El otro cie­lo del ca­rrao

Una crónica que de­ve­la los cu­rio­sos ha­bi­tos de un ave que ha­bi­ta en el Ca­ri­be co­lom­biano.

Latitud - - Portada - Por Al­fre­do Val­do­vino

LTRES PÁ­JA­ROS MUER­TOS

o pri­me­ro que pa­só por mi ca­be­za cuan­do vi los tres pá­ja­ros muer­tos, col­gan­do de otros tan­tos ár­bo­les, fue la ima­gen de un gru­po de fo­ra­ji­dos bam­bo­leán­do­se al pa­so del vien­to con una so­ga al cue­llo. El he­cho te­nía tin­tes de eje­cu­ción me­die­val. Los ase­si­nos ha­bían ele­gi­do un án­gu­lo for­ma­do por dos ra­mas en las que el cue­llo po­día que­brar­se fá­cil­men­te. El lu­gar de la eje­cu­ción do­mi­na­ba una cié­na­ga de aguas ce­tri­nas que ejer­cía un efec­to con­mi­na­to­rio en las de­más aves de su es­pe­cie. Pe­ro pron­to des­car­té la idea por fan­ta­sio­sa.

El asun­to ve­nía por otro la­do. Los pá­ja­ros ha­bían si­do en­ve­ne­na­dos y un gru­po de mu­cha­chos los ha­bían colgado en las hor­que­tas pa­ra re­go­dear­se en el te­rror de los ca­mi­nan­tes des­pre­ve­ni­dos. Se­gu­ro que sí. Re­suel­to el enig­ma no en­con­tré más ra­zo­nes pa­ra se­guir allí. Así que to­mé una fo­to­gra­fía y vol­ví a su­bir a la pa­rri­lla de la mo­to­ci­cle­ta en que via­ja­ba ha­cia Mom­pox. Eso fue en 2007, en el tra­yec­to com­pren­di­do en­tre La Bo­de­ga y Ci­cu­co. Un año des­pués mos­tré las imá­ge­nes de mi via­je a unos ami­gos ma­gan­gue­le­ños. Cuan­do lle­gué a la del pá­ja­ro muer­to me de­tu­ve pa­ra cen­su­rar la con­duc­ta de los pe­la­dos de la zo­na.

—No fue­ron nin­gu­nos pe­la­dos —di­jo uno de los ami­gos.

—En­ton­ces quién más pu­do ser —pre­gun­té.

—El mis­mo ca­rrao.

Aho­ra sí me pa­re­cía ha­ber es­cu­cha­do su­fi­cien­te. ¿Un pá­ja­ro ‘sui­ci­da’? Pe­ro los dos com­pa­ñe­ros que es­ta­ban con mi ami­go co­rro­bo­ra­ron su ver­sión. Por mu­chos días es­tu­ve bus­can­do en In­ter­net in­for­ma­ción re­la­cio­na­da con el te­ma: na­da. ¿Qué ha­bía ocu­rri­do en­ton­ces con los tres pá­ja­ros de la cié­na­ga?

RA­RA AVIS

El ca­rrao (Ara­mus gua­rau­na) es una es­pe­cie de ave de la fa­mi­lia de las Ara­mi­dae, pro­pia de las zo­nas pan­ta­no­sas y ar­bo­la­das del con­ti­nen­te ame­ri­cano. Su as­pec­to es po­co agra­cia­do. El plu­ma­je es ma­rrón os­cu­ro. Se sos­tie­ne so­bre dos pa­tas fla­cas, co­mo las de la gru­lla, y tie­ne un pi­co lar­go que uti­li­za co­mo pa­li­llos chi­nos pa­ra atra­par a sus pre­sas. Cal­va ca­be­za de bui­tre y cue­llo flác­ci­do, su ta­ma­ño es ape­nas su­pe­rior al de un pa­to y se ali­men­ta, prin­ci­pal­men­te, de in­sec­tos y ca­ra­co­les. De día sue­le re­fu­giar­se en­tre los ár­bo­les de la cié­na­ga, le­jos del con­tac­to con los hu­ma­nos. Pe­ro al ano­che­cer sa­le de su es­con­di­te emi­tien­do un can­to lú­gu­bre y vi­go­ro­so que se re­pi­te en olea­das su­ce­si­vas co­mo un eco en las mon­ta­ñas: «¡Ka­rrau…rrau ¡Ka­rrau…rrau!».

