EN PRI­VA­DO

la ni­ña gor­da del sa­lón que hoy es Se­ño­ri­ta Co­lom­bia

La O (Cúcuta) - - Sociales -

LAU­RA GON­ZÁ­LEZ, LA NI­ÑA GOR­DA DEL SA­LÓN QUE HOY ES SE­ÑO­RI­TA CO­LOM­BIA

Sus 1.78 me­tros de es­ta­tu­ra no son lo úni­co in­tere­san­te en la vida de es­ta be­lla mu­jer que, sin pro­po­nér­se­lo, ga­nó el tí­tu­lo de Se­ño­ri­ta Co­lom­bia; tam­bién lla­ma la aten­ción su his­to­ria co­mo “la ni­ña gor­da del sa­lón” que se en­cor­va­ba pa­ra di­si­mu­lar su es­ta­tu­ra y su apa­rien­cia des­or­de­na­da.

Hoy, cuan­do mi­ra las fo­to­gra­fías de aque­lla épo­ca don­de so­lo te­nía diez años, ase­gu­ra que ve una ni­ña nor­mal que so­lo se preo­cu­pa­ba por ju­gar, pe­ro que co­me­tió un error al per­mi­tir que sus com­pa­ñe­ros la hi­cie­ran sen­tir mal por su as­pec­to fí­si­co.

Al fi­nal, re­co­no­ce, la vida le mos­tró lo bueno de ser esa ‘ni­ña fea’ lla­ma­da Lau­ra Gon­zá­lez, a quien el bull­ying le en­se­ñó a ser más fuer­te y se­gu­ra de sí mis­ma.

“Me creí el cuen­to de que era fea y gor­da has­ta que tu­ve 17 años; aho­ra creo que soy la prue­ba de que sí es cier­to que el pa­pi­to feo fi­nal­men­te pue­de con­ver­tir­se en cis­ne”.

Su vida em­pe­zó a cam­biar cuan­do de­ci­dió es­tu­diar ac­tua­ción en la es­cue­la Ca­sa En­sam­ble, en Bogotá, don­de ga­nó seguridad, au­men­tó su au­to­es­ti­ma y sa­có a re­lu­cir su ta­len­to.

Aho­ra, con el tí­tu­lo de Se­ño­ri­ta Co­lom­bia en sus hom­bros, tie­ne cla­ro que uno de los men­sa­jes que quie­re trans­mi­tir va di­ri­gi­do a los ni­ños y jó­ve­nes que pa­san por la mis­ma si­tua­ción que ella pro­ta­go­ni­zó gran par­te de su vida.

“Es im­por­tan­te que las ni­ñas en­tien­dan que no tie­nen por qué preo­cu­par­se de verse bo­ni­tas en una edad en la que so­lo de­ben ju­gar, reír, sal­tar y an­dar des­pei­na­das o des­arre­gla­das. No es tiem­po de pen­sar en die­tas o en ma­qui­llar­se, sino de dis­fru­tar”.

Tie­ne cla­ro de que su voz pue­de lle­gar a to­dos los rin­co­nes del país, por eso se preo­cu­pa por ser un buen ejem­plo pa­ra quie­nes si­guen de cer­ca su re­co­rri­do por Co­lom­bia.

En su re­cien­te vi­si­ta a Cú­cu­ta es­tu­vo en di­fe­ren­tes fun­da­cio­nes que ve­lan por los in­tere­ses de los me­nos fa­vo­re­ci­dos, en es­pe­cial de los ni­ños; por ello, en es­ta opor­tu­ni­dad, la bel­dad agra­de­ció a quie­nes pro­mue­ven es­tas no­bles cau­sas.

En en­tre­vis­ta con La Ó ha­bló de su es­ta­día en Cú­cu­ta, las ven­ta­jas de ser rei­na y su pa­sión por la ac­tua­ción.

De la ac­tua­ción al rei­na­do, ¿có­mo se in­tere­sa en ser Se­ño­ri­ta Co­lom­bia si ya ve­nía con­so­li­dan­do una ca­rre­ra co­mo ac­triz?

Fue aten­der un lla­ma­do de la vida por­que a to­das las per­so­nas se les ocu­rrió que de­bía ser Se­ño­ri­ta Car­ta­ge­na o Se­ño­ri­ta Bo­lí­var: a la ami­ga de mi abue­la, al pe­lu­que­ro, a to­dos. Al prin­ci­pio pen­sé que es­ta­ban lo­cos, lue­go di­je ‘qué tal sea es­ta la opor­tu­ni­dad pa­ra dar esos men­sa­jes im­por­tan­tes que ten­go pa­ra ha­blar a los jó­ve­nes o de ha­blar­le a mi país’. Pen­sé que es­ta se­ría una ven­ta­na pa­ra gri­tar­le al mun­do to­do lo que quie­ro de­cir.

¿En qué cam­bió su vida?

Aho­ra soy mu­cho más res­pon­sa­ble y me con­ver­tí en la rei­na de la pun­tua­li­dad. He apren­di­do a ser más or­ga­ni­za­da, mu­cho más mu­jer y más co­lom­bia­na. Me he he­cho mu­cho más ale­gre y re­sis­ten­te por­que al prin­ci­pio es­tar una ho­ra en ta­co­nes era mor­tal, pe­ro aho­ra lo ha­go to­do el día con una son­ri­sa.

En su po­si­ción co­mo Se­ño­ri­ta Co­lom­bia, ¿qué tan com­pli­ca­do es ser una mu­jer de men­te abier­ta?

