LAS FA­VE­LAS

en el Bra­sil de los Olím­pi­cos

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El asen­ta­mien­to de po­bla­cio­nes de muy ba­jos re­cur­sos eco­nó­mi­cos es un fe­nó­meno que se re­pi­te en la geo­gra­fía la­ti­noa­me­ri­ca­na y en mu­chos otros te­rri­to­rios. Ba­jo la de­no­mi­na­ción de fa­ve­las, en Bra­sil so­bre­sa­len a ma­ne­ra de ce­rros, an­te el des­me­su­ra­do y mo­derno cre­ci­mien­to ur­bano de sus al­re­de­do­res. En Vi­di­gal, por ejem­plo se con­cen­tra una de las ma­yo­res or­ga­ni­za­cio­nes del cri­men or­ga­ni­za­do de Río de Ja­nei­ro y se­gún al­gu­nos se pue­de ob­ser­var a la dis­tan­cia la vi­vien­da del fut­bo­lis­ta Da­vid Beck­man. Pe­ro en me­dio de la lu­cha por la su­per­vi­ven­cia en es­tos lu­ga­res per­sis­te la bús­que­da de la su­pera­ción. Es­tos re­la­tos son de pe­rio­dis­tas de la agen­cia Efe, a pro­pó­si­to de la mi­ra­da que tie­nen pues­ta en la Na­ción ca­rio­ca y sus Jue­gos Olím­pi­cos 2016.

Ni­ños co­rren en la pis­ta de atle­tis­mo en la vi­lla olím­pi­ca de Vi­di­gal. Vis­ta de una fa­ve­la en el ba­rrio de San­ta Te­re­za, con el es­ta­dio Ma­ra­ca­ná al fon­do.

La otra «vi­lla olím­pi­ca»

Vi­di­gal, co­mo su ve­ci­na Ro­cin­ha —una de las fa­ve­las más po­pu­lo­sas de Río de Ja­nei­ro—, es­tá ba­jo el con­trol de Ami­gos de los Ami­gos, una de las ma­yo­res or­ga­ni­za­cio­nes de cri­men or­ga­ni­za­do de la ciu­dad; Alei­xan­dre tie­ne 17 años. En­tre­na en la «vi­lla olím­pi­ca» y le ha­bría gus­ta­do ser fut­bo­lis­ta pe­ro aho­ra ni si­quie­ra as­pi­ra a acer­car­se a al­gu­na de las es­tre­llas de las Olim­pia­das de 2016 por­que su can­cha es­tá en la fa­ve­la de Vi­di­gal, en el Río de Ja­nei­ro que no ve­rán los «olím­pi­cos».

Co­mo Alei­xan­dre, más de 1.500 ni­ños y ado­les­cen­tes de Vi­di­gal en­tre­nan en la «vi­lla olím­pi­ca» de la fa­ve­la, una mo­des­ta ins­ta­la­ción de­por­ti­va de la Al­cal­día de Río de Ja­nei­ro con es­pa­cio pa­ra prac­ti­car una de­ce­na de de­por­tes, des­de fút­bol a atle­tis­mo pa­san­do por ba­lon­ces­to y vo­lei­bol.

La «vi­lla olím­pi­ca» de Vi­di­gal, en uno de los pun­tos más al­tos de la fa­ve­la, es la úni­ca de las 22 cons­trui­das por la ad­mi­nis­tra­ción mu­ni­ci­pal en «co­mu­ni­da­des» (fa­ve­las o zo­nas mar­gi­na­les) que es­tá en un mo­rro (mon­ta­ña).

Abier­ta en 2012, en los te­rre­nos que aho­ra ocu­pa el re­cin­to, los ni­ños y jó­ve­nes de es­ta zo­na ju­ga­ban al fút­bol años an­tes. Un nar­co­tra­fi­can­te lo­cal se ocu­pó de lim­piar la ma­le­za y abrir un es­pa­cio al de­por­te pa­ra los ado­les­cen­tes, pe­ro mu­rió du­ran­te un ti­ro­teo y la pre­fec­tu­ra lo con­vir­tió en un po­li­de­por­ti­vo. En es­ta «vi­lla» em­pe­za­ron a pe­gar­le al ba­lón ju­ga­do­res lo­ca­les que lue­go pa­sa­ron al Fla­men­go, al Bo­ta­fo­go y al Co­rin­tians y se for­mó tam­bién al­gún ba­lon­ces­tis­ta y una atle­ta pro­fe­sio­nal.

