LI­BRES, EN TEO­RÍA

Fucsia - - CARTA EDITORIAL - SÍGUENOS EN TO­DAS nues­tras re­des @re­vis­ta­fuc­sia

Las mu­je­res de mi ge­ne­ra­ción nos te­nía­mos que ca­sar vír­ge­nes y quien no lo fue­ra no se atre­vía a de­cir­lo cuan­do lle­ga­ba al al­tar. En ese mo­men­to, años se­ten­ta, una par­te de la ju­ven­tud era hip­pie, creía en el amor li­bre y, desde lue­go, to­ma­ba píl­do­ras an­ti­con­cep­ti­vas. Pe­ro la ma­yo­ría ve­nía de ho­ga­res pa­triar­ca­les en los que las nor­mas con res­pec­to a los hom­bres eran muy cla­ras: ma­tri­mo­nio jo­ven y vir­gen. Pa­re­cía­mos de la era vic­to­ria­na, ves­ti­das con mo­des­tia; aun­que con­fie­so que a los 14 años, por cuen­ta de Mary Quant, me pu­se mi­ni­fal­da y bien cor­ti­ta.

El ele­men­to trans­for­ma­dor fue la píl­do­ra an­ti­con­cep­ti­va. Por pri­me­ra vez, las mu­je­res te­nía­mos la po­si­bi­li­dad de te­ner relaciones se­xua­les sin que­dar em­ba­ra­za­das y nos hi­ci­mos car­go de nues­tra fer­ti­li­dad. Eso sue­na muy bien, pe­ro al fi­nal no fue tan sen­ci­llo.

Aun­que en esa épo­ca se die­ron cam­bios en las cos­tum­bres so­cia­les, no ne­ce­sa­ria­men­te se ex­ten­die­ron a otros cam­pos. Por ejem­plo, pa­ra pe­dir un prés­ta­mo en el ban­co se se­guía ne­ce­si­tan­do la fir­ma del pa­pá o del ma­ri­do y cuan­do uno se ca­sa­ba, se per­día el ape­lli­do de sol­te­ra. ‘Pi­ro­pos’ gro­se­ros en la ca­lle, mal­tra­tos y abu­sos en el trans­por­te pú­bli­co. Sa­la­rios de­sigua­les, fal­ta de opor­tu­ni­da­des en las gran­des em­pre­sas y en la po­lí­ti­ca. En teo­ría, éra­mos una ge­ne­ra­ción li­bre bio­ló­gi­ca­men­te, mas no en otros as­pec­tos.

En es­ta ge­ne­ra­ción, en cam­bio, se aca­ba­ron los va­lo­res ma­chis­tas de la so­cie­dad y el mundo es otro. El se­xo ca­sual es pan de ca­da día. Ser gay no es un es­tig­ma. Las pa­re­jas sim­ple­men­te se enamo­ran y se van a vi­vir jun­tas. Y el día que se abu­rren, co­gen su ma­le­ta y se van. Cuan­do hay hi­jos, eso trae con­se­cuen­cias.

No son cam­bios ma­los ni bue­nos. To­do de­pen­de de si la re­la­ción es o no es­ta­ble y du­ra­de­ra. Es­ta­dís­ti­ca­men­te, las pa­re­jas no ca­sa­das tie­nen la mis­ma ta­sa de rom­pi­mien­to que las ca­sa­das con to­das las de la ley. Hoy, las re­glas de la so­cie­dad han si­do re­em­pla­za­das por las del amor y las nue­vas cos­tum­bres son, en reali­dad, un gri­to de in­de­pen­den­cia. Lo im­por­tan­te no es la na­tu­ra­le­za de la re­la­ción, sino la res­pon­sa­bi­li­dad con que se asu­me. Sin em­bar­go, a lar­go plazo el cos­to de esa li­ber­tad es, con fre­cuen­cia, la so­le­dad.

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