A ve­ces ha­blo un po­qui­to de más. Es una res­pon­sa­bi­li­dad muy gran­de, a ve­ces me atre­vo a ha­blar de más y es­tá bien; las per­so­nas de mi edad y los lí­de­res de es­ta ge­ne­ra­ción te­ne­mos la res­pon­sa­bi- li­dad de cam­biar el mun­do. Eso es lo que ha­ce­mos cuan­do ha­bla­mos: cam­biar men­ta­li­da­des, crear mu­cha unión en­tre no­so­tros y rom­per paradigmas.

Us­ted ha­ce par­te de la ge­ne­ra­ción de rei­nas que rom­pen el mol­de al ha­blar de po­lí­ti­ca, re­li­gión y ma­tri­mo­nio igua­li­ta­rio, en­tre otros, ¿en qué cree que be­ne­fi­cia o al­te­ra su fun­ción en la so­cie­dad?

La tec­no­lo­gía ha he­cho que el ser rei­na de be­lle­za va­ya mu­cho más allá de son­reír, ca­mi­nar bo­ni­to y te­ner un buen cuer­po; es­tas cua­li­da­des son im­por­tan­tes, pe­ro no­so­tras te­ne­mos voz. Al ser rei­na de be­lle­za te vuel­ves un ejem­plo pa­ra mu­chas per­so­nas, en­ton­ces eso hay que ser. Hay que te­ner un men­sa­je cla­ro pa­ra gri­tar­le al mun­do y las me­di­das se van aco­mo­dan­do des­pués.

¿Y cuál es su opi­nión par­ti­cu­lar so­bre el ma­tri­mo­nio igua­li­ta­rio y su de­seo de adop­tar ni­ños?

No es mi obli­ga­ción cri­ti­car o

creer que es­tán mal las de­ci­sio­nes que to­men los de­más. Ca­da per­so­na tie­ne un pro­ce­so y un ca­mino que eli­ge atra­ve­sar; es­tá bien mien­tras ha­ble­mos de amor, paz y no ha­ya agre­sión con­tra los de­más. Creo que to­do es­tá bien.

A las rei­nas siem­pre las han en­ca­si­lla­do por su de­seo de al­can­zar la paz; aho­ra que ya hay un pri­mer pa­so pa­ra la cons­truc­ción de la paz en Co­lom­bia, ¿en qué cree que las pue­den en­ca­si­llar?

Es tris­te que sea un cli­ché ha­blar de la paz mun­dial y del amor en­tre to­dos; no de­be­ría ser así por­que es al­go que to­da­vía es­ta­mos bus­can­do. No se nos de­be­ría til­dar mal. Las per­so­nas más locas son las que quie­ren sal­var el mun­do y las rei­nas es­ta­mos locas, ¿sa­bes qué es mon­tar­se ahí, dar tu opi­nión, po­sar en ves­ti­do de ba­ño en­fren­te de to­do el mun­do? Y sí, es­ta­mos locas y que­re­mos sal­var el mun­do.

Ten­drá uno de los rei­na­dos más lar­gos de los úl­ti­mos tiem­pos, ¿có­mo re­ci­be la no­ti­cia de que en­tre­ga­rá su tí­tu­lo de Se­ño­ri­ta Co­lom­bia en no­viem­bre de 2018?

El tiem­po que el con­cur­so y Dios des­ti­nen pa­ra mí se­rá per­fec­to. Por aho­ra, no he pa­ra­do de pre­pa­rar­me pa­ra Miss Uni­ver­so, un tra­ba­jo que ha­go pa­ra­le­la­men­te con las ac­ti­vi­da­des de Se­ño­ri­ta Co­lom­bia.

Des­pués de en­tre­gar su tí­tu­lo, ¿se­gui­rá con la ac­tua­ción o pro­ba­rá con otro per­fil pro­fe­sio­nal?

Soy fe­liz ac­tuan­do, me sien­to co­mo una ni­ña ju­gan­do y es lo que lle­na mi co­ra­zón. Cuan­do me ba­ja­ba de las obras de mi co­le­gio pen­sa­ba ‘¿Dios mío, se­rá que no voy a ex­pe­ri­men­tar es­to, que voy a se­guir una ca­rre­ra tra­di­cio­nal y nun­ca voy a mon­tar­me a un es­ce­na­rio?’. Es por eso que to­mé es­ta de­ci­sión y es­toy se­gu­ra que es lo que quie­ro ha­cer to­da mi vida.

¿Y el co­ra­zón có­mo es­tá?

(Ri­sas) No ten­go no­vio. Mi no­vio son to­dos los co­lom­bia­nos y mi com­pro­mi­so es de­jar­los en al­to… co­mo se me­re­cen. Brin­dar­les son­ri­sas.

Hoy, ¿qué opi­nión se lle­va de Cú­cu­ta?

Es una ciu­dad muy bo­ni­ta. Vi mu­chí­si­mo apo­yo a es­te even­to ‘Mo­da y be­lle­za con un pro­pó­si­to’, del que me di­je­ron se ven­die­ron más de cin­co mil bo­le­tas. Me lla­mó mu­cho la aten­ción esas ga­nas de ayu­dar y en Cú­cu­ta, sin du­da, las per­so­nas atien­den ese lla­ma­do; me pa­re­ció in­tere­san­te lo gran­de que es la ciu­dad y có­mo los cu­cu­te­ños se to­man en se­rio el pa­pel de ayu­dar.

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