A la en­tra­da, un car­tel ubi­ca al vi­si­tan­te: «Vi­lla Olím­pi­ca de Vi­di­gal». A un la­do, una im­pre­sio­nan­te vis­ta al mar. Al otro, un ba­su­re­ro, ca­lles a me­dio as­fal­tar y, a po­cos me­tros, un pues­to de la po­li­cía, que se ins­ta­ló de for­ma per­ma­nen­te des­de que se pa­ci­fi­có la fa­ve­la, en 2011.

«Es una ins­ta­la­ción mo­des­ta, pe­ro los pa­dres sa­ben que aquí sus hi­jos pue­den es­tar tran­qui­los, pue­den ha­cer de­por­te y es­tar se­gu­ros, es im­por­tan­te pa­ra sus vi­das y pa­ra que pue­dan ser bue­nas per­so­nas», ex­pli­ca a Efe Ti­be­rio, que se ocu­pa de la coor­di­na­ción del re­cin­to.

Alei­xan­dre se sien­te se­gu­ro en la vi­lla olím­pi­ca. Al me­nos más que en las ca­lles, aun­que Vi­di­gal es­tá con­si­de­ra­da una de las fa­ve­las más or­de­na­das. Tan­to que en los úl­ti­mos años ha vi­vi­do un «boom» ali­men­ta­do por la lle­ga­da de ex­tran­je­ros atraí­dos por su ex­tra­or­di­na­ria ubi­ca­ción —so­bre el aco­mo­da­do ba­rrio de Le­blon y con una vis­ta es­pec­ta­cu­lar de Río— y por los ve­ci­nos «ilus­tres», co­mo Da­vid Beckham.

«Beckham tie­ne una ca­sa aquí, en la par­te de aba­jo» pre­su­me Alei­xan­dre, que sa­be muy bien có­mo ac­tuar en ca­so de dis­tur­bios en la fa­ve­la: «Hay que co­rrer, es­con­der­se y ti­rar­se al sue­lo», di­ce co­mo si re­la­ta­ra un he­cho co­ti­diano. Su ami­go Ariel, de 17 años, asien­te con la ca­be­za. «Co­rrer y ti­rar­se al sue­lo» re­pi­te.

La pre­sen­cia po­li­cial no evi­ta los ti­ro­teos y los en­fren­ta­mien­tos con los «ban­di­dos», co­mo los ve­ci­nos se re­fie­ren a los nar­co­tra­fi­can­tes.

Po­cos ado­les­cen­tes quie­ren ha­blar del te­ma y de la pre­sen­cia de la po­li­cía en el ba­rrio. «La po­li­cía es peor que los ban­di­dos. To­dos son co­rrup­tos. A al­gu­nos ya los co­no­ce­mos y ayu­dan, pe­ro la ma­yo­ría es ruin», se atre­ve a co­men­tar uno de los jó­ve­nes que en­tre­na en la «vi­lla».

Aun así, to­dos pre­su­men de Vi­di­gal. «Es le­gal de­mais (es de­ma­sia­do)», di­cen. Y ase­gu­ran que quie­ren vi­vir pa­ra siem­pre en la fa­ve­la. An­dreia, sin em­bar­go, no ve el mo­men­to de sa­lir. Se ca­só con 16 años y a sus 42 tie­ne tres hi­jos. «No qui­to el ojo de en­ci­ma de ellos. Los lle­vo y los trai­go del co­le­gio. Les acom­pa­ño cuan­do ba­jan a ju­gar y a ha­cer de­por­te. Me da mie­do que al­guien se los lle­ve o que les pa­se al­go», re­co­no­ce. An­dreia es­qui­vó las ba­las per­di­das de un ti­ro­teo en su pro­pia ca­sa y no quie­re que sus hi­jos vi­van una ex­pe­rien­cia si­mi­lar. «La fa­ve­la ha me­jo­ra­do mu­cho, pe­ro aquí no hay ex­pec­ta­ti­vas de fu­tu­ro, no hay sa­li­da», se la­men­ta.

