FABIO PA­RRA

LA LE­YEN­DA DEL CI­CLIS­MO NA­CIO­NAL

Bocas - - SUMARIO - POR MAU­RI­CIO SIL­VA GUZ­MÁN FO­TOS PA­BLO SALGADO

Ha­ce trein­ta años Fabio Pa­rra al­can­zó lo que nin­gún co­lom­biano ha­bía lo­gra­do an­tes: su­bir al po­dio en un Tour de Fran­cia. Fue tan gran­de su ha­za­ña que tu­vie­ron que pa­sar 25 años pa­ra que otro es­ca­ra­ba­jo la re­pi­tie­ra –Nai­ro Quin­ta­na en 2013–. Es­ta es la his­to­ria de uno de los más com­ple­tos ci­clis­tas co­lom­bia­nos de to­dos los tiem­pos a quien, se­gún se acla­ra en es­ta en­tre­vis­ta, le han de­bi­do re­co­no­cer el Tour de 1988 tras el es­cán­da­lo por el do­ping de Pedro “el Pe­ri­co” Del­ga­do y Steven Rooks, y al que ade­más le bir­la­ron la Vuel­ta a Es­pa­ña de 1989. La de un bo­ya­cen­se que ga­nó la Vuel­ta a la Ju­ven­tud y la Vuel­ta a Co­lom­bia, que se re­ti­ró un par de años del ci­clis­mo y que, en las sie­te Vuel­tas a Es­pa­ña que co­rrió –1985, 1986, 1988, 1989, 1990, 1991 y 1992– siem­pre que­dó en los 10 pri­me­ros lu­ga­res. Ha­bla la le­yen­da.

El ci­clis­mo y la his­to­ria fue­ron y han si­do un po­co in­jus­tos con Fabio Pa­rra.

Por un la­do, el bo­ya­cen­se me­re­ció mu­cho más de lo que lo­gró a lo lar­go de su ca­rre­ra de­por­ti­va: más tí­tu­los, más tro­feos, más glo­ria.

Y, por otro, el re­cuer­do de su gran­de­za y de su le­yen­da, fue –y ha si­do– un tan­to mi­ni­mi­za­do, al pun­to que so­lo al­gu­nos ex­per­tos tie­nen cla­ro que él, y na­die más, fue el pri­mer co­lom­biano que se subió a un po­dio del Tour de Fran­cia. Su­ce­dió en 1988 y fue una ha­za­ña que, por al­gu­na ex­tra­ña ra­zón, to­da­vía pa­re­ce no ha­ber al­can­za­do su ver­da­de­ra di­men­sión. De eso ha­ce ya trein­ta años.

Jun­to al tí­tu­lo de Lu­cho He­rre­ra en la Vuel­ta a Es­pa­ña de 1987, es­te fue el otro gran lo­gro del ci­clis­mo co­lom­biano en lo que se co­no­ció co­mo la avan­za­da de los es­ca­ra­ba­jos en Eu­ro­pa, a lo lar­go y an­cho de los años ochen­ta.

Lo que no sa­be la afi­ción es que si las au­to­ri­da­des ci­clís­ti­cas de en­ton­ces hu­bie­sen si­do un po­co más se­rias y es­tric­tas, a Fabio le ha­brían otor­ga­do aquel Tour de 1988 tras com­pro­bar­se el do­ping de sus com­pa­ñe­ros de po­dio.

La his­to­ria com­ple­ta fue así: des­pués de una te­rri­ble caí­da que ca­si lo sa­ca en la pri­me­ra se­ma­na de aquel Tour, la proeza de Pa­rra co­men­zó a mol­dear­se. En la eta­pa nú­me­ro on­ce el hi­jo de So­ga­mo­so –que en­ton­ces era el ca­po del equipo es­pa­ñol Kel­me, con el que ha­bía fir­ma­do en di­ciem­bre de 1987– de­ci­dió lan­zar­se en bus­ca del triunfo par­cial y de­jó atrás a un gru­po per­se­cu­tor con­for­ma­do por las es­tre­llas del mo­men­to: Pedro “el Pe­ri­co” Del­ga­do, Steven Rooks, Raul Al­ca­lá, Charly Mo­tet, Al­va­ro Pino y Lu­cho He­rre­ra, en­tre otros.

El vie­jo Pa­rra –co­mo tam­bién lo lla­ma­ron– ba­jó la ci­ma de Le Cour­bier con una di­fe­ren­cia de tan so­lo vein­te se­gun­dos so­bre la jau­ría y se en­fi­ló al puer­to de Mor­zi­ne. Nun­ca se de­jó al­can­zar, con lo que da­ban sus pier­nas y su co­ra­zón sos­tu­vo la ven­ta­ja y pa­só pri­me­ro en la me­ta fi­nal. Fue su se­gun­da eta­pa en el Tour, la pri­me­ra ha­bía si­do en 1985.

Dos días des­pués, el Tour en­fren­tó el du­rí­si­mo puer­to del Al­pe de Huez, pe­ro la suer­te ju­gó en con­tra de Pa­rra. Iba ade­lan­te y es­tu­vo a pun­to de ga­nar la eta­pa si no hu­bie­se si­do por unas mo­tos de la or­ga­ni­za­ción que lo de­tu­vie­ron en ple­na es­ca­la­da. Per­dió rit­mo, lo pa­sa­ron y na­die re­cla­mó. Muy a pe­sar del tris­te epi­so­dio, que­dó de ter­ce­ro en la ge­ne­ral a diez días del fi­nal. El po­dio, en­ton­ces, pa­re­cía que ya no sal­dría del Pe­ri­co, Rooks y el bo­ya­cen­se.

Dos días des­pués Del­ga­do ga­nó la con­tra­rre­loj con enor­me y sos­pe­cho­sa su­fi­cien­cia, mien­tras que Pa­rra, tras per­der más de tres mi­nu­tos, ba­jó al cuar­to lu­gar. Sin em­bar­go, en los Pi­ri­neos el co­lom­biano vol­vió al ter­cer lu­gar. De allí en ade­lan­te el es­ca­ra­ba­jo de­fen­dió el po­dio y a él se subió en Pa­rís. Esa es la his­to­ria de­por­ti­va, has­ta ahí to­do bien.

