LA ANTIMODA SE IM­PO­NE

Fucsia - - CARTA EDITORIAL - SÍGUENOS EN TO­DAS nues­tras re­des @re­vis­ta­fuc­sia

Es in­du­da­ble que es­ta­mos vi­vien­do una nue­va re­vo­lu­ción en la mo­da si­mi­lar a la que pro­ta­go­ni­za­ron los hip­pies en los años se­ten­ta, que die­ron un vuel­co a la so­cie­dad al in­fluir en el ma­qui­lla­je, los pei­na­dos y, des­de lue­go, en la ma­ne­ra de ves­tir­nos. Ve­ni­mos de va­rias dé­ca­das en que la ro­pa era ele­gan­te, so­fis­ti­ca­da y, so­bre to­do, atem­po­ral. Hoy el cam­bio se ha ace­le­ra­do qui­zás por­que las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes quie­ren to­do in­me­dia­ta­men­te. Los ci­clos de tendencias se es­tán acor­tan­do y los con­su­mi­do­res quie­ren ver y com­prar al ins­tan­te. Las re­glas del buen gus­to se des­via­ron ha­cia los crocs, los te­nis or­to­pé­di­cos, las ri­ño­ne­ras y los ves­ti­dos de cam­pe­si­na. En po­cas pa­la­bras: lo feo es lo que es­tá de mo­da. Los com­pra­do­res de hoy eli­gen pen­san­do en que el pro­duc­to sea có­mo­do, fa­mi­liar y, oca­sio­nal­men­te, prác­ti­co; la es­té­ti­ca les im­por­ta un pe­pino. Uno se va aco­mo­dan­do len­ta­men­te y es por eso que aho­ra nos pa­re­cen nor­ma­les los jeans des­hi­la­cha­dos, las cha­que­tas tres ta­llas más gran­des, las ca­mi­se­tas con hue­cos, los ves­ti­dos de cue­llo al­to al es­ti­lo del le­jano oes­te.

Pe­ro el gus­to por lo feo no es al­go nue­vo. A fi­na­les de los años no­ven­ta, Pra­da hi­zo una co­lec­ción con una se­rie de es­tam­pa­dos en co­lo­res muy po­co atrac­ti­vos. Lo de aho­ra es un con­tras­te que mez­cla lo an­ti­es­té­ti­co con la per­fec­ción de Ins­ta­gram. Una es­té­ti­ca no or­to­do­xa y un gé­ne­ro flui­do son el man­tra de mar­cas co­mo Ve­te­ments, Ba­len­cia­ga o Guc­ci. Lo que es­ta­mos vi­vien­do es un es­no­bis­mo al re­vés: el ini­cio de la antimoda. Se ne­ce­si­ta una per­so­na­li­dad sui ge­ne­ris pa­ra sen­tir­se bien con ese es­ti­lo; no so­lo es ro­pa con un cor­te com­pli­ca­do, sino que ade­más se co­rre el ries­go de pa­re­cer dis­fra­za­do.

Ha­ce un tiem­po el lu­jo se iden­ti­fi­ca­ba con la fe­mi­ni­dad: un sué­ter de ca­che­mir o una car­te­ra clá­si­ca de Cha­nel. Pa­re­cie­ra que aho­ra el lu­jo es lo trans­gre­sor. La bús­que­da de lo au­tén­ti­co ha tras­tor­na­do los va­lo­res es­té­ti­cos. Tal vez la in­dus­tria de­jó de dic­tar la mo­da y aho­ra son los jó­ve­nes quie­nes de­fi­nen el es­ti­lo de vi­da; las mar­cas sim­ple­men­te adap­tan la in­for­ma­ción y la im­ple­men­tan en sus pro­duc­tos.

Even­tual­men­te el pén­du­lo va a de­vol­ver­se. Las ves­ti­men­tas que hoy les pa­re­cen tan atrac­ti­vas no van a du­rar mu­cho tiem­po de mo­da y ve­re­mos pron­to un es­ti­lo más re­fi­na­do, más cui­da­do, más fres­co. La ri­ño­ne­ra de tu­ris­ta gor­do y des­pis­ta­do tie­ne los días con­ta­dos.

La mo­da fea no es fi­nal­men­te na­da más que al­go prác­ti­co. ¡Qué pe­re­za!.

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