A co­mien­zos de 2013 apro­ve­ché mi es­ta­día en la po­bla­ción de Ta­lai­gua (De­pre­sión Mom­po­si­na) pa­ra re­ca­bar más in­for­ma­ción so­bre el ca­rrao en la ca­sa de Luis Al­fre­do Gue­rre­ro, un hom­bre de 52 años, ma­nos du­ras, piel ate­za­da por el sol, bi­go­te de ce­pi­llo y ca­mi­sa abier­ta so­bre el pe­cho, que me re­ci­bió en un quios­co de pal­ma con pa­re­des de gua­duas.

—Yo co­noz­co el ca­rrao des­de que era ni­ño. In­clu­so, lo co­mí por un tiem­po —di­jo.

—Pe­ro, has­ta don­de ten­go en­ten­di­do —lo in­te­rrum­pí—, el ca­rrao no es un ave co­mes­ti­ble. ¿Es esa una cos­tum­bre ex­ten­di­da en­tre los cam­pe­si­nos de la zo­na?

—No. No­so­tros lo co­mía­mos por ne­ce­si­dad. Uno en el cam­po de­pen­de mu­cho del es­ta­do de las co­se­chas. Cuan­do son bue­nas, pues se co­me bien, pe­ro cuan­do no, no. En­ton­ces yo te­nía un pe­da­zo

«To­da cla­se de muer­te es odio­sa al mor­tal des­di­cha­do. Pe­ro nin­gu­na es tan mi­se­ra­ble co­mo la muer­te por ham­bre». Ho­me­ro, La Odi­sea (Can­to XII)

de es­co­pe­ta y me di­je: «Bueno, Dios mío, que sea lo que tú quie­ras». Y me fui pa’ la cié­na­ga y me tra­je un par de pá­ja­ros d’esos. Mi her­ma­na los pre­pa­ró y vea us­ted: has­ta bueno nos su­pie­ron. En­ton­ces le di­je al ca­rrao: «De aho­ra en ade­lan­te tú vas a ser mi co­mi­da. Has­ta me­jor te re­sul­ta, en vez de an­dar col­gán­do­te en las hor­que­tas». —¿To­da­vía si­gue co­mien­do ca­rraos? —Ya no, por­que me he ci­vi­li­za’o. Por ahí mi her­ma­na me di­ce: «¿Cuán­do te vas a ca­zar un ca­rrao pa’ san­co­char­lo?», pe­ro no. Pa’ qué voy a ha­cer­lo si ya no ten­go ne­ce­si­dad y esos po­bres ani­ma­li­tos no me han he­cho na­da a mí.

—¿Por qué cree us­ted que el ca­rrao ter­mi­na ma­tán­do­se?

—El ca­rrao se ma­ta cuan­do no en­cuen­tra na­da qué co­mer. Es por pu­ra co­bar­día. Ellos son co­mo las per­so­nas que cuan­do tie­nen un pro­ble­ma gran­de en vez de re­sol­ver­lo pre­fie­ren la sa­li­da fá­cil.

—¿Con cuán­ta fre­cuen­cia en­cuen­tra ca­rraos es­tran­gu­la­dos?

—Por lo ge­ne­ral en el ve­rano, cuan­do los ca­ra­co­les se en­tie­rran, aun­que en el in­vierno tam­bién los en­cuen­tra uno. Ha­ce po­co en­con­tré uno en un pa­lo de cam­pano cuan­do iba a re­co­ger la yu­ca en la tie­rri­ta y le di­je: «Ve, pe­ro si ya no car­go la ca­ra­bi­na en­ci­ma y ya te es­tás pri­van­do del sus­to». Pe­ro men­ti­ra. Ya no los ma­to. Que se ma­ten ellos mis­mos, pe­ro yo no.

¿ANI­MA­LES SUI­CI­DAS?

