SO­BRE LEC­TU­RAS Y SIN LEC­TU­RAS

El Colombiano - - OPINIÓN - Por JOSÉ GUI­LLER­MO ÁN­GEL me­moan­jel5@gmail.com

Es­ta­ción No-Leo, que se ayu­da de otros le­tre­ri­tos (ca­si no leo, leo men­sa­jes, me­dio leo, leer me po­ne la ca­be­za gran­de, leo y soy un sos­pe­cho­so, an­tes leía y ya no veo etc.), y en la que abun­dan los que pre­di­can so­bre po­lí­ti­ca, an­ti-cien­cia y re­li­gio­nes pa­ra el fin del mun­do, ba­sa­dos en al­gu­na Bi­blia vie­ja o un tra­ta­do de man­tra-yo­ga o al­go so­bre los lu­ce­fe­ri­nos, in­clu­yen­do un có­di­go pa­sa­do de moda. Y a es­tos se les su­man los que re­leen men­sa­jes de Wha­tApps, creen en lo que Fa­ce­book di­ce y le dan vuel­tas a un gra­fi­ti o a una fo­to­co­pia ra­ya­da con se­vi­cia mien­tras en esas apa­re­cen los lectores de mano y po­sos del ca­fé, las car­tas as­tra­les, el vue­lo de los pá­ja­ros se­gún al­gún fo­lle­to de ma­gia ro­mano, las se­ña­les del in­fierno en ai­re con­ta­mi­na­do… Y si, lectores te­ne­mos, in­clu­yen­do los que se leen en es­pe­jo mien­tras se mi­ran, ejer­ci­cio es­te que ser­vi­ría pa­ra evi­tar arru­gas, pu­lir la mi­ra­da, ha­cer mohi­nes, ver­se los dien­tes y cer­ti­fi­car que quien se mi­ra sí es y no otro. Ya se sa­be có­mo es el po­der men­tal…

En Me­de­llín se si­guen ce­rran­do li­bre­rías, lo que quie­re de­cir que cada vez son me­nos los lectores de ac­tua­li­dad (li­te­ra­tu­ra, en­sa­yo, cien­cia) y que ya los li­bros de cre­ci­mien­to per­so­nal cum­plie­ron su co­me­ti­do: no lo­gra­ron cre­cer a na­die, Y si bien hay li­bre­rías de vie­jo (li­bros leí­dos o sin leer pe­ro ya man­cha­dos), es­tas se ali­men­tan de lo que ya no se quie­re leer o no hay dón­de co­lo­car o de al­gu­na pur­ga in­qui­si­to­rial, cuan­do no de pe­que­ños sa­queos ca­se­ros por par­te de la ove­ja ne­gra de la fa­mi­lia. Y el que es­tén ven­dien­do li­bros vie­jos no so­lu­cio­na el pro­ble­ma de la caí­da de los ín­di­ces de lectores, per­so­na­jes es­tos que cada vez son cu­rio­si­da­des am­bu­lan­tes y, a los ojos de mu­chos, se­res pe­li­gro­sos, pues en la ca­be­za llevan lo que po­cos sa­ben, car­gan he­re­jías con ellos, se sa­len de los de- li­rios y bueno, no su­fren tan­to.

El cre­ci­mien­to y cul­tu­ra de un país se mi­den por el nú­me­ro de lectores y li­bros (leí­dos) que tie­nen en sus ca­sas, a más de las bi­blio­te­cas ba­rria­les. A tra­vés de los tex­tos, los lectores han con­fron­ta­do lo que sa­ben y han sa­bi­do del mun­do lo­cal (pri­me­ro) y del ex­te­rior, te­ni­do ideas pa­ra cues­tio­nar lo que hay y lo que pa­sa, en fin, los li­bros de los bue­nos au­to­res (los re­co­no­ci­dos por la his­to­ria) han en­se­ña­do a pen­sar, ha­blar y es­cri­bir. Y, co­mo re­sul­ta­do, a sa­ber en qué lu­gar es­ta­mos y has­ta dón­de po­de­mos desarro- llar in­te­li­gen­cia. Y si bien es cla­ro que leer es pe­li­gro­so por­que va con­tra la ig­no­ran­cia, el mie­do y los ma­ni­pu­la­do­res, es un pe­li­gro ne­ce­sa­rio pa­ra po­der no caer en el mun­do de ba­ra­ti­jas men­ta­les, cada vez más va­ria­das, que pro­po­nen las re­des, los sis­te­mas que ro­bo­ti­zan y los ab­sur­dos del con­su­mo.

Aco­ta­ción: En­tre no­so­tros, la gue­rra con­tra el buen li­bro es evi­den­te: pre­cios al­tos de­bi­do a los ti­ra­jes re­du­ci­dos, ca­ren­cia de crí­ti­cos y de me­dios con pá­gi­nas de pro­mo­ción y dis­cu­sión, apar­ta­men­tos en los que no hay un es­pa­cio pa­ra una pe­que­ña bi­blio­te­ca, pro­fe­so­res que en­se­ñan pe­ro no leen. En fin, al pa­so que va­mos un li­bro se­rá un fó­sil que na­die sa­brá in­ter­pre­tar. Y to­dos felices lu­cien­do la ig­no­ran­cia, co­mo aho­ra

En Me­de­llín se si­guen ce­rran­do li­bre­rías, lo que quie­re de­cir que cada vez son me­nos los lectores de ac­tua­li­dad.

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