Sa­bor a mí

El Heraldo (Colombia) - - OPINIÓN - Por Jai­me Ro­me­ro Sam­pa­yo

Los fran­ce­ses siem­pre han si­do los cam­peo­nes del amor, pe­ro aho­ra se fue­ron más le­jos y, en la Uni­ver­si­dad de El Ha­vre, han da­do con la fór­mu­la pa­ra sin­te­ti­zar en un per­fu­me, ele­gan­te­men­te em­bo­te­lla­do y con su co­que­to spray, el olor de la per­so­na ama­da. Sin du­da es una gra­ta no­ti­cia pa­ra to­dos los enamo­ra­dos, pe­ro tam­bién su­po­ne un ries­go pa­ra los li­ber­ta­rios del amor: ya no se­rá la sim­ple y no­ve­les­ca acu­sa­ción de “¡Vie­nes olien­do a per­fu­me ba­ra­to!”, sino que aho­ra, cuan­do ca­da quien use su pro­pia fra­gan­cia per­fu­ma­da y to­dos apren­da­mos a re­co­no­cer­nos de ese mo­do, la pre­ci­sión po­dría lle­gar a ser inequí­vo­ca­men­te con­de­na­to­ria: “¡Hue­les a mi pri­ma Sa­mant­ha!”. Tam­bién el ma­ri­do a la mu­jer: “¡Vie­nes olien­do a mi ami­go Juan, que jus­to hoy no se pre­sen­tó a ju­gar dominó!”. Así el mun­do se lle­na­rá de tris­tes Ri­car­dos III que, en vez de llo­rar la pér­di­da de su reino por un ca­ba­llo, llo­ra­rán la de su pa­re­ja por un per­fu­me.

El amor en­tra por los ojos, o por los oí­dos, o por am­bos, co­mo en aquel sa­bro­so fla­men­qui­to: “Bo­ni­to, bo­ni­to eres, con so­lo unas pa­la­bri­tas, te lle­vas­te mis que­re­les”. Sin em­bar­go, pa­ra sen­tir más cer­ca a la per­so­na ama­da no hay ca­mino más di­rec­to e ín­ti­mo que el del ol­fa­to sus­pi­ra­dor. Ni la voz al te­lé­fono, ni las fo­tos: el olor. Pe­ro es­te in­ven­to no so­lo gus­ta­rá a las pa­re­jas en la dis­tan­cia que no sa­ben con­so­lar­se en el fe­liz nú­me­ro cua­tro, sino que na­die po­drá re­sis­tir la ten­ta­ción de per­fu­mar el mun­do con su pro­pio aro­ma po­ten­cia­do con fres­cas esen­cias.

Lo úni­co ra­ro es que ha­blen del olor cor­po­ral co­mo si fue­ra uno so­lo. No es lo mismo la mano que el pie. Y, si el olor lo sacan de la ro­pa, no es igual una ca­mi­sa que un cal­ce­tín, ni una blu­sa que una fal­da, y así con to­das las de­más pren­das de des­ves­tir. No son los mis­mos olo­res. Y, si el olor lo ex­traen del pro­pio cuer­po, ¿en qué par­te exac­ta­men­te es­tán pen­san­do esos cien­tí­fi­cos del ri­co ape­go?

Pe­ro es­to que aquí pa­re­ce una di­fi­cul­tad qui­zás sea una opor­tu­ni­dad de am­pliar el ne­go­cio: así na­die en­car­ga­ría un so­lo per­fu­me, sino va­rios, en fun­ción de dón­de y con quién. El día de San Va­len­tín aho­ra nos re­ga­la­re­mos el “Per­fu­me de mi bo­ca”, o el “Per­fu­me de mi cue­llo”, y así con to­das las de­más par­tes de be­sar. No ol­vi­de­mos que es­tos in­ven­to­res son fran­ce­ses y atre­vi­dos. Sin du­da se in­ge­nia­rán al­gún per­fu­me de ori­gen muy ín­ti­mo, e in­clu­so uno más ín­ti­mo to­da­vía, con­si­guien­do con la cien­cia los mis­mos efec­tos has­ta aho­ra re­ser­va­dos pa­ra la bru­je­ría de los be­be­di­zos de amor: el ma­ran­guan­go de­fi­ni­ti­vo del si­glo XXI.

El aro­ma no es lo mismo que el sa­bor, pe­ro, en el amor, una co­sa siem­pre va con la otra. Por eso lo bueno se­ría que la ca­du­ci­dad del per­fu­me fue­ra pron­ta (“Pa­sa­rán más de mil años, mu­chos más…”). Por­que, muy bueno y to­do, pe­ro, pa­ra las rup­tu­ras sen­ti­men­ta­les, es­te per­fu­me sí que es mal in­ven­to (“Si ne­ga­ras mi pre­sen­cia en tu vi­vir…”), y po­dría aca­bar con­vir­tién­do­se en una co­rrea muy cor­ta y apretada con eso de que “Yo guar­do tu sa­bor, pe­ro tú lle­vas tam­bién, sa­bor a mí”.

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