La va­ca so­ña­do­ra

La Opinión - Mundo Infantil - - Portada -

Ha­bía una vez en un cam­po de Su­ba­cho­que una va­ca so­ña­do­ra, que no veía las ho­ras pa­ra que pa­sa­ra el tren. Se­rá tal vez, por su ai­re de gran­de­za, que mo­vía su ca­be­za, pa­ra ver­lo pa­sar.

To­dos los días la mis­ma his­to­ria, pa­ra ella se­ría la glo­ria si al­gún día pu­die­ra via­jar. Co­no­cer otras ciu­da­des, los tea­tros y las re­vis­tas. Y con­se­guir al­gu­na en­tre­vis­ta con al­gún ga­lán de no­ve­la, ese hom­bre que tan­to la des­ve­la y que veía só­lo por la te­le.

Ella no po­día di­si­mu­lar tan­to ner­vio que sen­tía, su te­le­vi­sión. Co­mo so­ñar no cues­ta na­da, to­das las no­ches le pe­día a su ha­da que se hi­cie­ra reali­dad.

Por esas co­sas del des­tino o a lo me­jor fue res­pues­ta a sus pe­di­dos, es que el tren un día pa­ró, por des­per­fec­to de la má­qui­na y fren­te al cam­po se que­dó.

La va­ca so­ña­do­ra no lo po­día creer y le pi­dió con tan­ta fe a su san­to San Ro­que, ¡por fa­vor que hoy me to­que! y le in­vi­ten a su­bir. El co­ra­zón le la­tía, mien­tras se des­pe­día de las de­más.

Y así par­tió la va­ca rum­bo a la gran ciu­dad, sen­ta­da en so­le­dad; por la ven­ta­ni­lla sa­lu­da­ba, a sus ami­gas le ti­ra­ba be­si­tos de des­pe­di­da, pro­me­tién­do­les re­gre­sar. Mu­cho tiem­po pa­só, na­die su­po más de ella, qui­zás ya sea una es­tre­lla, que triun­fa en la ca­pi­tal y de no­so­tras se ol­vi­dó.

Pe­ro un día el tren pa­ró, en el cam­po de Su­ba­cho­que y no po­dían creer cuan­do ella se ba­jó. Es­ta­ba dis­tin­ta, es­ta­ba del­ga­da y de las pier­nas le col­ga­ba unas ca­de­nas im­por­tan­tes y aun­que no era co­mo an­tes, sus ami­gas la que­rían igual y con gran al­ga­ra­bía la sa­lie­ron a en­con­trar.

Ya ha­bla­ba dis­tin­to, ha­bla­ba apor­te­ña­da, de­cía que año­ra­ba a sus ami­gas de la in­fan­cia y con tan­tas an­sias vol­vió a su cam­po na­tal.

Con­ta­ba con lá­gri­mas en los ojos que no pu­do cum­plir sus sueños ni an­to­jos y que por ca­mi­nar en una ave­ni­da es­tu­vo pre­sa en la ca­pi­tal. ¡Es­to sí que es vi­da! ¡Es­to es tran­qui­li­dad! Aquí en mi cam­po pue­do ca­mi­nar, aun­que arras­tran­do mis ca­de­nas. No se­rá la ca­pi­tal, pe­ro es un ai­re dis­tin­to, y se vi­ve en li­ber­tad.

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