LOS DO­LO­RES DEL AL­MA

El Colombiano - - OPINIÓN - Por FER­NAN­DO VE­LÁS­QUEZ fer­nan­do­ve­las­quez55@gmail.com

To­do las­ti­ma con los años: los si­len­cios, las ho­ras y los adio­ses. Las nos­tal­gias car­ga­das de aye­res, las no­ches in­som­nes; el la­men­to del río. Los pa­sos, el vue­lo ta­ci­turno de los jil­gue­ros; una ma­ri­po­sa agó­ni­ca que cru­za. La­ce­ran los aban­do­nos, las in­jus­ti­cias, las in­com­pren­sio­nes; la vi­da que, en me­dio de son­ri­sas, tam­bién ate­so­ra mu­chas tris­te­zas.

De­sue­lan la mu­jer re­cha­za­da y los hi­jos in­jus­tos; los abra­zos o los apre­to­nes de ma­nos fe­lo­nes. Las ter­nu­ras y los ama­ne­ce­res des­te­rra­dos; el in­ce­san­te la­dri­do de los pe­rros du­ran­te una no­che de ple­ni­lu­nio. El ge­mi­do in­con­te­ni­ble del be­ce­rro y la ma­dre par­tu­rien­ta ol­vi­da­da; los re­ga­ños y los des­pin­ta­dos arre­bo­les al caer la tar­de. Sa­cu­den el ver­de pi­so­tea­do de los cam­pos y los mon­tes aplas­ta­dos; el ha­ra­pien­to es­tro­pea­do y las ca­ras de frus­tra­ción en pri­ma­ve­ra.

Acon­go­jan el de­seo re­pri­mi­do y la len­ti­tud de los re­lo­jes; los muer­tos y los in­mo­la­dos; los ho­mi­ci­das y los de­sam­pa­ra­dos. Los que ha­cen rui­do es­tri­den­te; los co­rrup­tos y los pe­re­zo­sos; los con­glo­me- ra­dos hu­ma­nos des­arre­gla­dos. Aba­ten las cam­pa­nas inopor­tu­nas, los ve­le­ros rau­dos y los cohe­tes es­pa­cia­les ex­pó­si­tos; un vie­jo piano des­tem­pla­do y una se­re­na­ta de mú­si­cos abu­rri­dos. Los poetas sin ofi­cio y los in­com­pren­di­dos.

Mor­ti­fi­can las hi­po­cre­sías y las fies­tas chi­llo­nas; las son­ri­sas in­si­nua­das en el des­fi­la­de­ro. El frío croar de las ranas y el ma­nan­tial que­jum­bro­so que rue­da mon­ta­ñas abajo. Fas­ti­dian los ami­gos que nos de­jan sin dar ex­pli­ca­cio­nes, las obli­ga­das visitas al mé­di­co, los hor­nos cre­ma­to­rios y las ca­ta­cum­bas. Los ca­mi­nos pol­vo­rien­tos y los inu­ti­li­za­dos te­so­ros del Va­ti­cano; el es­plen­dor del Mu­seo del Lou­vre y la son­ri­sa cau­ti­va de la Gio­con­da.

Enojan los as­cen­so­res len­tos y los si­llo­nes mal­tre­chos; la ca­ma du­ra y las al­moha­das del­ga­das. Los en­fer­me­ros mal­ge­nia­dos y los enamo­ra­dos me­lo­sos; los jó­ve­nes so­li­ta­rios y la fal­ta de es­pe­ran­za. En­cres­pan los par­ques su­cios y las nu­bes le­ja­nas; las au­ro­ras in­com­pren­di­das y los vien­tos ri­za­dos. Las plan­tas ató­mi­cas y los bom­bar­de­ros; la gue­rra, el fa­na­tis­mo y la lo­cu­ra co­lec­ti­vos.

