El via­je al más allá

La Opinión - Imágenes - - Conmemoración - Eu­rí­di­ce Gua­ji­ra

Un in­dio gua­ji­ro llo­ró du­ran­te mu­cho tiem­po, tan­to tiem­po, a su es­po­sa muer­ta que ella tu­vo pie­dad de él. Una no­che vino ha­cia él, en un sue­ño. Te­nía apa­rien­cia hu­ma­na. Pa­re­cía vi­va. Ella avan­zó ha­cia él.

–¡Es­po­sa mía! ¡Es­po­sa mía! ¡de­ten­te! ¡Es­toy allá! ¡No me de­jes!, gri­tó el gua­ji­ro, le­van­tán­do­se. Ella no res­pon­dió. Cru­zán­do­lo, apu­ró el pa­so.

El gua­ji­ro par­tió en su per­se­cu­ción. Co­rría, pe­ro no la po­día al­can­zar. Es­ta­ba cer­ca de ella, y sin em­bar­go no lle­ga­ba a asir­la…Al día si­guien­te, al al­ba, ella le ha­bló. –¿Por qué me per­si­gues tú? Es­toy per­di­da, he lle­ga­do a mi n. Soy una som­bra en la no­che…

¡Pe­ro ven con­mi­go si quie­res! Ven con­mi­go ya que llo­ras…Ella lo to­mó so­bre sus es­pal­das y par­tie­ron muy le­jos, ha­cia el cen­tro del mar, en di­rec­ción de Je­pi­ra, la tie­rra de los gua­ji­ros muer­tos. Ella avan­za­ba so­bre el agua, muy rá­pi­da, co­mo un pe­lí­cano. Muy pron­to lle­ga­ron a la otra ori­lla.

–¡Sí­gue­me! ¡apú­ra­te! ¡Ten­go sed! di­jo ella.

El gua­ji­ro se apu­ró. En­con­tra­ron en­ton­ces a Al­ca­ra­ván, el guar­dián del agua.

–El agua que be­ben los yo­lu­ja es­tá en un te­rreno cer­ca­do. Al­ca­ra­ván cui­da su en­tra­da–Al­ca­ra­ván es­ta­ba allí pa­ra­do.

–¡Tú de­bes que­dar­te aquí! di­jo la mu­jer a su es­po­so.

El gua­ji­ro se­dien­to mi­ra­ba. Se pre­ci­pi­tó. Al­ca­ra­ván le hi­zo to­mar pri­me­ro. La mu­jer be­bió en se­gui­da. Con­ti­nua­ron su ca­mino…

–Es con ella con la que yo ha­bía so­ña­do, di­jo des­pués el gua­ji­ro vien­do una puer­ta. La puer­ta se abrió por sí so­la. El gua­ji­ro se pre­ci­pi­tó pa­ra en­trar él pri­me­ro. Su es­po­sa co­rrió pa­ra in­ten­tar im­pe­dír­se­lo.

-¡Ven de­trás de mí!, ex­cla­mó ella. Pe­ro ya él se ha­bía ade­lan­ta­do.

Con­ti­nua­ron ca­mi­nan­do…Al al­ba, ha­bían lle­ga­do cer­ca de una mon­ta­ña. Era allí don­de la mu­jer ha­bi­ta­ba. An­tes de lle­gar a la ci­ma, atra­ve­sa­ron un te­rreno mo­ve­di­zo y ce­na­go­so. Se es­cu­cha­ba gen­tes ebrias ha­blar. Co­mi­dos tras del en­tie­rro de un muer­to, Un to­ro mu­gía, las ca­bras ba­la­ban…

Y so­bre los ca­ba­llos muer­tos, ga­lo­pa­ban los yo­lu­jas ebrios. Una vez que lle­ga­ron allí, cuan­do el sol apun­tó, las gen­tes que ha­bían muer­to ha­cía mu­cho tiem­po sa­lu­da­ron al gua­ji­ro. –¡Cuñado! le di­jo uno. –¿Có­mo es­tás ami­go?, le pre­gun­tó otro. –¡Pri­mo! ex­cla­mó un ter­ce­ro…To­dos eran yo­lu­ja. Só­lo el gua­ji­ro te­nía as­pec­to de vi­vien­te.

