos. Era un sue­ño te­ner­la en sus bra­zos mien­tras sen­tía que ella tem­bla­ba.

–He so­ña­do tan­tas ve­ces con es­te mo­men­to – mur­mu­ró Pau­li­na.

–Yo tam­bién, ca­ri­ño.

Y acer­có su bo­ca pa­ra be­sar su ter­nu­ra y en­cen­der con el alien­to la pa­sión que ar­día en sus cuer­pos. Pau­li­na dis­fru­ta­ba en­tre­la­zan­do los la­bios en me­dio de esa fies­ta de los sen­ti­dos.

Afue­ra os­cu­re­cía, y ellos se en­tre­ga­ban al de­seo, fe­li­ces de te­ner­se y em­bria­ga­dos de tan­to pla­cer en­con­tran­do ali­vio en sus be­sos.

–¿De qué co­lor son tus ojos? –pre­gun­tó, mi­rán-

do­lo ex­ta­sia­da.

–Son ver­des, mi amor.

–Son los ojos ver­des más lin­dos que he vis­to en mi vi­da –su­su­rró.

Y sin dar­se cuen­ta se que­dó dor­mi­da mien­tras Es­te­ban la ob­ser­va­ba re­cor­dan­do su en­tre­ga. Nun­ca lo ha­bían ama­do así, ja­más una mu­jer le ha­bía ofre­ci­do su al­ma co­mo lo hi­zo ella en ca­da mo­vi­mien­to y en ca­da ca­ri­cia que de­jó so­bre su cuer­po.

Ama­ne­cía y se le­van­tó de la ca­ma, es­ta­ba in­tran­qui­lo, ba­ta­llan­do con sus emo­cio­nes y arre­pen­ti­do de ha­ber­la invitado a Pa­rís.

–¿Te ocu­rre al­go? –di­jo Pau­li­na acer­cán­do­se a él. –Na­da, mi her­mo­sa, so­lo pen­sa­ba en ti.

–¿Y qué pen­sa­bas? –pre­gun­tó, acu­rru­cán­do­se en­tre sus bra­zos.

–Que hoy se­rá un lin­do día… te lle­va­ré a co­no­cer la ciu­dad –di­jo, y la be­só des­pa­cio.

Es­ta­ban des­nu­dos, y a nin­guno le im­por­ta­ba ex­hi­bir sus cuer­pos cuan­do en la ca­ma de­ja­ron sus se­cre­tos so­bre las sá­ba­nas. Fue­ron dos aman­tes an­sio­sos y de­ses­pe­ra­dos que con­quis­ta­ron el pla­cer, y quie­nes vol­vían a per­der­se en­tre la bru­ma del de­seo.

Pa­sa­ron tres días re­co­rrien­do las atrac­cio­nes de Pa­rís, to­mán­do­se fo­tos jun­to a la to­rre Eif­fel, en la pla­za de la Con­cor­dia y re­co­rrien­do el Se­na en un cru­ce­ro a la luz de la lu­na. No ol­vi­da­ron to­mar ca­fé ad­mi­ran­do las lu­ces de la ciu­dad mien­tras co­mían un crois­sant.

Pe­ro cuan­do lle­ga­ban al ho­tel se ol­vi­da­ban de to­do y so­lo exis­tía la pa­sión que des­bor­da­ban con ca­da ca­ri­cia.

–Ma­ña­na me voy –di­jo Pau­li­na, mien­tras des­can­sa­ba so­bre su pe­cho. –Han si­do unos días inol­vi­da­bles –se­ña­ló Es­te­ban con cau­te­la.

Has­ta el mo­men­to ha­bía evi­ta­do una con­ver­sa­ción ín­ti­ma, pe­ro sa­bía que aho­ra ya no te­nía es­ca­pa­to­ria.

–Te amo –con­fe­só Pau­li­na.

–Esas son pa­la­bras ma­yo­res, mi her­mo­sa –res­pon­dió, tra­tan­do de no ha­cer­le da­ño.

–¿Qué sien­tes por mí?

–Te de­seo, eres una prin­ce­sa que en­con­tré den­tro de un cuen­to, y una mu­jer es­pe­cial.

–Pe­ro no me amas –di­jo ella con tris­te­za. –Ya no pue­do amar.

–¿Por qué?

–No quie­ro ha­blar de eso.

–Nun­ca ha­bla­mos de na­da –ex­cla­mó mo­les­ta–, so­lo me di­ces que soy her­mo­sa y que me deseas, pe­ro no sé qué te gus­ta, cuá­les son tus sue­ños, có­mo es tu vi­da cuan­do no via­jas.

Es­te­ban no res­pon­dió y Pau­li­na sa­lió al bal­cón pa­ra que no la vie­ra llo­rar.

No que­ría ha­cer un dra­ma, pe­ro sin­tió que de­bía de­cir­le lo que pen­sa­ba.

Al día si­guien­te Es­te­ban la lle­vó al ae­ro­puer­to, en si­len­cio, pe­ro an­tes de des­pe­dir­se ella qui­so arran­car­le una pro­me­sa.

–¿Res­pon­de­rás a mis men­sa­jes?

–Lo pro­me­to.

–¿Nos vol­ve­re­mos a ver?

