Ser si­lle­te­ra de ca­si to­da la vi­da

Do­ña Ana­bei­ba Lon­do­ño Al­za­te es una de las si­lle­te­ras pio­ne­ras. Ella na­rra un re­cuer­do de 60 años, así, co­mo su me­mo­ria lo trae.

El Colombiano - - TENDENCIAS - Por MÓNICA QUIN­TE­RO RES­TRE­PO

“He par­ti­ci­pa­do en el Des­fi­le de Si­lle­te­ros los 60 años com­ple­ti­cos, por­que fui con mi di­fun­to es­po­so. Me acuer­do ha­ber sa­li­do de acá, que es­to era pu­ro mon­te, so­lo ha­bía es­ta ca­sa y otras dos, y pu­ro sem­bra­do de flo­res. Ese día ba­ja­mos tem­prano, co­mo a las 5:00 de la ma­ña­na, por­que en esa épo­ca no ha­bía ca­rros por aquí. El es­po­so y yo sa­li­mos de es­ta ca­sa, con las si­lle­tas, eran tra­di­cio­na­les. An­ti­gua­men­te so­lo ha­bía de esas. Yo ama­rra­ba flo­res pa­re­jo con el ma­ri­do. De eso vi­vía­mos, del ne­go­cio de las flo­res.

Ese día lle­ga­mos a la Pla­za de Cis­ne­ros y sa­li­mos co­mo a las 8:00 pa­ra el Jardín Bo­tá­ni­co. De­ja­mos las si­lle­tas allá, con las ca­nas­tas, por­que se usa­ban pa­ra lle­var los pen­sa­mien­tos y las pas­cui­tas. Lue­go nos fui­mos co­mún y co­rrien­te a ven­der flo­res a La Amé­ri­ca.

Cla­ro, los dos lle­va­mos si­lle­tas, y muy bue­nas, por­que es­to aquí, ben­di­to sea mi Dios, te­nía­mos mu­chas flo- res, pe­ro to­do se va aca­ban­do. En es­tos al­re­de­do­res te­nía­mos tan­tas que has­ta le pa­gá­ba­mos a un tra­ba­ja­dor pa­ra que nos ayu­da­ra a re­co­ger­las. Yo era muy gua­pa igual y ha­cía los sem­bra­dos de las se­mi­llas. Cuan­do na­cían se pa­sa­ban al sem­bra­do gran­de.

An­tes del pri­mer des­fi­le te­nía­mos si­lle­tas pa­ra car­gar flo­res o co­sas. Ima­gí­ne­se que a ve­ces nos to­ca­ba ba­jar a pie des­de aquí has­ta Me­de­llín con esas si­lle­tas. Sa­lía­mos a las 12:00 de la no­che pa­ra lle­gar a Cis­ne­ros, por­que no era a la Pla­ci­ta de Fló­rez, y ya ba­já­ba­mos bien can­sa­das y a re­par­tir. Yo ven­dí mu­chas en La Amé­ri­ca, en la igle­sia de La Con­so­la­ta, allá me to­có la cons­truc­ción, eran unos pa­dres aus­tra­lia­nos que nos com­pra­ban mu­chas flo­res. Ca­da ocho días ba­já­ba­mos a Me­de­llín, vier­nes y sá­ba­do. Era tan­to que lle­vá­ba­mos flo­res a una jar­di­ne­ría.

¿Por qué me gus­ta el des­fi­le? Por­que siem­pre ha­bía­mos car­ga­do si­lle­tas pa­ra tra­ba­jar. A mí des­de ha­ce tres años me lle­van en la ca­rro­za. Esa ca­mi­na­da era muy bue­na por­que te ti- ran flo­res y te dicen que vea, que tan bo­ni­ta. ¡Me­jor di­cho! Aun­que yo creo que to­da­vía soy ca­paz de car­gar la si­lle­ta, no la lle­va­ría muy pe­sa­da pues.

Uno se can­sa­ba cuan­do era de aquí de la Orien­tal, pe­ro no pa­ra pa­rar, tam­po­co. A mí lo que más ma­lu­co me pa­re­cía es cuan­do uno iba ca­mi­nan­do, bien can­sa­do y su­dan­do, que lo co­gían de aquí, que se vol­tia­ra, que pa­ra­ra aquí, que pa­ra­ra allá. Uno se­guía, cla­ro. Can­sa­do, pe­ro uno ter­mi­na. Es muy bueno lle­gar a des­can­sar y a to­mar el re­fri­ge­rio. ¿Qué sien­te uno cuan­do se aca­ba? ¡Can­san­cio! Ya ve, uno vie­ne y se acues­ta y se que­da dormido y al otro día se des­pier­ta a la­var el uni­for­me, y a es­pe­rar que le pa­guen.

Mi ma­má tam­bién es­tu­vo en ese pri­mer des­fi­le. Yo creo que si no fue­ra por ella, tal vez ni exis­tía. La que le ayu­da­ba a ella era mi her­ma­na. Yo me ca­sé jo­ven, sin cum­plir los 18 años. Mi des­tino sol­te­ra era la mo­dis­te­ría y ayu­dar­le a co­ger flo­res a mi ma­má, que te­nían mu­cho tra­ba­jo, pe­ro cuan­do me vi­ne pa­ra acá, te­nía más. Es que cuan­do me ca­sé me de­di­qué a las flo­res.

Vi­vi­mos mu­cho tiem­po de ellas, has­ta que mi ma­ri­do se fue vol­vien­do viejo y can­sa­do. Se aca­bó, pe­ro los jar­di­nes en es­ta fin­ca, qué her­mo­su­ra. Mis flo­res fa­vo­ri­tas son las ro­sas y las azu­ce­nas. Mi es­po­so se mu­rió ha­ce cua­tro años aho­ra en no­viem­bre. Él se tu­lló y no pu­do volver al des­fi­le.

Yo ten­go más de 79 años, y to­da­vía vol­teo, tra­ba­jo en la huer­ta. Yo voy, co­jo las co­les, las vi­to­rias, y a ve­ces siem­bro fri­jo­li­tos.

En los Si­lle­te­ros so­lo pa­ré cuan­do me que­bré es­te pie, y eso ha­ce por ahí cin­co años, me pu­sie­ron sie­te tor­ni­llos. No fui, pe­ro al año que ya po­día ca­mi­nar, vol­ví. De res­to no. Yo car­gué la tra­di­cio­nal, con eso em­pe­za­mos y con eso uno ter­mi­na. Aho­ra lle­vo una si­lle­ti­ca, bueno, es­ta vez me en­car­ga­ron fue una ca­nas­ta lle­na de flo­res. Las flo­res son to­do. Más lin­do que las flo­res, pues si no hay”

FO­TO ED­WIN BUS­TA­MAN­TE

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