Fas­ti­dian los bos­te­zos y las visitas inopor­tu­nas; los que pre­gun­tan y na­da in­da­gan. Quie­nes creen que el mun­do es de ellos y de los ga­llos ins­ta­la­dos en los te­ja­dos. Im­por­tu­nan los sue­ños no rea­li­za­dos, los puen­tes inú­ti­les y los usu­re­ros; los ven­de­do­res obs­ti­na­dos y los an­cia­nos des­de­ña­dos en la pla­za. Las mi­ra­das, las pa­la­bras, los sa­lu­dos y los afec­tos bo­le­ros.

Con­tra­rían las ga­vio­tas ex­tra­via­das y las siem­pre­vi­vas mar­chi­tas; las ro­sas y los cla­ve­les es­car­ne­ci­dos. Los jar­di­ne­ros hu­ra­ños y las alabanzas pér­fi­das. Has­tían las ca­lles le­ja­nas y las al­bar­di­llas des­qui­cia­das; los gue­rre­ros ven­ci­dos y las mu­sas idas. El co­mien­zo fa­lli­do, los triun­fos des­vaí­dos y las de­rro­tas.

Aman­ci­llan los an­te­pa­sa­dos ne­ga­dos; los co­me­tas in­si­nua­dos y los lu­ce­ros arre­pen­ti­dos. Una gón­do­la ve­ne­cia­na en­ca­lla­da, una pa­lo­ma per­di­da o un ines­pe­ra­do eclip­se so­lar. Los cor­ce­les que no ga­lo­pan, los ca­ra­co­les en­car­ce­la­dos en el la­go. El abue­lo mo­ri­bun­do, el ni­ño can­ce­ra­do y el dis­cri­mi­na­do.

Fla­ge­lan las ale­lu­yas des­te­ñi­das y los ocio­sos per­ga­mi­nos; la mi­se­ria y los ve­ra­nos pro­lon­ga­dos. Los oto­ños des­per­di­cia­dos y los via­jes pen­dien­tes; los her­ma­nos ren­co­ro­sos y las ci­ga­rras aplas­ta­das. Los re­lám­pa­gos noc­tur­nos y los bo­xea­do­res caí­dos. In­co­mo­dan los ar­go­nau­tas mu­dos y los le­tre­ros en las pa­re­des; las ca­sas des­pin­ta­das, los ve­lo­rios y los bau­ti­zos fin­gi­dos.

Em­pa­la­gan los nau­fra­gios y las al­bo­ra­das, la des­nu­dez del al­ma; las mue­cas y el diá­lo­go de los aho­ga­dos. El mau­llar le­tár­gi­co de los ga­tos. Pun­zan el cuer­po mal­tre­cho y el al­ma nos­tál­gi­ca; la piel aja­da, los pa­sos len­tos en el re­co­do del ca­mino, el pe­sa­ro­so co­rrer de las ji­ra­fas; los es­pe­jos sin nin­fas. Las ser­pien­tes per­fu­ma­das, los re­ga­ños ines­pe­ra­dos y los des­de­ños.

En­fa­dan el tren mal es­ta­cio­na­do y el au­to­bús dis­tan­te; el poe­ma in­con­clu­so. Un pe­lí­cano co­jo en la pla­ya; una tor­men­ta. El ra­yo re­pen­tino y la ter­nu­ra ne­ga­da. Con­tra­rían los enemi­gos y los adu­la­do­res, los pro­fe­so­res al­ti­vos y los alum­nos pa­si­vos; los pre­di­ca­do­res fa­ta­lis­tas. Una ma­tro­na per­tur­ba­da o una luz mo­ri­bun­da en las ti­nie­blas. Due­le, di­ce Vi­cen­te Alei­xan­dre, la ci­ca­triz de la lu­na

Acon­go­jan el de­seo re­pri­mi­do y la len­ti­tud de los re­lo­jes; los ho­mi­ci­das y los de­sam­pa­ra­dos...

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