Allá co­mía el me­lón y la pa­ti­lla. Ca­da ma­ña­na, una mar­mi­ta y ali­men­tos preparados lo es­pe­ra­ban. Así, du­ran­te mu­chos días se que­dó con ella…

En la no­che, cuan­do su mu­jer que­ría com­par­tir el le­cho, ella sus­pen­día una ha­ma­ca. Pe­ro cuan­do aquél se apro­xi­ma­ba a ella, dis­pues­to a to­mar­la, ella des­apa­re­cía. El gua­ji­ro caía bo­ca aba­jo al sue­lo y la vol­vía a en­con­trar de pie, a su la­do. Ella no que­ría de­jar­lo que se jun­ta­ra con ella. Du­ran­te mu­cho tiem­po hi­zo eso… –Me han ve­ni­do a bus­car pa­ra ir a bai­lar, pe­ro tú, qué­da­te aquí, le di­jo ella un día.

–Se ha­bía or­ga­ni­za­do una dan­za yon­na. To­dos los yo­lu­ja ha­bían si­do in­vi­ta­dos-. –¡Yo voy con­ti­go! le di­jo el gua­ji­ro. Él que­ría se­guir­la.

–¡Allá me ha­rán co­sas que no te gus­ta­rá ver!

Los lu­ga­res del bai­le es­ta­ban ilu­mi­na­dos. Un gran nú­me­ro de per­so­nas ves­ti­das de ro­jo dan­za­ban. To­do apa­re­cía ro­jo. Al­guien to­ca­ba tam­bor.

Los bai­la­ri­nes se de­tu­vie­ron, pa­ra des­can­sar. Al­gu­nos se di­ri­gían a una ca­sa. En las ha­ma­cas, po­dían re­po­sar.

–¡Es­pé­ra­me aquí! di­jo la mu­jer. Pe­ro el gua­ji­ro in­sis­tió en se­guir­la. Jun­tos, die­ron unos pa­sos más, has­ta otra ca­sa. –¡Aho­ra, tú te que­das aquí! ¡Yo te trae­ré la co­mi­da! Es­ta vez el gua­ji­ro la de­jó par­tir…En se­gui­da de ello, los jó­ve­nes se acer­ca­ban a ella, la abra­za­ban. La be­sa­ban en la bo­ca…

El gua­ji­ro se apro­xi­mó, pa­ra ver me­jor. Le cho­có mu­cho. Dio me­dia vuel­ta y se re­gre­só a la ca­sa. La mu­jer cam­bió de ves­ti­do, y se re­gre­só a bai­lar. Su ma­ri­do no

le qui­ta­ba la vis­ta…Ha­cia el me­dio­día, ella le tra­jo un gran me­lón.

–¡Co­me con­mi­go! le di­jo. –No, no quie­ro na­da, ya he co­mi­do. Aquél in­sis­tió, ella com­par­tió su al­muer­zo en el in­te­rior de la ca­sa. Lue­go, se mar­chó y se pu­so de nue­vo a bai­lar. El gua­ji­ro es­ta­ba sen­ta­do, pe­ro na­die se acer­ca­ba a él. Cuan­do la no­che ca­yó, aquél se pre­ci­pi­tó al bai­le. Pe­ro cuan­do qui­so bai­lar, los que es­ta­ban allí se fue­ron, por­que es­ta­ba des­pier­to, por­que es­ta­ba vi­vo.

Su es­po­sa bai­ló to­da la no­che. El la bus­có, pe­ro no la en­con­tró. Las mu­je­res es­ta­ban ten­di­das, con las pier­nas se­pa­ra­das…To­da la no­che es­tu­vie­ron así.

Al al­ba, el gua­ji­ro en­con­tró una me­sa, cu­bier­ta de to­da cla­se de ali­men­tos preparados.

