La fuga de los re­na­cen­tis­tas fran­ce­ses

La Opinión - Imágenes - - Poesía - Juan Pa­bón Her­nán­dez

La poe­sía fran­ce­sa del Re­na­ci­mien­to me ge­ne­ra una es­pe­cie de emo­ción in­di­vi­dual má­gi­ca, al­go así co­mo mi iden­ti­fi­ca­ción con los fun­da­men­tos de una ins­pi­ra­ción que bus­ca, afa­no­sa­men­te, la li­ber­tad per­so­nal. Es una poe­sía ágil, muy fres­ca, tier­na, in­clu­so gra­cio­sa, des­de la cual se ex­tien­de un hi­lo que re­co­ge los sen­ti­mien­tos y los ha­ce un ovi­llo de luz en el co­ra­zón.

PIE­RRE DE RONSARD 1524-1585 ODA A CASANDRA

Va­mos, ni­ña, a ver si la ro­sa que ha­bía es­ta ma­ña­na abier­to al sol su tra­je des­lum­bran­te no per­dió en la tar­de su hermosa ves­te pur­pú­rea y si no ha muer­to su tin­te, al tu­yo se­me­jan­te.

¡Ah!, mi­ra có­mo su be­lle­za so­bre la tie­rra con pre­mu­ra, ¡ay!, ¡ay!, ha de­ja­do caer. Ma­dras­tra es Na­tu­ra­le­za pues­to que una flor só­lo du­ra de la au­ro­ra al atar­de­cer.

Si me crees, ni­ña, mien­tras du­ra en su más ver­de ple­ni­tud la flo­ral edad del amor, go­za, go­za tu ju­ven­tud.

EN­VÍO DE FLO­RES

Hoy te en­vío es­tas flo­res que mi mano aca­ba de cor­tar re­cién abier­tas, que de no re­co­ger­las hoy tem­prano las ha­bría en­con­tra­do al al­ba yer­tas.

Ellas re­cuer­dan el des­tino humano, por­que tus gra­cias y be­lle­zas cier­tas se agos­ta­rán el día no le­jano y es­ta­rán, pron­to, co­mo flo­res, muer­tas.

Se va el tiem­po, mi ami­ga… mas no es cier­to: so­mos no­so­tros, ¡ay! Los que nos va­mos. ni de ti ni de mi que­da­rá hue­lla.

Y cuan­do tú es­tés muer­ta y yo es­té muer­to, na­da ha­brá de es­te amor de que hoy ha­bla­mos: áma­me, en­ton­ces, mien­tras eres be­lla.

JEAN AN­TOI­NE DE BAIF 1532-1589 LAS RO­SAS

Nos que­ja­mos, Na­tu­ra­le­za, de que la flor sea tan breve y de que el des­tino se lle­ve ca­da don tu­yo cuan­do em­pie­za. La edad de ca­da ro­sa du­ra ape­nas lo que du­ra un día. Cuan­do su ju­ven­tud ful­gu­ra, vie­ne ya la ve­jez som­bría.

La que la es­tre­lla ma­tu­ti­na vio bro­tar al al­ba na­cien­te, al re­gre­sar la ve mu­rien­te la mis­ma es­tre­lla ves­per­ti­na.

Go­zan de una so­la vir­tud flo­res que tan pron­to pe­re­cen: su­ce­dién­do­se, re­flo­re­cen y así alar­gan su ju­ven­tud.

Co­ge la flor mien­tras es be­lla; Ven a co­ger­la, ni­ña mía. Se­rás vie­ja –re­cuer­da- un día y te mar­chi­ta­rás co­mo ella.

JOA­QUIM DU BELLAY 1525-1560 FE­LIZ QUIEN, CO­MO ULI­SES

Fe­liz quien, co­mo Uli­ses, tras be­llas tra­ve­sías, o co­mo el ar­go­nau­ta que ro­bó el ve­llo­cino… vuel­ve, con la ex­pe­rien­cia de un ilus­tre des­tino, a vi­vir con los su­yos el res­to de sus días. ¡Cuan­do, ¡ay!, vol­ve­ré a ver las vie­jas al­que­rías y el hu­mo de mi al­dea! ¡Qué tiem­po y qué ca­mino me lle­va­rán de nue­vo a mi ho­gar cam­pe­sino que es, más que mi he­re­dad, to­das mis ale­grías!

Amo más el al­ber­gue de mis pa­dres en Galia que la fren­te or­gu­llo­sa de un pa­la­cio la­tino, más que los du­ros már­mo­les amo la pie­dra fi­na, el dulce Loi­ra ga­lo más que el Tí­ber de Ita­lia, más que mi pe­que­ña al­dea el monte Pa­la­tino, más que el ai­re ma­rino la dul­zu­ra an­ge­vi­na.

CHRISTOPHE PLANTIN 1520-1589 LA FE­LI­CI­DAD DE ES­TE MUN­DO

Po­seer una ca­sa có­mo­da, lim­pia, hermosa; un jar­dín en­tre mu­ros de fra­gan­tes olo­res; po­co afán, po­cos ni­ños; fru­tas, vi­nos y flo­res; ser ama­do, en si­len­cio, por una fiel es­po­sa.

No te­ner deu­da, plei­to ni que­re­lla enojo­sa, ni par­ti­ción pen­dien­te, ni dis­gus­tos ni amo­res; con­ten­tar­se con po­co, no de­man­dar fa­vo­res, ajus­tar sus de­sig­nios a una nor­ma vir­tuo­sa;

vi­vir con vi­da fran­ca, vi­vir sin am­bi­cio­nes; sin res­pe­tos hu­ma­nos, vi­vir de­vo­ta­men­te; ha­cién­do­las su­mi­sas, do­mi­nar las pa­sio­nes;

te­ner li­bre el es­pí­ri­tu y bien cla­ra la men­te, cul­ti­van­do su huer­to, de­cir sus ora­cio­nes, es es­pe­rar en ca­sa la muer­te dul­ce­men­te.

LOUI­SE LABÉ 1526-1566 VI­VO Y MUE­RO A LA VEZ

Vi­vo y mue­ro a la vez, me aho­go y que­mo; al­terno el frío con la ca­len­tu­ra; y es mi vi­da, tan plá­ci­da y tan du­ra, te­dio mez­cla­do con un go­zo ex­tre­mo.

Llo­ro y río a la vez, con­fío y te­mo; en mi­tad del pla­cer su­fro tor­tu­ra; mi bien se va, mi bien ja­más per­du­ra; y me se­co y doy flor, oro y blas­fe­mo…

Así in­cons­cien­te­men­te Amor me lle­va, y, cuan­do pien­so es­tar más de­sola­da, sal­go, de pron­to, de la pe­na nue­va.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.