Sin em­bar­go, en los la­bo­ra­to­rios, Pedro Del­ga­do re­sul­tó po­si­ti­vo por pro­be­ne­cid, una sus­tan­cia prohi­bi­da por el Co­mi­té Olím­pi­co In­ter­na­cio­nal pe­ro no por la UCI. Por eso no se le cas­ti­gó. El es­cán­da­lo, que sa­cu­dió las en­tra­ñas del Tour fue ta­pa­do y ma­ne­ja­do por la or­ga­ni­za­ción, mien­tras que na­die en Kel­me mo­vió un de­do a fa­vor del co­lom­biano.

Y, pa­ra re­ma­tar, años des­pués, en 1999, Steven Rooks –quien que­dó se­gun­do–, con­fe­só en un pro­gra­ma de la te­le­vi­sión ho­lan­de­sa que tam­bién se ha­bía do­pa­do en esa ca­rre­ra.

En otras pa­la­bras, y en pla­ta blanca, a Fabio Pa­rra le han de­bi­do re­co­no­cer el tí­tu­lo del Tour 1988, pe­ro ob­via­men­te no fue así. Sim­ple­men­te fue y se­rá una asig­na­tu­ra pen­dien­te.

Un año des­pués, en la Vuel­ta a Es­pa­ña 1989, otra ju­ga­da su­cia –tam­bién con Pedro “el Pe­ri­co” Del­ga­do co­mo gran pro­ta­go­nis­ta o, me­jor, co­mo gran an­ta­go­nis­ta–, le hi­zo per­der el tí­tu­lo.

Con to­do, pe­se a sus des­ven­tu­ras –pe­ro gra­cias a su ta­len­to y ren­di­mien­to–, Fabio Pa­rra pa­só a la his­to­ria co­mo uno de los corredores co­lom­bia­nos más com­ple­tos de to­dos los tiem­pos.

Su ges­ta en el Tour de 1988, ade­más, al­can­zó una re­le­van­cia ma­yor cuan­do Co­lom­bia tu­vo que es­pe­rar un cuar­to de si­glo pa­ra que otro es­ca­ra­ba­jo – Nai­ro en 2013– vol­vie­ra a su­bir­se al po­dio fi­nal de la gran­de bou­cle. Tal pri­vi­le­gio so­lo ha si­do al­can­za­do por tres de los nues­tros: Pa­rra, Quin­ta­na y Ri­go­ber­to Urán.

Es­ta es la his­to­ria de un hom­bre sen­ci­llo y apa­ci­ble que de­jó to­do so­bre la bi­ci­cle­ta, que se hi­zo ad­mi­nis­tra­dor de em­pre­sas y que hoy ge­ren­cia su pro­pia fir­ma de em­pa­ques de plas­ti­co y car­tón en Bo­go­tá. Un no­ta­ble co­rre­dor que, por cier­to, al­can­zó un ré­cord di­fí­cil de igua­lar: fue pro­ta­go­nis­ta de pri­me­rí­si­ma lí­nea en las sie­te Vuel­tas a Es­pa­ña en las que co­rrió: 1985, 1986, 1988, 1989, 1990, 1991 y 1992. En to­das, ¡aten­ción! fue top 10. ¿Al­gún otro ci­clis­ta por es­te la­do del con­ti­nen­te pue­de os­ten­tar se­me­jan­te mar­ca?

Fabio fue pu­ro aguan­te. Y hoy, a sus 58 años, lo si­gue sien­do.

Ha­bla el maes­tro.

Su pa­pá fue ci­clis­ta pro­fe­sio­nal y co­rrió una vuel­ta a Co­lom­bia en 1967. ¿Él fue su má­xi­ma ins­pi­ra­ción pa­ra el ci­clis­mo?

Sí. En esa vuel­ta yo te­nía ocho años. Re­cuer­do per­fec­ta­men­te que él sa­lió en la re­vis­ta Vea y que Wei­mar Muñoz, en la ra­dio, ha­bla­ba de mi pa­pá.

¿Qué cla­se de co­rre­dor era él?

Un co­rre­dor que su­bien­do lo ha­cía muy bien, pe­ro que ya en el des­cen­so era más bien re­gu­lar [ri­sas].

¿Su pa­pá era su ído­lo en el ci­clis­mo na­cio­nal o te­nía otro?

Yo era hin­cha de Ál­va­ro Pa­chón, mien­tras que mi her­mano Hum­ber­to, que tam­bién fue ci­clis­ta, era hin­cha de Co­chi­se Ro­drí­guez. Ha­bía dis­cu­sio­nes en la ca­sa.

¿Cuán­do em­pe­zó a to­mar­se en se­rio el ci­clis­mo?

Mi pa­pá te­nía un gru­po de ami­gos en So­ga­mo­so con el que sa­lía los fi­nes de se­ma­na a mon­tar en bi­ci­cle­ta. Él me in­vo­lu­cró en ese gru­po y em­pe­cé a sa­lir con ellos a mis 14 años.

Di­ce la le­yen­da que, en una subida, us­ted los de­jó a to­dos muy re­za­ga­dos y ahí fue cuan­do su pa­pá en­ten­dió que a us­ted ha­bía que apo­yar­lo en se­rio. ¿Eso es ver­dad?

Sí, en el al­to del Por­ta­chue­lo, más arri­ba de San­ta Ro­sa de Vi­ter­bo. Los de­jé a to­dos ti­ra­dos, en­ton­ces mi pa­pá me ar­mó una bi­ci­cle­ta de ca­rre­ras bien ché­ve­re. Tu­ris­me­ra, eso sí: de un so­lo pi­ñón y ma­nu­brio re­don­do, pe­ro ché­ve­re. Con ella em­pe­cé en el Club Ci­clo Be­len­ci­to.

En 1977 us­ted se lan­zó a par­ti­ci­par en la Vuel­ta a la Ju­ven­tud con un equipo pe­que­ño que re­pre­sen­ta­ba a Bo­ya­cá. Ape­nas te­nía 17 años…

Cuan­do fui a esa pri­me­ra vuel­ta era de­ma­sia­do no­va­to en to­do, co­me­tía de­ma­sia­dos erro­res. Me dio muy du­ro por­que no me fue bien y ter­mi­né en el pues­to se­sen­ta y pi­co. Re­cuer­do que su­bien­do La Lí­nea lo hi­ce más o me­nos bien, pe­ro ba­jan­do me caí y me pe­gué muy du­ro, in­clu­so me pu­se a llo­rar. En­ton­ces mi pa­pá lle­gó a re­ga­ñar­me: “¿Qué pa­só? ¡Si­ga! ¡Es­to es pa­ra hom­bres! ¡Si se re­ti­ra no sir­ve

Pedro “el Pe­ri­co” Del­ga­do (cen­tro), Steven Rooks (iz­quier­da) y Fabio Pa­rra (de­re­cha) ce­le­bran en el po­dio del Tour de Fran­cia 1988. Fue la pri­me­ra vez que un co­lom­biano lo­gró se­me­jan­te ha­za­ña-

pa­ra ser ci­clis­ta!”. Me pa­ré, ter­mi­né y pa­ra el año si­guien­te me pre­pa­ré con to­da. Y efec­ti­va­men­te, al año si­guien­te fui sub­cam­peón.