Le pa­re­cía que ha­bían lle­ga­do allí so­los, sin que na­die los hu­bie­se co­ci­na­do.

Se le mos­tró la me­sa. Y se le di­jo que se sir­vie­ra, pe­ro él pre­fi­rió co­mer so­lo, so­lo en su ca­sa. Por el con­tra­rio, su mu­jer se di­ri­gió a la me­sa…

Cuan­do el sol se ocul­tó, na­die se ha­bía acer­ca­do to­da­vía a él. En­ton­ces, vio lle­gar a un hom­bre, aquél que ha­bía si­do el pri­me­ro, –una so­la vez–, en po­seer a su es­po­sa an­tes de su ma­tri­mo­nio.

El hom­bre se aco­pló con ella, mien­tras que otros, los que la ha­bían to­ma­do a con­ti­nua­ción, la pe­ne­tra­ban por to­das par­tes: el uno por aquí, el otro por allá…por la ore­ja, por la na­riz…

El gua­ji­ro es­ta­ba muy con­tra­ria­do y par­tió al al­ba. Pe­ro el ca­mino por don­de ha­bían ve­ni­do se bi­fur­ca­ba. El gua­ji­ro se equi­vo­có. Es­co­gió el ca­mino que lle­va­ba a Ju­yá. Per­di­do, du­ran­te una luna en­te­ra, ca­mi­nó. Iba re­co­gien­do las au­ya­mas, las fru­tas de car­dón, las fru­tas de se­me­ru­co y de cau­ja­ro. Ellas es­ta­ban allí pa­ra él, y po­día co­mer­las has­ta sa­ciar­se.

Ca­da ma­ña­na, las va­cas le­che­ras de Ju­yá ve­nían a su en­cuen­tro. Por la tar­de, de regreso, pa­sa­ban de nue­vo de­lan­te de él. Una de ellas era muy vieja. Te­nía mu­chí­si­ma le­che, y se que­da­ba atrás. –¿De dón­de ven­drán? se pre­gun­ta­ba el gua­ji­ro. Un día, aquél atra­pó la co­la de la va­ca vieja. Así lle­gó don­de Ju­yá. Ju­yá lo veía ve­nir. –¡Allí es­tá mi nie­to! di­jo, es­tre­chán­do­lo.

–¿Có­mo has lle­ga­do has­ta aquí? –¡He ca­mi­na­do! ¡Sién­ta­te en mi ban­co!

–Pe­ro si es una boa, se di­jo a sí mis­mo lleno de pá­ni­co. –¡Va­mos, sién­ta­te!

–¡Si de­bo mo­rir, mo­ri­ré! El gua­ji­ro se sen­tó con­tra su vo­lun­tad. El ban­co se en­ro­lló en se­gui­da…

–¡An­da y bús­ca­me una pa­ti­lla, pa­ra que co­ma mi hi­jo! or­de­nó en­ton­ces Ju­yá.

El gua­ji­ro cortó la fru­ta, una so­la ta­ja­da le fue su­fi­cien­te pa­ra sa­ciar­se.

–Aquí, hay mu­cha ca­za; per­di­ces, co­ne­jos, cor­zos, ve­na­dos…Pri­me­ro an­da a bus­car a los cor­zos, ¡por­que quie­ro co­mer! le di­jo Ju­yá. El hom­bre par­tió en bus­ca de un cor­zo. En­con­tró a un in­dio Ku­si­na. Es­te te­nía en la mano una fle­cha y lle­va­ba una co­ro­na de cor­te­za de cu­jí, y plu­mas de ga­llo su­per­pues­tas. –Y bien, ¿có­mo vas? le pre­gun­tó al gua­ji­ro.

