Ma­tu­tino

EL RE­TO CU­LI­NA­RIO DE UN MUN­DIAL

Cocina (Colombia) - - OPINIÓN - Por Fer­nan­do Qui­roz Es­cri­tor

ADO­RO EL FÚT­BOL, PE­RO TAL VEZ ME GUS­TA MÁS

la cocina. Cuan­do he ido a un es­ta­dio en plan de tu­ris­ta siem­pre he bus­ca­do un buen lu­gar pa­ra co­mer a po­cas ca­lles de la can­cha: oja­lá lu­ga­res rui­do­sos que sue­len ser los es­ce­na­rios ver­da­de­ros del ‘pri­mer tiem­po’ de los par­ti­dos, aque­llas ba­rras enor­mes en don­de la gen­te co­me pe­que­ños pla­tos y be­be una co­pa de vino o una cer­ve­za mien­tras se aven­tu­ra con pro­nós­ti­cos que por lo ge­ne­ral fa­vo­re­cen a su equi­po. Por­que no se tra­ta de dar en el blan­co sino de po­ner­se a tono pa­ra una fies­ta que, pa­ra que en rea­li­dad lo sea, de­be du­rar mu­cho más que no­ven­ta mi­nu­tos.

El fút­bol y la co­mi­da ha­cen una pa­re­ja ma­ra­vi­llo­sa: no im­por­ta si se tra­ta de una vic­to­ria por la mí­ni­ma di­fe­ren­cia y sim­ple­men­te de un cho­ri­pán a las afue­ras de La Bom­bo­ne­ra o de unas cos­ti­llas de cer­do en el Pa­la­cio del Co­les­te­rol, a po­cos pa­sos de El Cam­pín.

Me fas­ci­na ir al es­ta­dio, sen­tir­me par­te de esa ener­gía co­lec­ti­va que ha­ce tem­blar las gra­de­rías, ce­le­brar con des­co­no­ci­dos que de re­pen­te se con­vier­ten en cóm­pli­ces, ver có­mo la an­sie­dad se va trans­for­man­do en una emo­cio­nan­te cer­te­za ca­paz de lle­var­me al cie­lo o al in­fierno por unos mi­nu­tos.

Lo cier­to es que cuan­do se tra­ta de ver los par­ti­dos por te­le­vi­sión, la cocina es ca­paz de re­em­pla­zar —y mu­chas ve­ces de su­pe­rar— las emo­cio­nes de las tri­bu­nas. Por­que, a la lar­ga, el fút­bol no es más que una bue­na dis­cul­pa pa­ra con­vo­car a los ami­gos o pa­ra re­unir a la fa­mi­lia en un plan que es­ca­pa a los pro­to­co­los de las bo­das, que no exi­ge la com­pos­tu­ra de los gra­dos, que evi­ta la tris­te­za de los fu­ne­ra­les —aun­que mu­chas ve­ces el equi­po por el que se ha de­rro­cha­do tan­to en­tu­sias­mo re­sul­te apa­bu­lla­do por el ri­val— y que ofre­ce sin ma­yor es­fuer­zo mo­ti­vos su­fi­cien­tes pa­ra el go­zo, pa­ra la ca­ma­ra­de­ría, pa­ra la ce­le­bra­ción. Y en las bue­nas ce­le­bra­cio­nes la cocina siem­pre es­tá pre­sen­te… ¡siem­pre de­be es­tar­lo!

Así, el Mun­dial de fút­bol se con­vier­te en una fuen­te de dis­cul­pas im­ba­ti­bles pa­ra me­ter­se a la cocina. Es cier­to que es­toy so­ñan­do con los go­les de Fal­cao, con los ca­be­za­zos de Jerry Mi­na, con los pa­ses pre­ci­sos de Ja­mes… pe­ro, a la par con esas ju­ga­das que pro­me­ten tan­ta emo­ción, es­toy so­ñan­do tam­bién con cro­que­tas de ri­sot­to, con chi­la­qui­les pi­can­ti­cos, con sal­mo­nes cu­ra­dos, con tor­ti­llas ti­bias, con sal­pi­co­nes que ha­gan ho­nor a la exu­be­ran­cia del tró­pi­co, con mi­mo­sas iné­di­tas, con co­pas de al­ba­ri­ño…

¿Que la ma­yo­ría de los par­ti­dos son muy tem­prano? ¡Me­jor! Mien­tras más gran­de el re­to cu­li­na­rio más emo­cio­nan­te el re­sul­ta­do. ¿Aca­so no di­cen que el desa­yuno es la co­mi­da más im­por­tan­te del día? ¿Aca­so no es po­si­ble ir más allá de un cal­do de pa­pa y de unos hue­vos re­vuel­tos?

Pro­ba­ble­men­te, pa­ra quie­nes es­ta­mos en es­te la­do del pla­ne­ta, el Mun­dial de Ru­sia ser­vi­rá pa­ra ren­dir un ho­me­na­je al brunch, que es uno de los gran­des in­ven­tos de la gas­tro­no­mía mo­der­na y uno de los más emo­cio­nan­tes desaf íos pa­ra la crea­ti­vi­dad.

Por es­tos días, mien­tras es­tu­dio los mar­ca­do­res que ano­ta­ré en una po­lla de ami­gos que lle­va ya me­dia do­ce­na de mun­dia­les, de­jo va­gar la ima­gi­na­ción pa­ra traer recuerdos de co­ci­nas le­ja­nas que me han emo­cio­na­do sin im­por­tar lo que di­gan las ma­ne­ci­llas del re­loj.

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