Es­te­ban no con­tes­tó, pe­ro la be­só co­mo un de­ses­pe­ra­do en me­dio de la gen­te que ape­nas re­pa­ra­ba en ellos.

–Él me ama –pen­só Pau­li­na, en­tre­gán­do­le to­do su amor en esa ca­ri­cia–, aun­que no lo acep­te, él me ama.

Pau­li­na lle­gó a Mé­xi­co y no pa­ra­ba de ha­blar de lo ca­ri­ño­so que fue él.

–Co­mo aman­te es in­creí­ble –le de­cía a una com­pa­ñe­ra del bar–, y co­mo hom­bre el más edu­ca­do y ele­gan­te. ¡Lo amo!

–¿Cuán­do se vol­ve­rán a ver?

–Se­gu­ro que vie­ne en cual­quier mo­men­to –res­pon­dió, desean­do con el al­ma que fue­ra ver­dad.

Esa no­che le es­cri­bió di­cién­do­le que lo ex­tra­ña­ba, pe­ro Es­te­ban le­yó el men­sa­je y no le con­tes­tó na­da al res­pec­to.

Pau­li­na se sin­tió he­ri­da, aun así con­ti­nuó in­sis­tien­do por al­gu­nas se­ma­nas, has­ta que un día to­mó una de­ci­sión.

Te es­cri­bo por úl­ti­ma vez, y so­lo pa­ra dar­te las gra­cias, pues me hi­cis­te sen­tir una mu­jer es­pe­cial. Es­toy cons­cien­te de que yo te arras­tré a to­do es­to con ca­da men­sa­je y fo­to que te en­via­ba. El de­seo es tan vo­lá­til, co­mo el “te amo”, pa­la­bras ma­yo­res de las que hu­yes por al­gu­na ra­zón. No pu­de en­con­trar el ca­mino pa­ra con­quis­tar­te, y aho­ra doy un pa­so atrás lle­ván­do­me el re­cuer­do de tus ojos ver­des mi­rán­do­me con ter­nu­ra.

Lo eli­mi­nó de Fa­ce­book, y se guar­dó sus lá­gri­mas pa­ra que na­die sin­tie­ra pe­na por ella. Re­cor­dó a la gi­ta­na y si­guió pen­san­do que te­nía ra­zón. Él era su amor del pa­sa­do, y el hom­bre que en es­ta vi­da no po­dría ol­vi­dar.

Es­te­ban le­yó el men­sa­je y con­si­de­ró que era lo me­jor. Te­nía una vi­da agi­ta­da y sin tiem­po pa­ra el amor. Pe­ro, al pa­sar las se­ma­nas fue im­po­si­ble no ex­tra­ñar­la, no re­cor­dar esos ojos ca­fés. No lo­gra­ba con­cen­trar­se en sus co­sas, y por las no­ches el si­len­cio le ha­bla­da de ella, sus bra­zos la año­ra­ban y su co­ra­zón le gri­ta­ba que fue­ra a bus­car­la.

Pau­li­na sa­lió del bar y lo vio en una es­qui­na. Nue­ve me­ses obli­gán­do­se a no pen­sar en él, re­pi­tién­do­se que un día lo ol­vi­da­ría. Era la men­ti­ra más gran­de por­que nun­ca po­dría sa­car­lo del co­ra­zón.

–Es­pe­ro que no sea tar­de –di­jo, pa­rán­do­se fren­te a ella–, te­nía mie­do de vol­ver a arries­gar­me. Mar­ga­ret fue un gran amor que me de­jó muy he­ri­do. –¿Y yo qué soy? –pre­gun­tó tem­blo­ro­sa.

–La mu­jer que aho­ra amo, mi pre­sen­te y el fu­tu­ro que quie­ro com­par­tir a tu la­do. ¿Me acep­tas en tu vi­da?

Pau­li­na lo abra­zó en me­dio de lá­gri­mas y sin­tió que to­do em­pe­za­ba a to­mar su lu­gar.

–Siem­pre has es­ta­do en mi vi­da.

–En­ton­ces dé­ja­me en­se­ñar­te mi mun­do, me mu­da­ré a Pa­rís y no sé si…

–Iré don­de tú quie­ras –lo in­te­rrum­pió, fe­liz por­que la in­cluía en su vi­da–. Tú eres mi ho­gar y mi fe­li­ci­dad.

Yse lo de­mos­tra­ba en me­dio de un be­so que mar­ca­ba la pau­ta de una vi­da nue­va, en otra ciu­dad, pe­ro jun­to al hom­bre que ama­ba.

–Ex­tra­ña­ba tu bo­ca –di­jo él, son­rien­do cer­ca de sus la­bios.

–Y yo ex­tra­ña­ba tus ojos ver­des –res­pon­dió emo­cio­na­da–, por­que na­die me ha mi­ra­do co­mo tú. Me es­tre­me­cen, tu mi­ra­da tie­ne ma­gia, mi amor.

–Te amo –di­jo Es­te­ban.

–Son pa­la­bras ma­yo­res –mur­mu­ró Pau­li­na. –Y son to­da mi ver­dad –agre­gó, de­mos­trán­do­le con otro be­so la emo­ción que sen­tía de te­ner­la nue­va­men­te jun­to a él.

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