Em­pie­za a caer la tar­de y Moi­sés, de 13 años, se acer­ca a la «vi­lla olím­pi­ca» de la mano de su her­mano de 4. Moi­sés tie­ne ins­truc­cio­nes cla­ras so­bre có­mo cui­dar de su her­mano y reac­cio­nar an­te un in­ci­den­te: «Si en­cuen­tro a una per­so­na con un ar­ma no ten­go que co­rrer por­que me pue­de dis­pa­rar, ten­go que se­guir an­dan­do».

Cuan­do se le pre­gun­ta quién pue­de lle­var un ar­ma no lo du­da ni un mo­men­to: «La po­li­cía va con ar­mas. De ellos hay que te­ner mie­do. El ban­di­do es bueno»

Un mi­la­gro en la fa­ve­la ma­yor

Cam­biar la vi­da a mi­les de ni­ños de He­lió­po­lis, la ma­yor fa­ve­la de Sao Pau­lo, al crear ha­ce dos dé­ca­das una or­ques­ta que ha lle­ga­do a to­car pa­ra el Pa­pa es el «mi­la­gro» obra­do por Sil­vio Bac­ca­re­lli, ins­pi­ra­ción del bra­si­le­ño Sér­gio Ma­cha­do pa­ra su nue­va pe­lí­cu­la, El pro­fe­sor de vio­lín.

Por eso y aun­que, se­gún con­fie­sa en una en­tre­vis­ta con Efe, se to­mó «al­gu­nas li­ber­ta­des», el ci­neas­ta —na­ci­do en Sal­va­dor de Bahía en 1968—, se ba­só en la con­mo­ve­do­ra his­to­ria de Bac­ca­re­lli (1931) pa­ra crear a Laer­tres, el pro­ta­go­nis­ta del fil­me.

El pro­fe­sor de vio­lín, par­te del mo­men­to en el que, en la dé­ca­da de los 90, el jo­ven Laer­tes es re­cha­za­do por la pres­ti­gio­sa Or­ques­ta Sin­fó­ni­ca del Es­ta­do.

«Era una per­so­na con mie­do que pen­sa­ba que no iba a po­der de­di­car­se nun­ca más a lo úni­co que sa­be, la mú­si­ca, y es­ta es la his­to­ria de có­mo con­si­gue cam­biar», ex­pli­ca Ma­cha­do.

La «evo­lu­ción in­ter­na» del pro­fe­sor, su ca­pa­ci­dad de su­pe­rar sus miedos y lo que «apren­de» gra­cias a la ex­pe­rien­cia de la crea­ción de la or­ques­ta ju­ve­nil ac­túan co­mo ejes de la his­to­ria, así co­mo los «cam­bios» que su ac­ción pro­vo­ca en la «co­mu­ni­dad», ase­gu­ra el rea­li­za­dor.

Pe­ro es­ta tier­na y emo­ti­va his­to­ria, que re­cuer­da por mo­men­tos a Los chi­cos del co­ro y Billy Elliot, re­fle­ja tam­bién la du­re­za de la vi­da en las fa­ve­las bra­si­le­ñas a la que Laer­tes tra­ta­rá de im­po­ner­se a tra­vés del po­der trans­for­ma­dor de la mú­si­ca y el fuer­te víncu­lo que le uni­rá a sus alum­nos.

Una de las «li­ber­ta­des» que se to­mó Ma­cha­do en El pro­fe­sor de vio­lín fue con­ver­tir a Bac­ca­re­lli en un hom­bre ne­gro, al que da vi­da el tam­bién bra­si­le­ño Lá­za­ro Ramos, ac­tor, presentador, ci­neas­ta y es­cri­tor de li­te­ra­tu­ra in­fan­til muy po­pu­lar en su país.

El di­rec­tor tam­bién con­ver­só «en can­ti­dad de oca­sio­nes» no so­lo con el pro­fe­sor y sa­cer­do­te — quien se ha emo­cio­na­do «mu­cho» al ver su his­to­ria en la gran pan­ta­lla— sino tam­bién con al­gu­nos de los «po­co más de 20» miem­bros de la pri­me­ra ge­ne­ra­ción de la or­ques­ta Bac­ca­re­lli.

«Fue muy im­por­tan­te el con­tac­to con Gra­cie­la —una de las chi­cas—, que es hi­ja de un tra­fi­can­te de He­lió­po­lis que, des­pués de ha­ber te­ni­do una vi­da muy di­fí­cil, se con­vir­tió en una im­por­tan­te vio­lis­ta», cuen­ta el di­rec­tor.