Has­ta que en 1979 fue cam­peón de la Vuel­ta a la Ju­ven­tud: un tí­tu­lo me­mo­ra­ble.

Les ga­né a Car­los Gu­tié­rrez, a Pacho Ro­drí­guez, a Ra­món To­lo­sa... Ga­né la vuel­ta de una ma­ne­ra, di­ga­mos, ca­si so­bra­da, por­que lo­gré tres eta­pas, ga­né la con­tra­rre­loj, ga­né la mon­ta­ña y ga­né el tí­tu­lo. Ga­né to­do. Era el equipo de la Lo­te­ría de Bo­ya­cá.

En 1980 us­ted co­rrió su pri­me­ra Vuel­ta a Co­lom­bia y fue cam­peón no­va­to. El lí­der de su equipo era el fe­nó­meno Ra­fael An­to­nio Ni­ño que, en­ton­ces, ga­nó e im­pu­so el in­creí­ble ré­cord de seis tí­tu­los, has­ta aho­ra no su­pe­ra­do. ¿Qué le apren­dió a se­me­jan­te mons­truo?

Él ha­bía es­ta­do en el Jolly Ce­ra­mi­ca, un equipo en Ita­lia, y traía to­da esa ex­pe­rien­cia de Eu­ro­pa. Él fue el que nos en­se­ñó a tra­ba­jar­le a un lí­der in­de­pen­dien­te­men­te de cual­quier co­sa. Era un ti­po que in­sis­tía mu­cho en el en­tre­na­mien­to, con él ha­cía­mos re­co­rri­dos de cua­tro o cin­co días de ciudad en ciudad. Él cam­bió la ma­ne­ra de co­rrer en Co­lom­bia.

¿Cuál es el­re­cuer­do más lin­do de su tí­tu­lo en 1981, cuan­do se co­ro­nó cam­peón de la Vuel­ta a Co­lom­bia?

Que en el al­to del Tri­go no me sen­tí bien, me que­dé de­trás de los fa­vo­ri­tos y lle­gué a Hon­da con tres mi­nu­tos de des­ven­ta­ja, por lo cual di­je­ron que yo ya ha­bía per­di­do. Pe­ro al otro día, en la eta­pa Hon­da– Ma­ni­za­les, me es­ca­pé su­bien­do a Le­tras y re­cu­pe­ré lo per­di­do. Lue­go, en la eta­pa que lle­ga­ba a Me­de­llín, hi­ci­mos el 1-2 con Ra­fael [Ni­ño] y que­dé de lí­der de la Vuel­ta. Creo que fue la úl­ti­ma vuel­ta de Ni­ño y que Lu­cho [He­rre­ra] ga­nó el Clá­si­co RCN de ese año. Ahí em­pe­zó a des­pun­tar nues­tra ge­ne­ra­ción.

Por cier­to, ¿Se pue­de ha­blar de una es­cue­la bo­ya­cen­se en el ci­clis­mo na­cio­nal?

Hay una con­di­ción fí­si­ca, cons­tan­cia y dis­ci­pli­na. Creo que es esa ca­pa­ci­dad de su­fri­mien­to, de nun­ca do­blar, que se­gu­ro vie­ne de nues­tros cam­pe­si­nos. Pe­ro téc­ni­ca­men­te es muy di­fí­cil de ex­pli­car.

Us­ted qui­so vol­ver a ga­nar la Vuel­ta a Co­lom­bia en el 82, pe­ro ese in­ten­to no sa­lió muy bien. Por el con­tra­rio, lo azo­tó se­ve­ra­men­te. ¿Qué pa­só?

Yo di­je: “Si ga­né el año pa­sa­do, ten­go que vol­ver a ga­nar es­ta y otras más”. Ese era mi pen­sa­mien­to, pe­ro la pre­pa­ra­ción no fue la ade­cua­da. El he­cho es que, fal­tan­do una eta­pa, en Hon­da, yo es­ta­ba de se­gun­do, co­mo a mi­nu­to y me­dio de Cris­tó­bal Pé­rez. Ese día yo pen­sé que iba a ga­nar y re­sul­ta que to­do sa­lió al re­vés: no pu­de ata­car, no pu­de se­guir con los pun­te­ros, per­dí tiem­po y al fi­nal que­dé de no­veno. Eso, pa­ra mí, fue un fra­ca­so, una de­silu­sión te­rri­ble. En­ton­ces di­je: “No vuel­vo a mon­tar más en bi­ci­cle­ta”.

¿Fue por eso que se re­ti­ró?

En par­te. Es que en esa épo­ca el te­ma eco­nó­mi­co to­da­vía no era cla­ro pa­ra un ci­clis­ta. A uno sí le da­ban al­go por co­rrer esas ca­rre­ras, pe­ro era muy po­co. En­ton­ces de­ci­dí no mon­tar más en bi­ci­cle­ta y, por la pre­sión de mi pa­pá, que siem­pre me di­jo que ha­bía que ir a la uni­ver­si­dad, me pu­se a es­tu­diar ad­mi­nis­tra­ción de em­pre­sas en el Ex­ter­na­do.

An­du­vo por las au­las en­tre 1982 y 1984. ¿Có­mo y por qué vol­vió al ci­clis­mo?

Un día vi unas imá­ge­nes de te­le­vi­sión des­de Es­pa­ña, des­de un he­li­cóp­te­ro, y vi có­mo subía en­tre la nie­ve Pa­tro­ci­nio [Ji­mé­nez] con la ca­mi­se­ta del equipo Te­ka. En­ton­ces di­je: “Si a esos lo­cos les va bien por allá, pues a mí tam­bién me ten­drá que ir bien”. En­ton­ces vol­ví a prac­ti­car y con el equipo Le­che La Gran Vía hi­ce di­fe­ren­tes clá­si­cas. Re­sul­ta que em­pe­cé a co­rrer y vol­ví a ga­nar: que la Clá­si­ca de An­tio­quia, que la de Cun­di­na­mar­ca, que se­gun­do en el Clá­si­co RCN...