–¡Bue­nos días! –¡Bus­co a los cor­zos! di­jo el gua­ji­ro. –¡Bus­ca, bus­ca! El gua­ji­ro no en­con­tró nin­gún cor­zo. Can­sa­do, se re­gre­só. –En­ton­ces, ¿Qué has en­con­tra­do? le pre­gun­tó Ju­yá. –A un hom­bre lle­van­do una fle­cha y una co­ro­na en cu­jí. –¡Es él! ¡flé­cha­lo! El gua­ji­ro se fue y le lan­zó sus fle­chas. Tra­jo de regreso a los cor­zos…

–¡Quie­ro co­mer ve­na­do! ¡An­da y bús­ca­me uno!, di­jo Ju­yá. El gua­ji­ro se en­con­tró a un in­dio ri­co. Es­te lle­va­ba un cin­tu­rón ro­jo, tra­je y som­bre­ro.

–¿Adón­de vas? le pre­gun­tó el hom­bre ri­co. –¡Voy a bus­car ve­na­dos! –¡Bus­ca, bus­ca! El gua­ji­ro na­da en­con­tró. Re­gre­só cuan­do se hu­bo fa­ti­ga­do.

–¿En­ton­ces? di­jo Ju­yá. –¡He en­con­tra­do so­la­men­te a un in­dio ri­co! –¡Es él, tí­ra­le! El gua­ji­ro se fue y ti­ró so­bre el in­dio. Tra­jo un ve­na­do…

–¡Aho­ra an­da a bus­car­me co­ne­jos! – No he vis­to co­ne­jos, sino gen­tes que jue­gan ou­la­ka­waa, con lia­nas de wa­lee­ru. –¡Son ellos! ¡An­da y cá­za­los! di­jo Ju­yá; El gua­ji­ro fue a fle­char­los. Ellos to­ma­ron en se­gui­da la for­ma de sim­ples co­ne­jos…–Ten­go aquí to­da cla­se de plan­tas cul­ti­va­das: pa­ti­llas, me­lo­nes, maíz, au­ya­ma… ¿Qué quie­res co­mer? le pre­gun­tó es­ta vez Ju­yá.

–Me gus­ta­ría co­mer pa­ti­lla. –¡Ve a bus­car­las! El gua­ji­ro se fue. –¡Yo soy ami­ga de Ju­yá! di­jo una pa­ti­lla. Las pa­ti­llas ha­bla­ban, ellas te­nían for­ma hu­ma­na. –¡Bue­nos días! res­pon­dió el gua­ji­ro. –¿Qué bus­cas? –¡Bus­co pa­ti­llas! –Y bien, ¡bus­ca, bus­ca! El gua­ji­ro se vol­teó. No en­con­tró na­da.

–¿Qué has vis­to? le pre­gun­tó Ju­yá. –He vis­to gen­te de piel ne­gra, con sus hi­jos. –¡Es de eso que se tra­ta! ¡De­bes acer­car­te! El gua­ji­ro par­tió. Tra­jo una pa­ti­lla enor­me, bri­llan­te, ju­go­sa…–¿Es és­ta? pre­gun­tó a su vez. –Sí, vas a co­mér­te­la hoy mis­mo ¡y en­te­ra! di­jo Ju­yá.

–¿Qué quie­res aho­ra? –Quie­ro co­mer au­ya­mas. –An­da a bus­car­las. El gua­ji­ro en­con­tró gen­tes de vien­tres do­bles, de vien­tres enor­mes. –¿Dón­de vas? le pre­gun­ta­ron. –Voy a bus­car au­ya­ma. –Y bien, ¡an­da! El gua­ji­ro no en­con­tró na­da. Se re­gre­só cuan­do se can­só. –¿En­ton­ces? di­jo Ju­yá. –¡No hay na­da! –¿Qué has vis­to? –¡Unos hom­bres ven­tru­dos! –¡Son ellos! ¡an­da a bus­car­los! “¿Qué irá a ha­cer aho­ra”? se pre­gun­ta­ba Ju­yá. El gua­ji­ro par­tió nue­va­men­te. –¿Es

aque­llo? di­jo al re­gre­sar. –¡Sí, es ello! Cortó la au­ya­ma en dos, pe­ro co­mió muy po­co.

