Poe­mas pa­ra una ora­ción in­di­vi­dual (Pin­tu­ras de Ra­fael)

La Opinión - Imágenes - - Poesía -

VIVO SIN VI­VIR EN MÍ

San­ta Te­re­sa de Ávi­la

Vivo sin vi­vir en mí y tan al­ta vi­da es­pe­ro que mue­ro por­que no mue­ro. Vivo ya fue­ra de mí, des­pués que mue­ro de amor, por­que vivo en el Se­ñor, que me qui­so pa­ra sí; cuan­do el co­ra­zón le di pu­so en mí este le­tre­ro: «Que mue­ro por­que no mue­ro». Es­ta di­vi­na unión, y el amor con que yo vivo, ha­ce a mi Dios mi cau­ti­vo y li­bre mi co­ra­zón; y cau­sa en mí tal pa­sión ver a mi Dios pri­sio­ne­ro, que mue­ro por­que no mue­ro. ¡Ay, qué lar­ga es es­ta vi­da! ¡Qué du­ros es­tos des­tie­rros, es­ta cár­cel y es­tos hie­rros en que es­tá el al­ma me­ti­da! Só­lo es­pe­rar la sa­li­da me cau­sa un do­lor tan fie­ro, que mue­ro por­que no mue­ro. Aca­ba ya de de­jar­me, vi­da, no me seas mo­les­ta; por­que mu­rien­do, ¿qué res­ta, sino vi­vir y go­zar­me? No de­jes de con­so­lar­me, muer­te, que an­sí te re­quie­ro: que mue­ro por­que no mue­ro.

SONETO A JE­SÚS CRUCIFICADO

(Anó­ni­mo. Pro­ba­bles au­to­res son San­ta Te­re­sa de Je­sús o San Juan de la Cruz) (Si­glo XVI)

No me mue­ve, mi Dios, pa­ra que­rer­te el cie­lo que me tie­nes pro­me­ti­do, ni me mue­ve el in­fierno tan te­mi­do pa­ra de­jar por eso de ofen­der­te. Tú me mue­ves, Se­ñor, mué­ve­me el ver­te cla­va­do en una cruz y es­car­ne­ci­do, mué­ve­me ver tu cuer­po tan he­ri­do, mué­ven­me tus afren­tas y tu muer­te. Mué­ve­me, en fin, tu amor, y en tal ma­ne­ra, que, aun­que no hu­bie­ra cie­lo, yo te ama­ra, y aun­que no hu­bie­ra in­fierno, te te­mie­ra. No me tie­nes que dar por­que te quie­ra, pues, aun­que lo que es­pe­ro no es­pe­ra­ra, lo mis­mo que te quie­ro te qui­sie­ra.

A JE­SÚS CRUCIFICADO

Lo­pe de Ve­ga

¿Quién es aquel Ca­ba­lle­ro he­ri­do por tan­tas par­tes, que es­tá de ex­pi­rar tan cer­ca, y no le so­co­rre na­die?

«Je­sús Na­za­reno» di­ce aquel ré­tu­lo no­ta­ble. ¡Ay Dios, que tan dul­ce nombre no pro­me­te muer­te in­fa­me!

Des­pués del nombre y la pa­tria, Rey di­ce más ade­lan­te, pues si es rey, ¿cuán­do de es­pi­nas han usa­do co­ro­nar­se?

Dos ce­tros tie­ne en las ma­nos, mas nun­ca he visto que cla­ven a los re­yes en los ce­tros los va­sa­llos des­lea­les.

Unos dicen que, si es Rey, de la cruz des­cien­da y ba­je; y otros que, sal­van­do a mu­chos, a sí no pue­de sal­var­se.

De lu­to se cu­bre el cie­lo, y el sol de san­grien­to es­mal­te, o pa­de­ce Dios, o el mun­do se di­suel­ve y se des­ha­ce.

Al pie de la cruz, Ma­ría es­tá en do­lor cons­tan­te, mi­ran­do al Sol que se po­ne en­tre arre­bo­les de san­gre.

Con ella su ama­do pri­mo ha­cien­do sus ojos ma­res, Cris­to los po­ne en los dos, más tierno por­que se parte.

¡Oh lo que sien­ten los tres! Juan, co­mo pri­mo y aman­te, co­mo ma­dre la de Dios, y lo que Dios, Dios lo sabe.

Al­ma, mi­rad có­mo Cris­to, pa­ra par­tir­se a su Pa­dre, vien­do que a su Ma­dre de­ja, le di­ce pa­la­bras ta­les:

Mu­jer, ves ahí a tu hi­jo y a Juan: Ves ahí tu Ma­dre. Juan que­da en lu­gar de Cris­to, ¡ay Dios, qué fa­vor tan gran­de!

Vien­do, pues, Je­sús que todo ya co­men­za­ba a aca­bar­se, Sed ten­go, dijo, que tie­ne sed de que el hom­bre se sal­ve.

Co­rrió un hom­bre y pu­so lue­go a sus la­bios ce­les­tia­les en una ca­ña una es­pon­ja lle­na de hiel y vi­na­gre.

¿En la bo­ca de Je­sús po­nes hiel?, hom­bre, ¿qué ha­ces? Mi­ra que por ese cie­lo de Dios las pa­la­bras sa­len.

Ad­vier­te que en ella pu­so con sus pe­chos vir­gi­na­les un ave su blan­ca le­che a cu­ya dul­zu­ra sabe.

Al­ma, sus la­bios di­vi­nos, cuan­do va­mos a ro­gar­le, ¿có­mo con vi­na­gre y hiel da­rán res­pues­ta sua­ve?

Lle­gad a la Vir­gen be­lla, y de­cir­le con el án­gel: «Ave, qui­tad su amar­gu­ra, pues que de gra­cia sois Ave».

Se­pa al vien­tre el fru­to san­to, y a la dul­ce pal­ma el dá­til; si tie­ne el al­ma a la puer­ta no ten­gan hiel los um­bra­les.

Y si dais le­che a Ber­nar­do, por­que de ma­dre os ala­be, me­jor Je­sús la me­re­ce, pues Ma­dre de Dios os ha­ce.

Dul­cí­si­mo Cris­to mío, aun­que esos la­bios se ba­ñen en hiel de mis gra­ves cul­pas, Dios sois, co­mo Dios ha­blad­me.

Ha­blad­me, dul­ce Je­sús, an­tes que la len­gua os fal­te, no os des­cien­dan de la cruz sin ha­blar­me y per­do­nar­me.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.