¿Có­mo lle­gó al equipo Var­ta-ca­fé de Co­lom­bia?

Des­pués de la par­ti­ci­pa­ción de Pi­las Var­ta en el Tour de Fran­cia de 1984 los di­rec­ti­vos qui­sie­ron ha­cer una es­pe­cie de se­lec­ción na­cio­nal, aho­ra con Ca­fé de Co­lom­bia. A mí me lla­mó Mi­guel Án­gel [Ber­mú­dez] y me pi­dió que hi­cie­ra la du­pla con Lu­cho.

Su de­but en Eu­ro­pa fue la Vuel­ta a Es­pa­ña don­de que­dó quin­to en la ge­ne­ral. Na­da mal pa­ra em­pe­zar, ¿no?

En reali­dad arran­qué en Eu­ro­pa con la Se­ma­na Ca­ta­la­na. Des­pués sí hi­ce la Vuel­ta a Es­pa­ña. Pe­ro fue un ca­me­llo por­que lo que yo re­cuer­do es ha­ber so­por­ta­do de­ma­sia­do frío: un frío que nun­ca ha­bía sen­ti­do, un frío por de­ba­jo de ce­ro, a ve­ces. Ade­más ha­bía una enor­me di­fe­ren­cia de in­fra­es­truc­tu­ra en­tre los equi­pos: yo mi­ra­ba los ca­rros acom­pa­ñan­tes, con sus bi­ci­cle­tas adap­ta­das, y veía a esos ma­nes fuer­tes, gran­des y con sus uni­for­mes to­dos ele­gan­tes... Y no­so­tros ape­nas con lo nues­tro. La ver­dad es que uno se ha­cía el fuer­te y ahí lle­ga­ba con ellos. Y uno arras­tra­ba a los otros, por­que los otros de­cían: “Si Fabio pue­de, no­so­tros te­ne­mos que po­der”. Ese año el To­ma­te [Agu­de­lo] ga­nó la pri­me­ra eta­pa en la Vuel­ta a Es­pa­ña pa­ra Co­lom­bia y to­do eso ayu­dó a que to­dos di­jé­ra­mos: “¡Po­de­mos!”. Al fi­nal que­dé quin­to y con­quis­té la ca­mi­se­ta a me­jor no­va­to.

¿Qué fue lo más di­fí­cil de esos pri­me­ros años en Eu­ro­pa?

Que los re­co­rri­dos eran más ex­ten­sos que los de hoy, de 4.500 o 4.700 ki­ló­me­tros. Las prue­bas con­tra­rre­loj tam­bién eran de­ma­sia­do lar­gas: su­ma­das las “cro­nos” por equi­pos y las dos in­di­vi­dua­les, da­ban ca­si 300 ki­ló­me­tros. Por eso per­día­mos tan­to tiem­po.

Aho­ra va­ya­mos al mí­ti­co Tour de Fran­cia de 1985. Lu­cho ga­nó la eta­pa 11 en Mor­zi­ne-avo­riaz. Al día si­guien­te, en Lens en Ver­cors, us­ted y Lu­cho hi­cie­ron un inol­vi­da­ble 1 y 2. Y, pa­ra re­ma­tar, dos días des­pués, Lu­cho ga­nó en Sain­té­tien­ne, don­de cru­zó la me­ta con san­gre en el ros­tro. ¡Épi­ca pu­ra!

En esa pri­me­ra eta­pa que ga­na­mos, Lu­cho ata­có ade­lan­te a [Ber­nard] Hi­nault y yo me que­dé atrás con [Greg] Le­mond. Lo que la gen­te no sa­be es que Le­mond que­ría pe­lear tam­bién el tí­tu­lo, pe­ro él no po­día per­se­guir a su lí­der que era Hi­nault. En­ton­ces me de­cía: “¡Oi­ga, per­si­ga! ¡De­le, de­le, de­le!”. Pe­ro yo tam­po­co po­día ata­car a Lu­cho.

Pa­re­ce ser que aquel 1-2 en Lens en Ver­cors fue el pun­to más al­to y emo­ti­vo de su ge­ne­ra­ción...

Sí, por la his­to­ria y por­que fue una eta­pa de 270 ki­ló­me­tros, de 8 ho­ras y 23 mi­nu­tos dán­do­le, con mu­chas on­du­la­cio­nes, pre­mios de se­gun­da y de ter­ce­ra ca­te­go­ría. El fi­nal eran cin­co ki­ló­me­tros de as­cen­so. Yo arran­qué y más ade­lan­te me di­je­ron que atrás ve­nía Lu­cho por­que es­ta­ba pe­lean­do la mon­ta­ña, así que lo es­pe­ré. Él ya sa­bía que yo iba a ga­nar y fue así co­mo pa­sa­mos jun­tos. La gen­te cree que lo pla­nea­mos y que lo con­ver­sa­mos, pe­ro se dio así.

Lue­go vino la es­pec­ta­cu­lar eta­pa de Lu­cho en Saint-étien­ne. Apro­ve­cho pa­ra pre­gun­tar: ¿Él ha si­do el me­jor es­ca­la­dor que ha da­do el ci­clis­mo co­lom­biano?

Yo pien­so que sí. So­bre to­do lo de Lu­cho en el 85 fue mo­nu­men­tal. ¡Es que íba­mos a vein­te por ho­ra y él sa­lía a 25! Y, la ver­dad, na­die po­día se­guir­lo. Su ex­plo­sión era im­pre­sio­nan­te.

Por cier­to, ¿có­mo po­dría des­cri­bir al ci­clis­ta que fue Fabio Pa­rra?

Un co­rre­dor que se de­fen­día bien en to­dos los te­rre­nos: subía bien, ba­ja­ba bien y en el plano iba bien. Tam­po­co me fue tan mal en las con­tra­rre­loj. Pe­ro lo más im­por­tan­te es que era un co­rre­dor con mu­cha ca­pa­ci­dad de su­fri­mien­to, que siem­pre iba ade­lan­te.