Y es que, se­gún Ma­cha­do, una «gran par­te» de los jó­ve­nes de He­lió­po­lis son hoy mú­si­cos pro­fe­sio­na­les gra­cias a la for­ma­ción re­ci­bi­da en las or­ques­tas del Ins­ti­tu­to Bac­ca­re­lli, que, ade­más de ha­ber ac­tua­do en el fes­ti­val Rock in Río y com­par­ti­do es­ce­na­rio con «los me­jo­res mú­si­cos del mun­do», ofre­ció un re­ci­tal pa­ra el Pa­pa Be­ne­dic­to XVI en 2014.

An­te el in­mi­nen­te co­mien­zo de los Jue­gos Olím­pi­cos en Río de Ja­nei­ro, Sér­gio Ma­cha­do ad­mi­te que es pa­ra él un «mis­te­rio» si su país «su­pe­rará o no es­ta» prue­ba: «La po­bla­ción es­tá mu­cho más preo­cu­pa­da por la si­tua­ción po­lí­ti­ca y no sé lo que va a ocu­rrir», con­fie­sa.

«Has­ta aho­ra la gen­te no ha pres­ta­do mu­cha aten­ción ni se ha im­pli­ca­do con los Jue­gos por­que es un mo­men­to en el que to­do se cen­tra en los pro­ble­mas eco­nó­mi­cos y po­lí­ti­cos», ase­gu­ra es­te bra­si­le­ño que, di­ce, se ha da­do cuen­ta al igual que sus com­pa­trio­tas de có­mo el Con­gre­so de su país es «aún más co­rrup­to» de lo que creían.

La reali­dad de Ciu­dad de Dios

En 2002, el di­rec­tor bra­si­le­ño Fernando Mei­re­lles mos­tró al mun­do la reali­dad que se vi­ve en las fa­ve­las de Bra­sil con la pe­lí­cu­la Ciu­dad de Dios, una co­mu­ni­dad que pron­to vol­ve­rá a las pan­ta­llas con el do­cu­men­tal CDD50. Esas son las si­glas de Ciu­dad de Dios 50 años y se re­fie­ren al me­dio si­glo que tie­ne es­ta fa­ve­la si­tua­da en la zo­na oes­te de Río de Ja­nei­ro. La pe­lí­cu­la, que con­quis­tó a la crí­ti­ca, mos­tró al mun­do a ini­cios de la dé­ca­da del 2000 la vio­len­cia, la co­rrup­ción po­li­cial y el nar­co­trá­fi­co en es­ta fa­ve­la de más de 47.000 ha­bi­tan­tes. No obs­tan­te, el do­cu­men­tal CDD50, que co­men­zó a ser pro­du­ci­do en 2011, quie­re mos­trar tam­bién el la­do más ama­ble de es­ta co­mu­ni­dad, el de sus ve­ci­nos de to­da la vi­da. Bruno Ra­fael, uno de los di­rec­to­res del do­cu­men­tal des­ta­có que la pe­lí­cu­la Ciu­dad de Dios ayu­dó a im­pul­sar la fa­ve­la, la cual hoy en día es re­co­rri­da por tu­ris­tas y bra­si­le­ños e in­clu­so ha si si­do vi­si­ta­da por el pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos, Ba­rack Oba­ma.

Sér­gio Leal, co­no­ci­do co­mo TR, es otro de los di­rec­to­res del do­cu­men­tal y ayu­dó en la pro­duc­ción de la pe­lí­cu­la que adop­tó co­mo tí­tu­lo el nom­bre de es­ta ba­rria­da ca­rio­ca. «Yo ayu­dé en las in­ves­ti­ga­cio­nes de la pe­lí­cu­la. Ten­go 44 años y lle­gué aquí con 11 me­ses de vi­da. Ayu­dé con in­for­ma­cio­nes pa­ra la pe­lí­cu­la de Fernando Mei­re­lles: la mú­si­ca, el len­gua­je de la épo­ca, la ro­pa, los co­ches. In­ten­té re­unir la reali­dad de tres dé­ca­das», sub­ra­yó.

«Yo tam­bién lo quie­ro»

Dos con­jun­tos de aros olím­pi­cos he­chos con neu­má­ti­cos usa­dos ins­ta­la­dos en una de las ciu­da­des más po­bres de Río de Ja­nei­ro re­cla­man que los be­ne­fi­cios de los Jue­gos Olím­pi­cos lle­guen tam­bién a las zo­nas más des­fa­vo­re­ci­das de la me­tró­po­li bra­si­le­ña.