–¿Qué quie­res aho­ra? –Quie­ro co­mer maíz. –¡Ve a bus­car­lo! “¿Cuán­ta gen­te de pu­bis pe­lu­do irá a ver?” se pre­gun­ta­ba Ju­yá. –¿Qué has en­con­tra­do? pre­gun­tó al gua­ji­ro a su regreso. –He vis­to gen­te de pu­bis muy pe­lu­do. –¡Es ello! ¡re­gre­sa! El gua­ji­ro tra­jo el maíz.

–¿Tie­nes me­lo­nes? –¡Allí hay! di­jo Ju­yá. –¡Quie­ro co­mer! “¿Qué irá a ha­cer con los pe­que­ños ali­ju­na?” se pre­gun­ta­ba Ju­yá. El gua­ji­ro bus­có por to­das par­tes, pe­ro no vio más que a los ali­ju­na. He vis­to só­lo a los ali­ju­na. –¡Son ellos, an­da a bus­car­los! El gua­ji­ro re­gre­só con los me­lo­nes.

Ju­yá di­jo en­ton­ces: –Tú te que­da­rás aquí, mi hi­jo. Yo me voy aho­ra, ¡pe­ro tú no te mue­vas! No te ocu­rri­rá na­da. Pe­ro, ¡cui­da­do! No va­yas a pa­sear allí don­de se en­cuen­tra mi es­po­sa. Pü­la­sü tiá: ella tie­ne po­de­res so­bre­na­tu­ra­les. Su ca­sa es­tá cer­ca de aquí, en es­ta di­rec­ción. De­lan­te, hay una gran en­ra­ma­da. No te acer­ques, pues es allí don­de vi­ve ella.

–Su es­po­sa era Pu­lo­wi. Pü­loui nie­rüin Ju­yá, Mü­müs­hii: Pu­lo­wi es la es­po­sa de Ju­yá, di­cen los gua­ji­ros–. Ju­yá se ale­jó. Iba a ha­cer llo­ver, en al­gún lu­gar so­bre la tie­rra. El gua­ji­ro lo vio par­tir, con sus bo­te­llas. –Ju­yá lle­va siem­pre con­si­go bo­te­llas, pa­ra me­ter la san­gre de los hom­bres. Esa san­gre no se pier­de. Se la lle­va a Pu­lo­wi, pa­ra que ella la be­ba. Pu­lo­wi no co­me nun­ca con él. Ella se ali­men­ta de la san­gre de los in­dios–. Allá, no ha­bía na­die.

El gua­ji­ro se pu­so a ca­mi­nar. –¿A qué se pa­re­ce­rá su es­po­sa, es­ta mu­jer de po­de­res so­bre­na­tu­ra­les? se pre­gun­ta­ba.

Es­te que­ría ver­la. El gua­ji­ro mi­ró por la ven­ta­na. Vio en­ton­ces a la mu­jer de Ju­yá, sin ta­pa­rra­bo, las pier­nas abier­tas. Cuan­do pu­so los ojos en ella, és­ta es­ta­lló: –¡Ouu…ooo­lo­jo­lon! El gua­ji­ro se pre­ci­pi­tó al sue­lo, bo­ca aba­jo. Ca­yó, tie­so co­mo un muer­to, al oes­te de la cer­ca.

Ju­yá ha­bía es­cu­cha­do to­do. –¡Ay! Es­te hom­bre no aten­dió a mis con­se­jos…

Es­te de­ci­dió re­gre­sar don­de aquél–. Cuan­do Ju­yá re­gre­só, ha­cía ya un buen ra­to que el gua­ji­ro es­ta­ba ten­di­do so­bre la tie­rra. Su vien­tre es­ta­ba hin­cha­do…

Ju­yá lo aga­rró y lo pu­so de pie. –¡Qué des­gra­cia, el hom­bre que no es­cu­cha!

