Re­cuér­da­me

Gente Caribe - - Índice - POR Pa­dre Alberto Li­ne­ro @Pli­ne­ro www.el­ma­nes­ta­vi­vo.com www. jai.com.co

Le te­ne­mos mie­do a la muer­te. Nos asus­ta no sa­ber qué si­gue des­pués de que nues­tro co­ra­zón de­je de pal­pi­tar y nues­tro ce­re­bro se apa­gue to­tal­men­te. Es más, al­gu­nos creen que la es­pi­ri­tua­li­dad es la res­pues­ta evo­lu­ti­va de la es­pe­cie hu­ma­na a esa du­ra con­cien­cia dia­ria y con­ti­núa de sa­ber­se mu­rien­do a ca­da día, a ca­da ho­ra (Mat­tew Al­per). No­so­tros los cre­yen­tes creemos que la muer­te no es la úl­ti­ma pa­la­bra so­bre la exis­ten­cia, sino el par­to de­fi­ni­ti­vo a una nue­va ma­ne­ra de exis­ten­cia, la de­fi­ni­ti­va.

En es­te con­tex­to me sen­tí con­mo­cio­na­do al ver la pe­lí­cu­la Co­co. En ella des­de la fies­ta de los muer­tos de la cultura me­xi­ca­na se nos in­vi­ta a re­fle­xio­nar so­bre la muer­te y su im­pac­to en no­so­tros, to­do me­dia­do por la fuer­za de la mú­si­ca.

Y la res­pues­ta es ne­gar­se a ol­vi­dar a las per­so­nas que ama­mos y la fa­mi­lia co­mo es­truc­tu­ra que no per­mi­te que la na­da se tra­gue a los se­res que­ri­dos. Dos ideas muy fuer­tes en una so­cie­dad mar­ca­da por lo efí­me­ro, el ol­vi­do rá­pi­do, la ob­so­len­cia de los se­res hu­ma­nos y el in­di­vi­dua­lis­mo.

Amar es no ol­vi­dar. Amar es res­ca­tar del ano­ni­ma­to. Amar es cons­truir puen­tes in­des­truc­ti­bles con los se­res ama­dos, puen­tes que nos unan a ellos aun­que no los po­da­mos ver. Amar es ven­cer to­dos los obs­tácu­los que el in­di­vi­dua­lis­mo nos ge­ne­ra a dia­rio y que nos lle­van a ne­gar al otro. Amar es abrir­nos a la di­fe­ren­cia y en­ten­der que las con­di­cio­nes per­so­na­les - sean de la ín­do­le que sean - no nos pue­den lle­var a ne­gar a na­die, siem­pre po­de­mos en­con­trar pun­tos de en­cuen­tro.

El amor de un pa­dre que no ol­vi­da a su hi­ja, y con una can­ción le pi­de que lo re­cuer­de. Un ni­ño que no ol­vi­da su pa­sión y su ta­len­to, y que ade­más se pro­po­ne jun­tar a los su­yos en un puen­te que une es­te ins­tan­te con la eter­ni­dad. Y una fa­mi­lia que in­ten­ta ol­vi­dar su ori­gen, y con ello, par­te de su esen­cia, pe­ro por la fuer­za del amor no pue­de. Al ver­la, por su­pues­to pen­sé en quie­nes han he­cho par­te de mi vi­da y que ya no es­tán aquí. Los re­cor­dé y los amé al ha­cer­lo. Pe­ro tam­bién pen­sé en to­dos los que aman, en los que ha­cen es­fuer­zos por ol­vi­dar, y en to­dos los ol­vi­da­dos de nues­tras so­cie­da­des, que aún es­tán en­tre no­so­tros. Oja­lá no nos acos­tum­bre­mos a vivir co­mo si no es­tu­vie­ran, sino que por el con­tra­rio ha­ga­mos pe­que­ños y gran­des es­fuer­zos por amar­les de la ma­ne­ra en que nos sea po­si­ble. GC

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