Lo que nos

Más que un pro­gra­ma, Inspiración Com­fa­ma es una opor­tu­ni­dad pa­ra que ni­ños y jó­ve­nes de las ins­ti­tu­cio­nes edu­ca­ti­vas de An­tio­quia des­cu­bran sus gus­tos, pa­sio­nes e in­tere­ses y, con ello, ex­plo­ren el co­no­ci­mien­to me­dian­te vi­ven­cias ins­pi­ra­do­ras.

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cuen­tan

“800 per­so­nas se to­ma­ron La Cu­le­bra”, ti­tu­lar de una de las no­ti­cias pu­bli­ca­das en el periódico El Co­lom­biano el 9 de abril de 1990. ¿A qué se re­fe­ría? Al par­que re­crea­ti­vo que el día an­te­rior ha­bía si­do inau­gu­ra­do por la Ca­ja de Com­pen­sa­ción de An­tio­quia, Com­fa­ma. Es­te es­pa­cio es­tá lo­ca­li­za­do en la ve­re­da La Cu­le­bra, en el mu­ni­ci­pio de Gua­ta­pé, al orien­te del de­par­ta­men­to de An­tio­quia. El te­rreno de Em­pre­sas Pú­bli­cas de Me­de­llín (EPM), don­de es­tá ubi­ca­do el par­que, es una zo­na de vo­ca­ción eco­ló­gi­ca que tie­ne sa­li­da a las aguas del em­bal­se Pe­ñol-gua­ta­pe, cuen­ta con atrac­cio­nes y áreas ver­des pa­ra la di­ver­sión de las fa­mi­lias, y una vis­ta pri­vi­le­gia­da a uno de los lu­ga­res tu­rís­ti­cos más re­pre­sen­ta­ti­vos de es­ta re­gión: la pie­dra del Pe­ñol. Una sa­li­da del co­le­gio al Par­que Com­fa­ma Gua­ta­pé es si­nó­ni­mo de di­ver­sión; uno de los mo­men­tos más es­pe­ra­dos pa­ra mu­chos es­tu­dian­tes de las di­fe­ren­tes ins­ti­tu­cio­nes edu­ca­ti­vas de es­ta su­bre­gión an­tio­que­ña. No es de ex­tra­ñar, en­ton­ces, que cuan­do el pro­fe­sor Gil­dar­do les di­jo que irían a apren­der fí­si­ca, to­dos se sor­pren­die­ran. ¡La sa­li­da era a Com­fa­ma, no a otra cla­se! ¿El plan se­ría es­tar en un sa­lón sin po­der dis­fru­tar la re­pre­sa, los jue­gos y la na­tu­ra­le­za? ¡Qué abu­rri­do! Fal­ta­ba un da­to: apren­der fí­si­ca, sí, pe­ro en Agua­ven­tu­ra, una atrac­ción en pleno em­bal­se, pa­ra lo cual de­be­rían pre­pa­rar su tra­je de ba­ño, un sal­va­vi­das y to­da su ener­gía. El pa­no­ra­ma era aho­ra otro, aun­que los es­tu­dian­tes de la Ins­ti­tu­ción Educativa Pres­bí­te­ro Luis Ro­dol­fo Gó­mez no en­ten­dían muy bien. La di­ver­sión ya es­ta­ba ase­gu­ra­da, sin em­bar­go, en­tre car­ca­ja­das, ha­bía al­guien que no es­ta­ba tan con­ten­to: Nel­son le te­mía al agua. El día lle­gó. El au­la de cla­se se tras­la­dó a la re­pre­sa de Gua­ta­pé. Allí, su pro­fe­so­ra, una bió­lo­ga, co­men­zó por en­se­ñar­les que pa­ra que un cuerpo flo­te de­be te­ner una den­si­dad me­nor que la del agua. Por eso, los in­vi­tó a rea­li­zar ex­pe­ri­men­tos con pa­pel y a re­fle­xio­nar so­bre los re­sul­ta­dos, to­do en me­dio de ca­ras de asom­bro y cu­rio­si­dad. Lue­go, lle­gó el mo­men­to que te­mía Nel­son: lan­zar­se al agua. Lo hi­zo con el co­ra­zón acelerado. Al fi­nal ter­mi­nó dis­fru­tán­do­lo. Se subía al in­fla­ble, tre­pa­ba has­ta lo más al­to y se lan­za­ba al va­cío. Fue una de las me­jo­res cla­ses de su vi­da. Ya en la no­che, ale­gre y aún exal­ta­do, le con­tó a sus pa­pás que ha­bía apren­di­do por qué las per­so­nas flo­tan en el agua y, tam­bién, que lo­gró ven­cer su mie­do. Aho­ra sue­ña con crear un tra­je que le per­mi­ta flo­tar en el ai­re ¡Su ex­pe­rien­cia en Inspiración Com­fa­ma le ha­bía cam­bia­do la vi­da! Co­no­ce la ex­pe­rien­cia de Nel­son en

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