Los aros, uno for­ma­do por rue­das de au­to­mó­vil y otro de ca­mión, ex­traí­dos de un ver­te­de­ro, fue­ron mon­ta­dos y pin­ta­dos por Ja­nio Fei­to­sa de Oli­vei­ra, un ve­cino del ba­rrio Re­can­tus de Bel­ford Ro­xo, una de las ur­bes más po­bres y vio­len­tas de la zo­na me­tro­po­li­ta­na de Río.

Los sím­bo­los olím­pi­cos de go­ma re­cau­chu­ta­da es­tán apos­ta­dos en una ca­lle pol­vo­rien­ta, tran­si­ta­da por ca­mio­nes, co­ches de ca­ba­llos y re­ba­ños de ca­bras, a ori­llas del con­ta­mi­na­do río Bo­tas, una vía flu­vial que des­pren­de un in­ten­so olor acre y que des­agua en la bahía de Gua­na­ba­ra, la se­de de las prue­bas olím­pi­cas de ve­la.

Oli­vei­ra ase­gu­ra que pre­ten­de lla­mar la aten­ción de las au­to­ri­da­des pa­ra atraer más in­ver­sio­nes pa­ra su ba­rrio que, se­gún él, ha re­ci­bi­do «muy po­ca ayu­da» en las úl­ti­mas tres dé­ca­das.

«Yo es­toy aquí pa­ra ayu­dar al pue­blo, pa­ra ha­cer una ciu­dad di­fe­ren­te. Del mis­mo mo­do que ellos es­tán cam­bian­do allá la ciu­dad (por los Jue­gos Olím­pi­cos), yo tam­bién la quie­ro cam­biar aquí», ex­pli­có Oli­vei­ra en en­tre­vis­ta a Efe.

El crea­dor de los aros de go­ma, que es pas­tor evan­gé­li­co, se can­só de es­pe­rar la ayu­da gu­ber­na­men­tal y se ha en­car­ga­do de rea­li­zar con sus pro­pias ma­nos obras en su ba­rrio, co­mo va­rias pa­ra­das de autobús o un par­que in­fan­til, y tam­bién ta­pa los agu­je­ros que se abren en la ca­lle con el pa­so de los ca­mio­nes.

Tam­bién pu­so una red pa­ra cap­tu­rar la ba­su­ra que flo­ta por el río y la re­co­lec­ta él mis­mo, pa­ra evi­tar que aca­be en la bahía de Gua­na­ba­ra.

«To­do lo que ellos tie­nen allá, lo quie­ro tam­bién aquí. Si ellos tie­nen pa­ra­da de autobús o autobús con ai­re acon­di­cio­na­do, yo tam­bién lo quie­ro», co­men­tó.

Oli­vei­ra no cues­tio­na la rea­li­za­ción de los Jue­gos Olím­pi­cos, tan so­lo pi­de que, del mis­mo mo­do que los res­pon­sa­bles de los Jue­gos Olím­pi­cos se gas­tan «cien mi­llo­nes por se­gun­do», de­di­quen un po­co de di­ne­ro con el que se pue­de ha­cer «mu­cho» por me­jo­rar la ca­li­dad de vi­da en Bel­ford Ro­xo.

FO­TOS DE AN­TO­NIO LACERDA Y FERNANDO MAIA (EFE)

En Re­can­tus de Bel­ford Ro­xo, uno de los ba­rrios más po­bres y vio­len­tos de la zo­na me­tro­po­li­ta­na de Río, los aros olím­pi­cos fue­ron he­chos con llan­tas vie­jas.

Me­no­res de He­lió­po­lis, la ma­yor fa­ve­la de Sao Pau­lo par­ti­ci­pan en una or­ques­ta que di­ri­ge Sil­vio Bac­ca­re­lli. Mu­chos son hoy día mú­si­cos pro­fe­sio­na­les.

Te­nien­do co­mo fon­do gra­fi­tis en la an­ti­gua se­de del Re­ga­tas do Fla­men­go, en Río fue ins­ta­la­da una pie­za ar­tís­ti­ca ins­pi­ra­da en el atle­ta Moha­med You­nes. La obra, del fran­cés JR es­tá he­cha con an­da­mios de cons­truc­ción y lo­na.

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