¿Qué tan cier­ta fue la ri­va­li­dad con los fran­ce­ses? In­clu­so se ha lle­ga­do a ha­blar de que ha­bía ra­cis­mo.

“EN LO QUE SIEM­PRE COINCIDIMOS TO­DOS LOS MU­CHA­CHOS ES EN EL SU­FRI­MIEN­TO TAN AB­SUR­DO POR EL QUE TU­VI­MOS QUE PA­SAR EN EU­RO­PA. RE­CUER­DO QUE ENTRÁBAMOS DE LAS ETA­PAS Y NOS PEGÁBAMOS UNAS CHILLADAS TREMENDAS POR CUEN­TA DEL FRÍO Y DEL DO­LOR”.

El 29 de ju­nio de 1981 Fabio Pa­rra, de 21 años, se co­ro­nó cam­peón de la Vuel­ta a Co­lom­bia.

¡Nor­mal! Hi­nault y Fig­non eran muy com­pe­ti­ti­vos. El ba­cán era Le­mond [co­rre­dor es­ta­dou­ni­den­se]. No sé si era por el te­ma la­ti­noa­me­ri­cano, pe­ro con­mi­go se por­ta­ba muy bien: el hom­bre, en mi pri­mer Tour, me ubi­ca­ba y me gri­ta­ba: “¡Oi­ga, ven­ga!”. Me de­cía que me hi­cie­ra a su rue­da y me lle­va­ba pa­ra ade­lan­te. Creo que a él se le ha­cía co­mo ra­ro que un co­lom­biano estuviera por ahí me­ti­do, en­ton­ces me lle­va­ba ha­cia ade­lan­te y me po­nía la mano en el hom­bro. Co­mo que le ha­cía a uno la pre­sen­ta­ción en so­cie­dad.

En 1986, des­pués de esa ge­nial par­ti­ci­pa­ción en el Tour de 1985, los co­lom­bia­nos creí­mos que us­te­des iban a bri­llar aún más, pe­ro fue al re­vés. ¿Qué su­ce­dió?

Nos re­la­ja­mos. Se re­la­jó to­do el mun­do. Nos pre­pa­ra­mos mal y en ese año, el 86, yo me ca­sé. Eso, di­ga­mos, tam­bién ayu­dó a la re­la­ja­ción. To­dos sa­ben que, des­pués de un gran éxi­to, el asun­to se cae.

Pe­ro en 1987 re­gre­sa­ron a la ci­ma. Lu­cho ga­nó la Vuel­ta a Es­pa­ña y us­ted des­ta­có en Sui­za.

Ra­fael An­to­nio Ni­ño se hi­zo car­go del Ca­fé de Co­lom­bia y de­ci­dió ha­cer dos equi­pos: uno lo li­de­ró Lu­cho, pa­ra la Vuel­ta a Es­pa­ña [en ma­yo], y el otro lo li­de­ré yo pa­ra la Vuel­ta a Sui­za [en ju­nio]. De esos dos equi­pos sa­ca­ron uno pa­ra co­rrer el Tour de Fran­cia [en julio]. Lu­cho ga­nó el tí­tu­lo en Es­pa­ña y yo que­dé ter­ce­ro en Sui­za, a tan so­lo cua­tro se­gun­dos.

¿Qué pa­só en Sui­za?

Me en­con­tré con un frío te­rri­ble y eso me afec­tó un mon­tón al prin­ci­pio de la com­pe­ten­cia por­que per­dí más de tres mi­nu­tos con res­pec­to del lí­der, An­drew Ham­ps­ten. Pe­ro un buen día abrió el cie­lo azul y la tem­pe­ra­tu­ra me­jo­ró, de ahí en ade­lan­te to­do fue a mi fa­vor. Si no hu­bie­ra per­di­do to­do ese tiem­po, se­gu­ra­men­te la hu­bie­ra ga­na­do; pe­ro bueno, así es el ci­clis­mo. Lue­go en el Tour hi­ci­mos quin­to [He­rre­ra] y sex­to pues­to [Pa­rra].

Fue­ron años glo­rio­sos con el equipo Ca­fé de Co­lom­bia. ¿Cuá­les son sus me­jo­res re­cuer­dos con los mu­cha­chos de aque­lla ge­ne­ra­ción?

Con el que más lle­gué a com­par­tir fue con Mar­tín Ra­mí­rez, tan­to allá co­mo acá, en­tre­nan­do. Aún so­mos bue­nos ami­gos. Y en lo que siem­pre coincidimos to­dos es en el su­fri­mien­to tan ab­sur­do por el que tu­vi­mos que pa­sar en Eu­ro­pa. Re­cuer­do que lle­gá­ba­mos de las eta­pas y nos pegábamos unas chilladas tremendas por cuen­ta del frío y del do­lor. Siem­pre re­cor­da­mos que en las ca­rre­te­ras com­par­ti­mos eso... Y tam­bién el he­cho de que al­guien lle­va­ra agua de pa­ne­la ca­lien­ti­ca y de po­der­la com­par­tir con el com­pa­trio­ta, eso le da­ba a uno co­mo el áni­mo de se­guir y de en­ten­der que uno no es­ta­ba so­lo, que es­ta­ba con al­guien más en las mis­mas. Lue­go en el ho­tel, ya ca­lien­ti­cos, pues nos da­ba la ri­sa. No fal­ta­ba el que de­cía: “Por acá yo no vuel­vo”.

¿Có­mo se da su tras­pa­so al equipo Kel­me?

Eso fue gra­cias a que me veían co­rrer siem­pre ade­lan­te, siem­pre bien ubi­ca­do, que ha­cía bue­nas vuel­tas a Es­pa­ña y bue­nos tours. De pron­to, un día en di­ciem­bre de 1987, lle­gó a Co­lom­bia Ra­fael Ca­rras­co, que era el en­tre­na­dor de Kel­me, de una vez con un con­tra­to. Y efec­ti­va­men­te ahí se dio la ne­go­cia­ción. En Ca­fé de Co­lom­bia ga­na­ba al­go de di­ne­ro, pe­ro era po­co, y en Kel­me ya me con­tra­ta­ron co­mo un ci­clis­ta eu­ro­peo. Era una di­fe­ren­cia muy gran­de.

¿Ca­fé de Co­lom­bia no les pa­gó bien?

Nues­tro pa­go nun­ca fue acor­de con lo que les pa­ga­ban a los ci­clis­tas eu­ro­peos. Cuan­do me con­tra­ta­ron en Kel­me me di cuen­ta de que era una di­fe­ren­cia as­tro­nó­mi­ca.

