Jun­tos no­so­tros

La Opinión - Imágenes - - Poesía - Pa­blo Ne­ru­da

Qué pu­ra eres, de sol o de no­che caí­da, qué triunfal des­me­di­da tu ór­bi­ta de blan­co, y tu pe­cho de pan, al­to de clima, tu co­ro­na de ár­bo­les ne­gros, bie­na­ma­da, y tu na­riz de ani­mal so­li­ta­rio, de ove­ja sal­va­je que hue­le a som­bra y a pre­ci­pi­ta­da fu­ga ti­tá­ni­ca. Aho­ra, qué ar­mas es­plén­di­das mis ma­nos, dig­na su pa­la de hue­so y su li­rio de uñas, y el pues­to de mi ros­tro, y el arrien­do de mi alma es­tán si­tua­dos en lo jus­to de la fuer­za te­rres­tre. Qué pu­ra mi mi­ra­da de noc­tur­na in uen­cia, caí­da de ojos os­cu­ros y fe­roz aci­ca­te, mi si­mé­tri­ca es­ta­tua de pier­nas ge­me­las sube ha­cia es­tre­llas hú­me­das ca­da ma­ña­na, y mi bo­ca de exi­lio muerde la car­ne y la uva, mis bra­zos de va­rón, mi pe­cho ta­tua­do en que pe­ne­tra el ve­llo co­mo ala de es­ta­ño, mi ca­ra blan­ca he­cha pa­ra la pro­fun­di­dad del sol, mi pe­lo he­cho de ri­tos, de mi­ne­ra­les ne­gros, mi fren­te, pe­ne­tran­te co­mo golpe o ca­mino, mi piel de hi­jo ma­du­ro, des­ti­na­do al ara­do, mis ojos de sal ávi­da, de ma­tri­mo­nio rá­pi­do, mi len­gua ami­ga blan­da del di­que y del bu­que, mis dien­tes de ho­ra­rio blan­co, de equi­dad sis­te­má­ti­ca, la piel que ha­ce a mi fren­te un va­cío de hie­los y en mi es­pal­da se tor­na, y vue­la en mis pár­pa­dos, y se re­plie­ga so­bre mi más pro­fun­do es­ti­mu­lo, y cre­ce ha­cia las ro­sas en mis de­dos, en mi men­tón de hue­so y en mis pies de ri­que­za. Y tú co­mo un mes de es­tre­lla, co­mo un be­so jo, co­mo es­truc­tu­ra de ala, o co­mien­zos de oto­ño, ni­ña, mi par­ti­da­ria, mi amo­ro­sa, la luz ha­ce su le­cho ba­jo tus gran­des pár­pa­dos, do­ra­dos co­mo bue­yes, y la pa­lo­ma re­don­da ha­ce sus ni­dos blan­cos fre­cuen­te­men­te en ti. He­cha de ola en lin­go­tes y te­na­zas blan­cas, tu sa­lud de man­za­na fu­rio­sa se es­ti­ra sin lí­mi­te, el tonel tem­bla­dor en que es­cu­cha tu es­tó­ma­go, tus ma­nos hi­jas de la ha­ri­na y del cie­lo. Qué pa­re­ci­da eres al más lar­go be­so, su sa­cu­di­da

ja pa­re­ce nu­trir­te, y su em­pu­je de bra­sa, de ban­de­ra re­vuel­ta, va la­tien­do en tus do­mi­nios y su­bien­do tem­blan­do, y en­ton­ces tu ca­be­za se adel­ga­za en ca­be­llos, y su for­ma gue­rre­ra, su círcu­lo se­co, se des- plo­ma de sú­bi­to en hi­los li­nea­les co­mo

los de es­pa­das o he­ren­cias de hu­mo. - So­ne­to 83 Es bueno, amor, sen­tir­te cer­ca de mí en la no­che, in­vi­si­ble en tu sue­ño, se­ria­men­te noc­tur­na, mien­tras yo des­en­re­do mis preo­cu­pa­cio­nes co­mo si fueran re­des con­fun­di­das. Au­sen­te, por los sue­ños tu co­ra­zón na­ve­ga, pe­ro tu cuer­po así aban­do­na­do res­pi­ra bus­cán­do­me sin ver­me, com­ple­tan­do mi sue­ño co­mo una plan­ta que se du­pli­ca en la som­bra. Er­gui­da, se­rás otra que vi­vi­rá ma­ña­na, pe­ro de las fron­te­ras per­di­das en la no­che, de es­te ser y no ser en que nos en­con­tra­mos al­go que­da acer­cán­do­nos en la luz de la vi­da co­mo si el se­llo de la som­bra se­ña­la­ra con fue­go sus se­cre­tas cria­tu­ras.

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