El prin­ci­pi­to y el zo­rro

La Opinión - Mundo Infantil - - Portada -

En su via­je por di­fe­ren­tes pla­ne­tas del uni­ver­so, el prin­ci­pi­to lle­gó a la Tie­rra, y se en­con­tró con un zo­rro; al con­ver­sar y en­trar en con­fian­za, el zo­rro pi­de al prin­ci­pi­to que lo do­mes­ti­que, y le ex­pli­ca el sig­ni­fi­ca­do de ser do­mes­ti­ca­do. Pa­ra el zo­rro ser do­mes­ti­ca­do cam­bia­rá su re­la­ción con el prin­ci­pi­to, al pun­to de que él se­rá úni­co pa­ra él, se­rán ami­gos, se ne­ce­si­ta­rán y al mo­men­to de des­pe­dir­se, se en­tris­te­ce­rán y lue­go se ex­tra­ña­rán.

El zo­rro y el prin­ci­pi­to, se con­vier­ten en ami­gos, y el zo­rro da al prin­ci­pi­to lec­cio­nes so­bre la vi­da y el amor; en sus con­ver­sa­cio­nes, el prin­ci­pi­to le con­ta­rá so­bre su ro­sa, a la cual ha de­ja­do en su pla­ne­ta pa­ra ha­cer su via­je por el uni­ver­so, le re­fe­ri­rá que la ha cui­da­do y re­ga­do, que la ama, y que aho­ra la ex­tra­ña. El zo­rro, en­ton­ces, in­vi­ta al prin­ci­pi­to a ver una mul­ti­tud de ro­sas que hay un jar­dín; —Ve­te a ver las ro­sas, le di­ce; com­pren­de­rás que la tu­ya es úni­ca en el mun­do. Vol­ve­rás a de­cir­me adiós y yo te re­ga­la­ré un se­cre­to.

El prin­ci­pi­to se fue a ver las ro­sas a las que di­jo:—No son na­da, ni en na­da se pa­re­cen a mi ro­sa. Na­die las ha do­mes­ti­ca­do ni us­te­des han do­mes­ti­ca­do a na­die. Son co­mo el zo­rro era an­tes, que en na­da se di­fe­ren­cia­ba de otros cien mil zo­rros. Pe­ro yo le hi­ce mi ami­go y aho­ra es úni­co en el mun­do.

Al ver las ro­sas, el prin­ci­pi­to las ad­mi­ra, pe­ro pa­ra él, nin­gu­na de ellas pue­de re­em­pla­zar a su ro­sa, aun­que to­das ellas sean idénticas a ella. En­tien­de que su ro­sa es úni­ca por­que la ha do­mes­ti­ca­do, que lo que la ha he­cho im­por­tan­te pa­ra él ha si­do to­do el tiem­po que ha com­par­ti­do con ella. Las ro­sas se sen­tían mo­les­tas oyen­do al prin­ci­pi­to, que con­ti­nuó di­cién­do­les:

—Son muy be­llas, pe­ro es­tán va­cías y na­die da­ría la vi­da por us­te­des. Cual­quie­ra que las vea po­drá creer in­du­da­ble­men­te que mí ro­sa es igual que cual­quie­ra de us­te­des. Pe­ro ella se sabe más im­por­tan­te que to­das, por­que yo la he re­ga­do, por­que ha si­do a ella a la que abri­gué por­que yo le ma­té los gu­sa­nos (sal­vo dos o tres que se hi­cie­ron ma­ri­po­sas) y es a ella a la que yo he oí­do que­jar­se, ala­bar­se y al­gu­nas ve­ces has­ta ca­llar­se. ¡En fin, por­que es mi ro­sa! Y vol­vió con el zo­rro.

El zo­rro, en­ton­ces, se da cuen­ta de que el prin­ci­pi­to es­tá lis­to pa­ra oír su se­cre­to, una en­se­ñan­za muy im­por­tan­te que le ha­rá com­pren­der lo que ha pa­sa­do, y le di­ce: “so­lo con el co­ra­zón se pue­de ver bien; lo esen­cial es in­vi­si­ble a los ojos”; así, el prin­ci­pi­to ha­ce una re­fle­xión so­bre el ver­da­de­ro va­lor de las co­sas, su ver­da­de­ra esen­cia; en­tien­de que los ojos pue­den en­ga­ñar­nos, pe­ro no así el co­ra­zón. El co­ra­zón es ca­paz de di­fe­ren­ciar una ro­sa en­tre mil…

El prin­ci­pi­to, es­cri­ta por Saint Exu­péry es una obra que lla­ma a ver más allá del as­pec­to de las co­sas, pues la ver­da­de­ra be­lle­za es la in­te­rior, la úni­ca que no pe­re­ce, la úni­ca que no se pue­de arre­ba­tar y que so­lo se pue­de ver cuan­do se mi­ra con los ojos del al­ma:Crea tu pro­pia be­lle­za, y cul­tí­va­te con los pe­que­ños de­ta­lles. Por­que so­lo se ve bien con el co­ra­zón, pues lo esen­cial es in­vi­si­ble a los ojos…

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