Ella 15 y yo 20

El Heraldo (Colombia) - - OPINIÓN - Por Wi­lliam Me­ba­rak

Ella te­nía 15 años y yo 20. Me cau­ti­vó lo que en ese mo­men­to no creí en­con­trar en nin­gu­na otra mu­jer de su edad, una ri­sa ner­vio­sa y unos ojos co­lor miel en la dulzura de su mi­ra­da. Nues­tros en­cuen­tros eran una y, en al­gu­nas oca­sio­nes, has­ta dos ve­ces a la se­ma­na con el sa­bor in­de­fi­ni­do de los amo­res fur­ti­vos y es­con­di­dos.

En los parques, en las he­la­de­rías, en la igle­sia, en el tran­vía, en casa de do­ña Est­her, su ma­dri­na cómplice; en nues­tra re­si­den­cia pa­ra es­tu­dian­tes y en otros im­pro­vi­sa­dos lu­ga­res.

Amo­res eté­reos des­de un prin­ci­pio, por­que de­trás de no­so­tros, sin sen­tir­lo, se mo­vía la som­bra ca­ta­li­za­do­ra de su pa­dras­tro pa­ra mo­di­fi­car la ve­lo­ci­dad del idi­lio, ya que por al­gún mo­ti­vo in­con­fe­sa­ble, el hom­bre no que­ría na­da con ára­bes ni con sus des­cen­dien­tes.

Es­te se­ñor, de ape­nas un me­tro con cin­cuen­ta de es­ta­tu­ra, se ha­cía vi­si­ble en los mo­men­tos me­nos es­pe­ra­dos y, sin preám­bu­lo, to­ma­ba de la mano a su hi­jas­tra, se la llevaba y me de­ja­ba en añi­cos el em­be­le­so.

Mi pre­sen­cia se con­vir­tió en una pe­sa­di­lla pa­ra él, y su pro­xi­mi­dad nos lle­ga­ba con ese olor des­agra­da­ble co­mo el que pro­du­cen al­gu­nos ani­ma­les: la ca­tin­ga. Mi aven­tu­ra amo­ro­sa du­ró, co­mo to­das, tres me­ses. El vie­jo fi­nal­men­te se sa­lió con la su­ya, vio­lan­do la pri­va­ci­dad de la chi­ca y sus­tra­yen­do las car­tas, mis car­tas, que fue­ron co­lo­ca­das por él mis­mo en­tre las ra­mas de un pino del fren­te de su casa, el cual le da­ba fres­cu­ra al cés­ped, ajeno al dra­ma que se co­ci­na­ba en sus do­mi­nios.

–Mi hi­ja le ha de­ja­do sus car­tas en el pino a la en­tra­da de mi casa –me di­jo por te­lé­fono con un de­jo de voz en­tre­cor­ta­da. –Y ella le rue­ga que us­ted, a su vez, de­je las de ella en el mis­mo lu­gar.

Y pa­san­do el so­ni­do de sus pa­la­bras a otra to­na­li­dad, agre­gó: –Es que la se­ma­na en­tran­te par­ti­mos pa­ra Eu­ro­pa, en don­de mi hi­ja rea­li­za­rá es­tu­dios de al­ta cos­tu­ra y di­se­ño de mo­das. Le agra­de­ce­mos su com­pren­sión.

Ese mis­mo día, mi­nu­tos des­pués del in­ter­cam­bio de car­tas, el auto que me ha­bía pres­ta­do una bue­na ami­ga mía mor­dió, con to­da la fu­ria in­cons­cien­te de mi de­cep­ción, el tra­se­ro del Stu­de­ba­ker que iba ade­lan­te.

Y el mar­co­ni que re­ci­bió mi pa­dre des­pués de lo su­ce­di­do de­cía más o me­nos lo si­guien­te: –Pa­pá, te agra­dez­co gi­rar­me 500 pe­sos pa­ra pa­gar un des­cui­do en la vía. Per­do­na. Te en­via­ré por co­rreo la his­to­ria. Tu hi­jo que te ama.

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