¿Cuál fue el pri­mer re­que­ri­mien­to de Kel­me?

Re­sul­ta­dos en Es­pa­ña, por­que Kel­me era, y es, una fir­ma es­pa­ño­la y ne­ce­si­ta­ban re­sul­ta­dos en la ca­sa. Con esos bue­nos re­sul­ta­dos bus­ca­rían una in­vi­ta­ción al Tour. Y así se hi­zo: Ca­rras­co me di­jo que me iba a ar­mar un equipo pa­ra ha­cer un buen Tour de Fran­cia y pa­ra que yo pe­lea­ra una Vuel­ta a Es­pa­ña. Lue­go me di­jo que a él le in­tere­sa­ba ve­nir a Co­lom­bia y que a Kel­me le in­tere­sa­ba abrir mer­ca­do acá. Nues­tro equipo em­pe­zó a par­ti­ci­par en el Clá­si­co RCN y en la Vuel­ta a Co­lom­bia, pe­ro eso fue un des­gas­te de­por­ti­vo in­men­so.

Kel­me, en efec­to, lo­gró la in­vi­ta­ción al Tour de 1988 y us­ted ter­mi­nó subido en el po­dio. Ya son 30 años de aque­lla proeza. ¿Có­mo lle­gó allá arri­ba?

Yo me me­tí en la ca­be­za ha­cer el po­dio. No era tan­to la vic­to­ria, por­que la vic­to­ria no era tan fá­cil. Ga­nar el Tour me pa­re­cía im­po­si­ble por co­sas co­mo las con­tra­rre­loj, en las que, por más que nos es­for­zá­ra­mos, no te­nía­mos ni la po­ten­cia ni la ca­pa­ci­dad de per­der so­lo trein­ta se­gun­dos o un mi­nu­to. En esa épo­ca em­pe­zá­ba­mos con un pró­lo­go lar­guí­si­mo, que era una con­tra­rre­loj por equi­pos y que su­ma­ba pa­ra la ge­ne­ral. Ahí, de en­tra­da, eran cua­tro mi­nu­tos per­di­dos. Des­pués, co­mo en la quin­ta o sex­ta eta­pa, ha­bía una con­tra­rre­loj in­di­vi­dual que era de 70 ki­ló­me­tros y lue­go, más ade­lan­te, otra; en­ton­ces eran otros tres mi­nu­tos. Nun­ca ha­bía su­fi­cien­te mon­ta­ña pa­ra re­cu­pe­rar el tiem­po per­di­do. Por eso lo mío sí era me­ter­me en el po­dio, en­tre los tres pri­me­ros.

Y lo lo­gró, pe­ro le cos­tó su­dor y san­gre: de he­cho us­ted se ca­yó en ese Tour y ca­si se re­ti­ra.

Fue en una eta­pa pla­na, en una mon­te­ra. Me abrí la ca­be­za por­que en esa épo­ca no se usa­ba cas­co, se veía mal. Lle­gué san­gran­do a la me­ta y me co­sie­ron ocho puntos. Ca­rras­co me di­jo que me po­día re­ti­rar, pe­ro yo se­guí y lo­gré pa­sar esos días de do­lor.

Y lue­go ga­nó en Mor­zi­ne, en una eta­pa bri­llan­te e inol­vi­da­ble.

Nun­ca ol­vi­da­ré que ese día, en nues­tro ca­rro, jun­to a Ca­rras­co iba Eddy Merckx, que nos pa­tro­ci­na­ba con las bi­ci­cle­tas. Ve­nía dán­do­me áni­mo. ¡Ima­gí­ne­se, Merckx apo­yán­do­me! Fue una es­ca­pa­da lar­ga y lo­gré man­te­ner una di­fe­ren­cia has­ta el fi­nal de unos 20 o 25 se­gun­dos. Ese día pa­ra el ga­na­dor de la eta­pa ha­bía un ca­rro, pe­ro yo no sa­bía: cuan­do es­ta­ba arri­ba me die­ron las lla­ves de un Peu­geot 405. Eso se re­par­tió en­tre to­do el equipo. Ahí fue que que­dé co­mo cuar­to o quin­to en la ge­ne­ral.

¿Y qué pa­só con las mo­tos en el Al­pe D’huez?

En el fi­nal de la subida al­can­cé a Del­ga­do y te­nía có­mo se­guir de­re­cho, pe­ro co­mo ha­bía tan­ta gen­te y las va­llas ca­da vez se ce­rra­ban más, mi ata­que se vio trun­ca­do. Cuan­do par­tí y sa­qué una ven­ta­ja me en­con­tré con que las mo­tos de los jue­ces ha­bían pa­ra­ron por el pú­bli­co, en­ton­ces per­dí la po­si­bi­li­dad de sa­car tiem­po y de ga­nar esa eta­pa.

¿Qué re­cuer­da del re­sul­ta­do po­si­ti­vo en do­ping que dio “el Pe­ri­co” Del­ga­do y del es­cán­da­lo que ge­ne­ró eso en aquel Tour?

Que allá tra­ta­ron de mi­ni­mi­zar­lo, pues era un rui­do muy du­ro pa­ra el Tour. Tra­ta­ron de ma­ne­jar la co­sa muy cal­ma­da­men­te, pe­ro me acuer­do de que en el ho­tel don­de es­tá­ba­mos ha­bía una re­vo­lu­ción con eso. To­do el mun­do lo men­ta­ba y nos de­cían: “¡Ay! Del­ga­do sa­lió po­si­ti­vo”. Pe­ro na­die tu­vo esa vi­sión de de­cir: “Oi­ga si es­te man es­tá con esa vai­na, ¡pues pe­lié­mos­lo!”.

¿Y Kel­me?

Ni el equipo, ni Ca­rras­co, ni na­die. Yo es­ta­ba con un equipo es­pa­ñol y vi que tam­po­co que­rían ha­cer­le da­ño a Es­pa­ña. La co­sa la de­ja­ron pa­sar así y eso así se que­dó. Pos­te­rior­men­te Rooks tam­bién hi­zo de­cla­ra­cio­nes de que él ha­bía in­ge­ri­do sus­tan­cias prohi­bi­das.

¿En­ton­ces cree que hu­bie­se si­do po­si­ble que le re­co­no­cie­ran el Tour a us­ted?