¿Por qué has he­cho eso? ¡Por tu fal­ta, me re­ga­ña­rán! di­jo Ju­yá. –¡Duer­me aho­ra! ¡Duer­me! aña­dió. Fue don­de Pu­lo­wi. –¿Qué le ha ocu­rri­do a mi nie­to? ¿por qué ha muer­to? Pre­gun­tó Ju­yá a Pu­lo­wi. –Es­tá muer­to por­que ha vis­to, res­pon­dió su es­po­sa.

¿Por qué has ido a bus­car a ese hom­bre?

De­be­ría co­mer­lo, ¡co­mo to­do lo que re­co­ges! –¡Có­me­lo si quie­res! Con ra­bia Ju­yá se ha­bía ex­pre­sa­do así. –Quie­ro cor­tar­lo en dos par­tes, ¡Ma­ña­na co­me­ré la mi­tad!, di­jo en­ton­ces Pu­lo­wi. Pe­ro allá vi­vía Ale­ke­rü, Ara­ña. Era una vie­je­ci­ta de ca­be­llos blan­cos. Ella ha­bía es­cu­cha­do to­do y fue a con­tár­se­lo al gua­ji­ro. –¡Pu­lo­wi te co­me­rá ma­ña­na! Por cul­pa tuya se han pe­lea­do, y Ju­yá te ha de­ja­do a ella. Pe­ro si tú qui­sie­ras ir­te, yo po­dría guiar­te. Par­ti­re­mos de no­che. Al al­ba lle­ga­re­mos cer­ca de dón­de tú vi­ves. Sé de dón­de vie­nes. por­que yo er­ma­nez­co con Ju­yá. Co­noz­co el nom­bre del lu­gar don­de vi­ves…

–¡Ha­ré lo que me pro­po­nes!, di­jo el gua­ji­ro. Du­ran­te la no­che, fue a ver a Ara­ña. –¡Sube a la gru­pa! le di­jo ella. Aqué­lla co­men­zó a des­cen­der. Ella ha­cía una pe­lo­ta. Sol­tan­do el cor­de­li­llo se­gre­gan­do su hi­lo, ella lo de­po­si­tó al lu­gar de don­de par­tió, muy cer­ca de su ca­sa. An­tes de de­jar­le par­tir, Ara­ña le di­jo to­da­vía: –Cuan­do lle­gues a tu ca­sa tu ma­dre y tu her­ma­na ten­drán mie­do. Ellas que­rrán llo­rar­te. Im­pí­de­les que lo ha­gan. Ya que, si ellas llo­ran, tú mo­ri­rás. No cuen­tes tam­po­co lo que te ha ocu­rri­do. Si guar­das el se­cre­to, po­drás to­da­vía ca­mi­nar mu­cho tiem­po. Si no, mo­ri­rás.

La ca­be­lle­ra del gua­ji­ro era abun­dan­te. Le caía muy aba­jo. Su bar­ba es­ta­ba lar­ga, no se ha­bía afei­ta­do des­de ha­cía mu­cho tiem­po.

–¿De dón­de vie­nes? le pre­gun­ta­ron su ma­dre y her­ma­na. –¡Si yo les di­go lo que he­cho, mo­ri­ré! di­jo el gua­ji­ro. No les con­tó na­da. Su her­ma­na llo­ra­ba. –¡No me llo­res! le or­de­nó. Cuan­do es­ta­ba con ellas, se cui­da­ba de no de­cir na­da. Pe­ro un día, es­te con­tó adón­de ha­bía ido. Cuan­do ter­mi­nó de con­tar su his­to­ria, mu­rió. Se fue di­rec­ta­men­te a Je­pi­ra, la tie­rra de los yo­lu­ja… *Ver­sión de Mi­chel Pe­rrin, en El ca­mino de los in­dios muer­tos. Ca­ra­cas: Mon­te Ávi­la Editores, 1980. *Re­la­to con­ta­do por Luu­ka Ii­pua­na el 23 de di­ciem­bre de 1969, y lue­go el 1º de agos­to de 1973. Es­te hom­bre de al­re­de­dor.

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