1 + 1 = MÁS DE 300

El Colombiano - - OPINIÓN - Por JUAN PA­BLO PI­NE­DA AR­TEA­GA Uni­ver­si­dad Pon­ti­fi­cia Bo­li­va­ria­na Fa­cul­tad de Com. So­cial, 8° se­mes­tre pi­ne­dajpp13@gmail.com

Que ju­lio de 2017 ha­ya pa­re­ci­do un mes de los años 90 pue­de ser enig­má­ti­co pa­ra mu­chos. Se­rá, se­gu­ra­men­te, la ilustración del re­cuer­do som­brío pa­ra los hom­bres y mujeres que no mu­rie­ron en esa épo­ca (sí, así: no que vi­vie­ron, sino que no mu­rie­ron).

Se­rá una foto en se­pia con los bor­des man­cha­dos que se res­tau­ra con los co­lo­res de la nue­va épo­ca. Se­rá la por­ta­da de un anua­rio, la nue­va ima­gen de una ale­go­ría nefasta.

El pa­sa­do es­tá osan­do re­gre­sar a la ciu­dad pa­ra pe­dir­nos que no lo ol­vi­de­mos, pa­ra na­rrar­nos a quie­nes na­ci­mos en esa épo­ca aque­llo que las ba­las es­cri­bie­ron y las sá­ba­nas blan­cas ador­na­ron ba­jo ellas, pa­ra de­cir­le a los adul­tos que un mal se pue­de vi­vir dos ve- ces, que es­te mal de muertes se pue­de vi­vir dos ve­ces, pa­ra de­cir­le a Me­de­llín que la pól­vo­ra es más fuer­te que el po­len de las flo­res. Y que tris­tes de­bie­ron es­tar las flo­res, que en ple­na Fe­ria su­pie­ron su aro­ma mez­cla­do en un vahí­do fé­ti­do de san­gre, lá­gri­mas, tor­men­tos e inope­ran­cia.

Mien­tras en los par­ques hu­bo ta­bla­dos, en las cua­dras hu­bo cuer­pos ti­ra­dos. Mien­tras los ani­ma­do­res ce­le­bra­ron las tra­di­cio­nes an­tio­que­ñas, las ma­dres llo­ra­ron los decesos an­tio­que­ños. Mien­tras las flo­res, los som­bre­ros y el sol ador­na­ron los días fes­ti­vos, ar­mas animaron los so­ni­dos de la­men­tos.

Uno más uno da dos. Su­ma­do otro, da tres. Con­ta­mos uno, dos, tres, cua­tro, cin- co…cien. Pe­ro las cen­té­si­mas ma­te­má­ti­cas agre­ga­ban nom­bres al pa­pel. Por­que cuan­do co­rre la san­gre, co­rre la tin­ta. Y un hom­bre me­nos es un ra­yón más. Y un nú­me­ro más, so­lo ma­te­má­ti­cas frías, como los cuer­pos que pier­den el ca­lor cuan­do la vi­da se ex­tin­gue, cuan­do las al­mas de los hom­bres aban­do­nan los cuer­pos: muer­tos en quie­nes pe­re­cen, vi­vos en quie­nes se atre­ven a ase­si­nar.

Las flo­res olie­ron mal por esos días. La bu­lla de la fies­ta aho­gó el rui­do del do­lor. Pe­ro cuan­do aca­ba la música si­guen los true­nos del fu­sil, y su fe­ria re­gre­só a Me­de­llín. San­gre que co­rre de nue­vo por las ca­lles como años atrás. Más de tre­cien­tos muer­tos. Más de mil lá­gri­mas por llo­rar. Uno y uno suman dos. Uno y uno son, aho­ra, más de 300

Mien­tras en los par­ques hu­bo ta­bla­dos, en las cua­dras hu­bo cuer­pos ti­ra­dos. Los ani­ma­do­res ce­le­bra­ron, las ma­dres llo­ra­ron los decesos.

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