Pie­rre de Ron­sard, poe­ta de La Plé­ya­de

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Pie­rre de Ron­sard Castillo de Pos­so­niè­re, Loir-et-Cher, 1524 - Saint-Cos­me-en-l’Is­le, 1585), fue un des­ta­ca­do poe­ta fran­cés del gru­po de La Plé­ya­de, fun­da­do en 1556. Tras pa­sar su ni­ñez en su tie­rra na­tal, se in­cor­po­ró a la cor­te en ca­li­dad de pa­je (1536). A raíz de un via­je a Al­sa­cia, con­tra­jo una en­fer­me­dad que le de­jó ca­si com­ple­ta­men­te sor­do y que le obli­gó a re­nun­ciar a la ca­rre­ra de las ar­mas (1542). A par­tir de en­ton­ces se de­di­có a las le­tras.

CAN­CIÓN

Quien quie­ra co­no­cer al Amor y a su esen­cia, su arco, su fue­go, sus ras­gos y su as­pec­to, cuá­les son sus ma­ne­ras y qué es lo que desea, lea es­tos ver­sos: voy aquí a des­cri­bir­lo.

Es un pla­cer re­ple­to de tris­te­za, es un tor­men­to or­na­do de alegría, un de­ses­pe­ro don­de siem­pre se es­pe­ra, un es­pe­rar que siem­pre de­ses­pe­ra.

Es co­mo una nos­tal­gia de ju­ven­tud per­di­da es co­mo pol­vo ex­pan­di­do en el ai­re, es pin­tar en el ai­re, es pre­ten­der a una co­ger el vien­to y blan­quear un mo­ro.

Es fal­sa risa y do­lor ver­da­de­ro, te­ner he­ri­do el co­ra­zón sin la­men­tar­se, es vol­ver­se criado en lu­gar de se­ñor, es mo­rir y na­cer mil ve­ces ca­da día.

Es ce­rrar a los ami­gos de la ra­zón la puer­ta, que tris­te lan­gui­de­ce ca­si muer­ta, pa­ra en­tre­gar la lla­ve a la enemi­ga que la re­ci­be con el pre­tex­to de ser ami­ga.

Es mil ma­les por só­lo una mi­ra­da es es­tar sano y si­mu­lar­se en­fer­mo, es per­ju­rar min­tién­do­se, y ha­cer pro­fe­sión de adu­lar y com­pla­cer.

Es un gran fue­go en­vuel­to en po­co hie­lo, un be­llo jue­go re­lleno de fa­la­cias, es un des­pe­cho, una gue­rra, una tre­gua, un lar­go pen­sa­mien­to, una pa­la­bra bre­ve.

Es un por fue­ra di­si­mu­lar el go­zo, ce­lan­do un al­ma que den­tro so­llo­za, un mal tan agra­da­ble que uno an­he­la con­su­mir­se por siem­pre en tan be­llo mar­ti­rio.

Es una paz sin duración ape­nas, es una gue­rra de com­ba­te ex­tre­ma­do, en don­de el ven­ci­do re­ci­be to­da glo­ria, y el ven­ce­dor no ob­tie­ne la vic­to­ria.

Es un error de ju­ven­tud que eli­ge aun an­tes la pri­sión que la li­ber­tad. Es un pen­sa­mien­to que en­tre dudas no re­po­sa, y por ob­je­to só­lo tie­ne una co­sa.

En fin, Ni­co­lás, es amor unos ce­los, una fie­bre en un fre­ne­sí. ¿Qué ma­yor mal pue­de ha­ber en el mun­do que te­ner por se­ñor a una mu­jer?

Así, pues, pa­ra que tu co­ra­zón no cai­ga ba­jo los la­zos de tan su­je­ta ley, si tú me crees, ten cui­da­do: el arre­pen­ti­mien­to lle­ga tar­de.

SONETO

¿Qué de­cís y qué ha­céis, ni­ña mía? ¿En qué so­ñáis? ¿Pen­sáis aca­so en mí? ¿Aca­so no os preo­cu­pa mi des­ma­yo, y es­te pe­nar por vos que me en­ve­ne­na?

Por vues­tro amor mi co­ra­zón se agi­ta y an­te mis ojos yo os veo sin ce­sar, au­sen­te os es­cu­cho y aun os oi­go, y só­lo vues­tro amor sue­na en mi pen­sa­mien­to.

Siem­pre es­tán vues­tros ojos, vues­tras gra­cias

/ y en­can­tos en mí gra­ba­das y tam­bién los lu­ga­res don­de os vie­ra dan­zar, leer y ha­blar.

Os ten­go co­mo mía, y si yo no soy mío, vos sois la so­la que en mi pe­cho res­pi­ra, mi ojo, mi san­gre, mi des­gra­cia y mi bien.

MA­DRI­GAL

¡Que se rom­pa el es­pe­jo en que se mi­ra lle­nán­do­se de or­gu­llo tu her­mo­su­ra! Cuan­do me vuel­vas a mi­rar con ira ya no es tan bella, oh ni­ña, tu fi­gu­ra.

¡Cuán­to ha­ce que por ti mi al­ma sus­pi­ra! ¿Y mi an­he­lo, mi fe, mi pasión pu­ra no lo­gra­rán que a quien por ti de­li­ra te mues­tres al­gún día me­nos du­ra?

¿Crees que du­ra­rá tu pri­ma­ve­ra? ¡Pa­sa­rá! Pa­sa­rá cual lan­gui­de­ce en el jar­dín efí­me­ra la rosa.

¡No vol­ve­rá la ju­ven­tud li­ge­ra! Co­ge ávi­da el pla­cer que ella te ofre­ce y sin amar no mue­ras, ni­ña her­mo­sa.

A SU AMA­DA

Mi pe­que­ña pa­lo­mi­ta, mi pe­que­ña, to­da lin­da, per­li­ta mía, be­sad­me: con la bo­ca to­da lle­na de amor, qui­tad­me la pe­na de mi amo­ro­so cui­da­do.

Cuan­do yo os di­ga: ni­ña mía acer­caos, ne­ce­si­to nue­ve be­sos a la vez, dad­me so­la­men­te tres,

co­mo los que Dia­na gue­rre­ra le. dio a Fe­bo su her­mano y la Au­ro­ra a su vie­jo… Lue­go, re­ti­rad la bo­ca, y le­jos, to­da es­qui­vez, huid con pie bu­lli­cio­so. Co­mo un toro por el pra­do co­rre de­trás de su ama­da, así yo, lleno de ira, co­rre­ré, lo­co, tras vos, y su­je­ta con fuer­te mano os re­ten­dré, de igual mo­do que un águi­la al tem­blo­ro­so pi­chón. En­ton­ces, fin­gién­doos ru­bo­ro­sa de dar­me los otros be­sos, ini­cia­réis vos el ges­to.

Pe­ro en vano es­ta­réis col­ga­da de mi cue­llo, es­pe­ran­do (los ojos un po­co ba­jos) per­dón de mi pe­cho he­ri­do. Pues en lu­gar de seis he de pe­di­ros más be­sos que es­tre­llas nun­ca tu­vie­ra el cie­lo; más que arena se acu­mu­la en la ori­lla arras­tra­da por el agua cuan­do ai­ra­da se es­tre­lla con­tra las ro­cas.

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