La reali­dad exi­ge

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La reali­dad exi­ge que tam­bién se di­ga: la vi­da si­gue. Si­gue en Can­nas y en Bo­ro­dino y en Ko­so­vo Pol­je y en Guer­ni­ca. En una pla­za de Je­ri­có hay una es­ta­ción de ga­so­li­na, y en Bí­lá Ho­ra hay ban­cos re­cién pin­ta­dos. En­tre Pearl Har­bour y Has­tings va y vie­ne el co­rreo pos­tal, un ca­mión de mu­dan­zas pa­sa an­te la mi­ra­da del león de Que­ro­nea, y so­lo un fren­te at­mos­fé­ri­co ame­na­za los flo­re­cien­tes jar­di­nes cer­ca­nos a Ver­dún.

Hay tan­to To­do que Na­da ape­nas se no­ta. La mú­si­ca lle­ga des­de los ya­tes de Ac­cio y en la cu­bier­ta, al sol, bai­lan las pa­re­jas.

Su­ce­den tan­tas co­sas que en to­das par­tes al­go su­ce­de. Don­de que­de piedra so­bre piedra, hay un ven­de­dor de he­la­dos ase­dia­do por ni­ños. Don­de es­ta­ba Hi­ros­hi­ma, es­tá otra vez Hi­ros­hi­ma y se si­guen pro­du­cien­do ob­je­tos de uso co­ti­diano.

No ca­re­ce de en­can­tos es­te mun­do tan te­rri­ble, no ca­re­ce de ma­dru­ga­das que me­re­cen un des­per­tar. La hier­ba es ver­de en los cam­pos de Ma­cie­jo­wi­ce, y en la hier­ba, co­mo en to­da hier­ba, el ro­cío es pu­ro cris­tal.

Qui­zá no exis­tan más cam­pos que los de ba­ta­lla, to­das las tie­rras lo son, al­gu­nos aún re­cor­da­dos, y otros ya ol­vi­da­dos: bos­ques de abe­du­les y bos­ques de ce­dros, nie­ves y are­nas, iri­sa­das cié­na­gas y des­pe­ña­de­ros de ne­gras de­rro­tas don­de en ca­so de ur­gen­te ne­ce­si­dad sa­tis­fa­ce­mos aho­ra nues­tras ne­ce­si­da­des. Qué mo­ra­le­ja sa­le de to­do es­to: pa­re­ce que nin­gu­na. Lo que en ver­dad flu­ye es la san­gre que pron­to se se­ca y siem­pre al­gu­nos ríos y al­gu­nas nu­bes. En los des­fi­la­de­ros trá­gi­cos el vien­to se lle­va los som­bre­ros y, no po­de­mos evi­tar­lo, nos pro­du­ce una ri­sa lo­ca.

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