El li­bro blan­co de los muer­tos

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Ál­va­ro Mi­ran­da (San­ta Mar­ta), poe­ta y no­ve­lis­ta. La De­ca­na­tu­ra Cul­tu­ral del Ex­ter­na­do de Colombia ha pu­bli­ca­do su li­bro. “Mi­ran­da es uno de esos po­cos poe­tas que, des­de su pri­mer ver­so, ya tie­nen un tono ab­so­lu­ta­men­te per­so­nal y lle­van im­plí­ci­to un apa­ra­to re­tó­ri­co que, en su ca­so, es­tá do­ta­do de ar­caís­mos, len­gua­je li­bé­rri­mo y ba­rro­co e in­te­rés en la épi­ca”: Da­río Ja­ra­mi­llo Agu­de­lo”

Des­de el cie­lo to­do cae por azar. Go­ta a go­ta los muer­tos vi­si­tan la llu­via. Ca­da go­ta ha­ce mi­se­ri­cor­dia con ellos. Los muer­tos al azar son in­sec­tos que re­mien­dan sus alas ba­jo llu­via. Por fue­ra de ese mun­di­llo no exis­te otro. El del agua de la llu­via que ha si­do her­vi­da en el cie­lo. En el azar vi­ven tam­bién gran­des pá­ja­ros que es­pan­tan a los in­sec­tos. Las mo­lé­cu­las gor­go­tean al azar. El ca­lor hu­me­de­ce las alas de las aves mi­gra­to­rias que vue­lan al azar. Hay tan­tos mun­dos so­bre las ca­rri­le­ras que un tren a ve­lo­ci­dad no sa­be cuán­tas ca­te­dra­les de ai­re ha re­ven­ta­do al azar. Se­ñor juez, con mi re­vól­ver en al­to, dis­pa­ré al muer­to que no quie­re ir­se al lu­gar de su me­jor azar. El sus­pi­ro que des­apa­re­ce en un ins­tan­te es eterno co­mo el do­lor que lo pro­du­ce –di­jo ma­dre. Si una mag­no­lia se es­tre­lla con­tra el cris­tal del flo­re­ro es por­que el es­pí­ri­tu de un muer­to se ali­men­ta de ese vaho que en la flor se ago­ta. ¿Qué es lo eterno? El hu­mo que se va y no vuel­ve. ¿Qué es lo dé­bil? El an­cla que se hun­de para que no avan­ce el via­je. Oh Dios ¿Cuán­tos cuer­pos po­drán es­con­der­se en la hu­ma­re­da que aban­do­na la ce­ni­za? No arrin­co­nes la luz –di­jo ma­dre. Una luz arrin­co­na­da se vuel­ve fé­ti­da so­bre la es­pal­da de los hom­bres. Cár­ga­la al­za sus ra­yos. Na­die sa­be qué can­ti­dad de ella ro­ban los ala­cra­nes para lle­var­la a sus ca­ver­nas. Te­nue luz se ne­ce­si­ta para ilu­mi­nar la ca­ma va­cía de amor. Ilu­mi­na sus sá­ba­nas Ba­rre las ba­su­ras con es­co­bas de es­par­to. Cual­quier sa­ban­di­ja ol­vi­da­da en la pri­ma­ve­ra pue­de en­ros­car ahí su pe­la­je. Una no­che nun­ca se es­tre­lla con­tra otra no­che. Un día es só­lo un des­te­llo de luz en­tre las dos pun­tas de lo os­cu­ro. In­vi­si­bles co­mo le­tras en un li­bro ce­rra­do los muer­tos en la no­che no se ven ni por el ojo de una agu­ja. En un bu­que ro­dea­do de pul­pos y cen­to­llas su ca­pi­tán es el muer­to. Mu­chos he­mos na­ve­ga­do en un bu­que con el ca­pi­tán muer­to. ¿Quién no ha na­ve­ga­do con un muer­to que es­cri­be en su ataúd con la tin­ta de los ca­la­ma­res? En es­te ca­so co­mo en otros las mu­je­res no de­ben de­jar­se atra­par por un ma­ri­do que las con­ge­le con lá­gri­mas de río y las lle­ve a la muer­te. Da­le hi­jo a los muer­tos nom­bres dul­ces esos que se pro­nun­cian con el acen­to de las gru­llas. Pin­ta las ha­bi­ta­cio­nes don­de can­ta­ron los que se fue­ron no va­ya y un es­per­ma­to­zoi­de ocul­to se ani­me a resucitar en­tre las pier­nas de la mu­cha­cha que can­ta. No per­mi­tas hi­jo muer­tos que in­va­den los es­pe­jos don­de bri­llan las ce­ni­zas que aún sub­ya­cen en­tre las co­bi­jas con las que arro­pan sus cuer­pos. A ese muer­to de la re­su­rrec­ción dis­pa­ré mi re­vól­ver -Se­ñor Juez- y aún no can­ta­ba la pri­ma­ve­ra.

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