Hoy, se­gu­ra­men­te, la co­sa se­ría di­fe­ren­te.

Pe­ro hoy es­ta­mos es­pe­ran­do, des­de la Vuel­ta a Es­pa­ña 2017, pa­ra que la UCI se pro­nun­cie en

“ME QUE­DA LA SA­TIS­FAC­CIÓN DE PO­DER DE­CIR: ‘¡OI­GA, DE PRON­TO EN LAS MIS­MAS CON­DI­CIO­NES HA­BRÍA TE­NI­DO LA OPOR­TU­NI­DAD DE GA­NAR EL TOUR DE ESE AÑO!’. ASÍ DE SEN­CI­LLO”.

torno al ca­so de Froo­me [al cie­rre de es­ta edi­ción to­da­vía no lo han he­cho].

Pe­ro se van a te­ner que pro­nun­ciar. El ejem­plo es [Lan­ce] Arms­trong, a quien la gen­te le dio y le dio has­ta que ca­yó. Pe­ro en mi épo­ca na­die se pro­nun­ció ni na­da. Y pues sí: le que­da a uno el sin­sa­bor, por­que la pre­pa­ra­ción se ha­bía he­cho muy bien y uno no en­ten­día có­mo es que ellos iban tan rá­pi­do. Cla­ro, aho­ra uno en­tien­de el por­qué de las co­sas. Me que­da eso sí la sa­tis­fac­ción de de­cir: “¡Oi­ga, de pron­to en las mis­mas con­di­cio­nes ha­bría te­ni­do la opor­tu­ni­dad de ga­nar el Tour de ese año!”. Así de sen­ci­llo.

¿Cree que ese po­dio del Tour de 1988 no fue tan va­lo­ra­do en Co­lom­bia? ¿Es­pe­ra­ba más?

Es­ta­ba el an­te­ce­den­te de la vic­to­ria de Lu­cho en la Vuel­ta a Es­pa­ña y la gen­te di­jo: “Ché­ve­re el po­dio”. Pe­ro creo que a ellos ya so­lo les ser­vía la vic­to­ria. En­ton­ces, di­ga­mos, que no se va­lo­ró en ese mo­men­to. Lue­go, 25 años des­pués, Nai­ro mos­tró lo di­fí­cil que es lle­gar has­ta allá.

En la Vuel­ta a Es­pa­ña de 1989 us­ted ter­mi­nó se­gun­do y tam­bién hu­bo un su­ce­so no muy or­to­do­xo que le qui­tó el tí­tu­lo, otra vez en fa­vor del Pe­ri­co Del­ga­do.

So­lo que­da­ba pa­ra ata­car la an­te­pe­núl­ti­ma eta­pa, que era so­bre la sie­rra ma­dri­le­ña. Yo sa­bía que te­nía­mos que ha­cer el úl­ti­mo in­ten­to y lan­za­mos a va­rios corredores del equipo ade­lan­te, en­tre ellos Ómar [“el Zorro” Her­nán­dez] y el To­ri­to [Ca­mar­go], que es­ta­ba en Ca­fé de Co­lom­bia. En el úl­ti­mo as­cen­so, en el al­to de Na­va­ce­rra­da, ata­qué e hi­ce to­do el es­fuer­zo pa­ra des­pren­der a Del­ga­do. Hi­ce va­rios in­ten­tos y ya iba a desis­tir por­que no po­día za­far­lo, has­ta que al fi­nal vi que el hom­bre se me que­dó. Fal­ta­ban unos cua­tro o cin­co ki­ló­me­tros pa­ra ter­mi­nar el al­to, ahí se ba­ja­ba y des­pués lle­gá­ba­mos a la me­ta. El he­cho es que en el al­to yo es­ta­ba a unos 35 se­gun­dos de Del­ga­do y lue­go lle­gué a co­ger­le 50 se­gun­dos de ven­ta­ja, con lo que me con­ver­tí en lí­der de la Vuel­ta y vir­tual ga­na­dor. Ba­jan­do al­can­cé al Zorro y al To­ro y con ellos le di lo que más pu­de. Del­ga­do es­ta­ba so­lo por­que ya es­ta­ba sin equipo por la mo­li­da que ha­bía­mos da­do. En­ton­ces, ¿qué hi­zo él?, o ¿qué hi­zo el en­tre­na­dor? Pues usa­ron, di­ga­mos, al­ter­na­ti­vas de corredores de otros equi­pos que le pu­die­ran dar una mano, por­que él po­nía pa­so, pe­ro no le ren­día. Mien­tras que yo, al con­tra­rio, ca­da vez le au­men­ta­ba más.

“NUES­TRO PA­GO NUN­CA FUE ACOR­DE CON LO QUE LES PA­GA­BAN A LOS CI­CLIS­TAS EU­RO­PEOS. CUAN­DO ME CON­TRA­TA­RON EN KEL­ME ME DI CUEN­TA DE QUE ERA UNA DI­FE­REN­CIA AS­TRO­NÓ­MI­CA”.

En­ton­ces apa­re­ció de la na­da el co­rre­dor ru­so Iván Iva­nov que, des­ca­ra­da­men­te y sin te­ner na­da que ver, ayu­dó al Pe­ri­co.

No so­lo él, tam­bién corredores es­pa­ño­les. Ahí hi­cie­ron una alian­za ex­tra. Que les pa­ga­ron… Que no les pa­ga­ron… Que se vio un so­bre… ¡Yo no pue­do de­cir que hu­bo pla­ta! El he­cho es que hu­bo co­mo cin­co corredores que le ayu­da­ron a po­ner el pa­so, en­tre ellos Iva­nov y San­tos Her­nán­dez. A él me lo en­con­tré tiem­po des­pués y me lo con­fe­só to­do.

¿Qué le di­jo?

Des­pués le cuen­to. El he­cho es que ba­jan­do yo era el cam­peón de la Vuel­ta. Ya en el llano to­dos ellos em­pe­za­ron a dar re­le­vos, mien­tras que no­so­tros ya íba­mos can­sa­dos por­que ha­bía­mos he­cho un es­fuer­zo enor­me. Fi­nal­men­te nos des­con­ta­ron la di­fe­ren­cia y Del­ga­do vol­vió a co­ger la ca­mi­se­ta de lí­der. Al fi­nal me ga­nó la Vuel­ta por so­lo 30 se­gun­dos. Yo fui sub­cam­peón.

¿Qué fue lo que le di­jo San­tos Her­nán­dez y cuán­do se lo di­jo?

Me in­vi­ta­ron a co­rrer una clá­si­ca de ve­te­ra­nos en Es­pa­ña en 2015. Allá me lo en­con­tré. Yo no me lo po­día pa­sar por to­do eso que pa­só, sin em­bar­go el man me sa­lu­dó bien y ahí ha­bla­mos. El hom­bre me di­jo: “Sí, a no­so­tros nos ayu­da­ron pa­ra ayu­dar­le a Del­ga­do”. Tam­bién me di­jo que lo hi­zo más por pa­trio­tis­mo, por Es­pa­ña. Pe­ro igual, son alian­zas cir­cuns­tan­cia­les que se pue­den ha­cer. Lo que es­tu­vo mal fue lo del so­bre.

¿Es­ta­mos ha­blan­do del fa­mo­so so­bre que su­pues­ta­men­te Del­ga­do le dio a Iva­nov al otro día?

¡Pe­ro si un ca­ma­ró­gra­fo co­lom­biano gra­bó cuan­do Del­ga­do sa­có el so­bre y se lo en­tre­gó a Iva­nov! ¿Qué ha­bía en ese so­bre? Ca­da quien sa­ca sus con­clu­sio­nes.

¿Ha­bló al­gu­na vez de eso con el Pe­ri­co Del­ga­do?

Sí. Fue des­pués de esa Vuel­ta. Pedro sim­ple­men­te me fe­li­ci­tó y me di­jo que era un co­rre­dor muy va­lien­te. Él siem­pre ha di­cho que, de los co­lom­bia­nos, yo era el más com­pe­ti­ti­vo.

En las sie­te vuel­tas a Es­pa­ña que us­ted co­rrió, en to­das fue top 10. Eso muy po­ca gen­te lo pue­de ha­cer y de­cir, ¿o no, Fabio?

La ver­dad me fal­tó ha­ber lo­gra­do el triunfo en la Vuel­ta a Es­pa­ña. Una deu­da que me que­dó.

En 1991 us­ted pa­so a Se­gu­ros Ama­ya y con esa ca­mi­se­ta ga­nó una cro­no­es­ca­la­da me­mo­ra­ble en la Vuel­ta a Es­pa­ña. Le ga­nó a Lu­cho en la mon­ta­ña, ¿cier­to?

Ese año tu­ve un ac­ci­den­te te­rri­ble en la Clá­si­ca Bo­ya­cá, me es­tre­llé con un ti­po que lle­va­ba una ca­nas­ti­lla de le­che: frac­tu­ra de los dos pó­mu­los. Ahí me di­je­ron: “Se aca­bó, no va a ir a la Vuel­ta a Es­pa­ña”. El he­cho fue que a los 25 días yo ya es­ta­ba mon­tan­do en la bi­ci­cle­ta otra vez, tras una re­cu­pe­ra­ción exa­ge­ra­da, y re­sul­té co­rrien­do la Vuel­ta a Es­pa­ña. Esa eta­pa fue el 12 de ma­yo del 91, día del cum­plea­ños de mi hi­ja. Ese día vo­lé por­que lle­va­ba la mo­ti­va­ción de ofre­cer­le el cum­plea­ños a mi hi­ja y efec­ti­va­men­te lle­gué con el me­jor tiem­po, a 40 se­gun­dos de Lu­cho. En­tra­mos en me­dio de la nie­ve. Por ese cli­ma me en­fer­mé, me con­ges­tio­né te­rri­ble­men­te y me dio fie­bre. ¡Te­naz! En­ton­ces me di­je­ron: “Re­tí­re­se”. Pe­ro yo se­guí. To­do eso lo va­lo­ra­ban mu­cho por­que los ci­clis­tas allá sí se ha­cen a un la­do, pe­ro a mí siem­pre me gus­tó ter­mi­nar, por pu­ro co­ra­je. Que­dé quin­to.

¿Cuán­do y có­mo de­ci­dió re­ti­rar­se?

Cuan­do se me fue aca­ban­do la chis­pa. Uno se va des­gas­tan­do y ca­da vez va sien­do más di­fí­cil por­que la ju­ven­tud que vie­ne de­trás ca­da vez va apre­tan­do más y más. Otra co­sa que me can­só fue la via­ja­de­ra: el ir y ve­nir me abu­rrió, los avio­nes, los ae­ro­puer­tos… Los hi­jos tam­bién fue­ron cre­cien­do y em­pe­cé a que­rer­me más, no arries­ga­ba tan­to en las ba­ja­das. En­ton­ces, cuan­do me caí en el Tour de Fran­cia del 92 ace­le­ré mi re­ti­ro. Tu­ve una frac­tu­ra en la mano y di­je: “Has­ta aquí fue”.

¿Ter­mi­nó su ca­rre­ra en el Ex­ter­na­do?

In­me­dia­ta­men­te des­pués de que de­jé el ci­clis­mo me hi­ce ad­mi­nis­tra­dor de em­pre­sas.

¿Cuál es la ima­gen más fuer­te que tie­ne de Lu­cho He­rre­ra, su com­pa­ñe­ro de mil ba­ta­llas en Eu­ro­pa?

Creo que es­tá­ba­mos co­rrien­do en una Se­ma­na Ca­ta­la­na, yo por Kel­me y él por Ca­fé de Co­lom­bia, y es­ta­ba ha­cien­do un frío in­so­por­ta­ble. Íba­mos su­bien­do y su­frien­do y de gol­pe vi a Lu­cho. Éra­mos ri­va­les, pe­ro nos di­mos la mano un buen tiem­po pa­ra dar­nos áni­mo. Yo vi que él iba mal y él tam­bién me vio mal. Y eso fue co­mo: “¡Va­mos!”. Fue un apo­yo im­por­tan­te por­que ahí uno no tie­ne a na­die ni a na­da. Na­die es­tá por ahí.

Fi­nal­men­te, ¿a cuán­to es­tá Co­lom­bia de ga­nar el Tour de Fran­cia?

Muy cer­ca. Yo creo que es­te es el año de Co­lom­bia. Es­te es el año de Nai­ro. Él lo tie­ne cla­ro: ya co­no­ce la par­te bue­na, la re­gu­lar y la ma­la del Tour. Si no pa­sa na­da ra­ro, Nai­ro tie­ne que es­tar es­te año allá arri­ba.

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