Fue Pli­nio quien di­jo que el hom­bre ci­fra­ba su su­pe­rio­ri­dad so­bre Dios y so­bre los ani­ma­les en la fa­cul­tad siem­pre la­ten­te de po­der aca­bar con su vi­da cuan­do le vi­nie­ra en ga­na. So­bre el pri­me­ro, por­que su mis­ma na­tu­ra­le­za eter­na y atem­po­ral con­tra­de­cía la idea de fi­ni­tud que sub­ya­cía en la no­ción de sui­ci­dio. Y so­bre los se­gun­dos por­que ca­re­cían de los ele­men­tos de jui­cio ne­ce­sa­rios pa­ra afir­mar o re­cha­zar ab­so­lu­tos co­mo la Vi­da o la Muer­te. La pre­gun­ta que sur­ge de to­do es­to es ¿qué ocu­rre en el ca­so de los ani­ma­les que le po­nen fin a su vi­da in­ten­cio­nal­men­te?

En 1966, en Shar­bish, Áfri­ca, va­rios bu­rros mu­rie­ron por los gol­pes que ellos mis­mos se in­fli­gie­ron al aba­lan­zar­se con­tra un mu­ro. El 14 de agos­to de 1969, 60 ba­lle­nas en­con­tra­ron la muer­te al es­tre­llar­se con­tra las ro­cas en una pla­ya de Flo­ri­da. En Tur­quía, en 2005, mu­rie­ron 40 ove­jas des­pués de pre­ci­pi­tar­se des­de un ba­rran­co. Más cer­cano a Co­lom­bia es­tá el ca­so de los cu­vi­víes, que vue­lan des­de Nor­tea­mé­ri­ca, du­ran­te el mes de sep­tiem­bre, pa­ra en­con­trar la muer­te en las la­gu­nas del Ozo­go­che (Ecua­dor).

Las ra­zo­nes que se adu­cen pa­ra ex­pli­car es­tos fe­nó­me­nos son mu­chas y no siem­pre es­cla­re­ce­do­ras: des­orien­ta­ción, lo­cu­ra pro­du­ci­da por en­ve­ne­na­mien­to, y otro ti­po de irre­gu­la­ri­da­des or­gá­ni­cas. La idea, al fin y al ca­bo, es des­car­tar ca­te­gó­ri­ca­men­te la po­si­bi­li­dad de que el ani­mal aca­be con su vi­da por­que le re­sul­ta in­so­por­ta­ble. De otro mo­do, ten­dría­mos que re­co­no­cer en al­gu­nos ani­ma­les la fa­cul­tad de dis­cer­ni­mien­to, lo cual es im­pro­ba­ble. En el ca­so del ca­rrao son más las pre­gun­tas que las res­pues­tas que sur­gen so­bre las cau­sas de su muer­te. No hay bi­blio­gra­fía, a pe­sar de que es un fe­nó­meno vox pó­pu­li en los lu­ga­res ale­da­ños don­de se crían ta­les aves. So­lo una can­ción ram­plo­na y una fo­to­gra­fía ex­tra­via­da que to­mé al pa­so en mi via­je ha­cia Mom­pox.

TRAS LAS HUE­LLAS DEL CA­RRAO

En Ma­gan­gué, to­das mis fuen­tes coin­ci­dían en la mis­ma des­crip­ción som­bría de las cos­tum­bres del pá­ja­ro. La más es­cép­ti­ca apos­ta­ba por una hi­pó­te­sis me­nos emo­cio­nal, con­je­tu­ran­do que al­gu­nos ca­rraos ha­brían de ex­pe­ri­men­tar una ex­tra­ña co­me­zón en la gar­gan­ta que so­lo po­drían eli­mi­nar fro­tán­do­se con­tra la hor­que­ta de un ár­bol. Bas­tan­te ve­ro­sí­mil, pen­sé, aun­que ca­ren­te de prue­bas.

En to­do ese tiem­po no ha­bía po­di­do ver un ca­rrao con vi­da (me­ses des­pués, sí, en una cié­na­ga de Ma­lam­bo). Una ma­ña­na, mi pri­mo Hen­der Cár­ca­mo se ofre­ció a lle­var­me en una mo­to por va­rias cié­na­gas ale­da­ñas a Ma­gan­gué. Mien­tras sal­tá­ba­mos por un ca­mino pol­vo­rien­to, bor­dea­do por tie­rras de pas­to­reo y ár­bo­les de es­pino, Hen­der me di­jo:

—Fí­ja­te tú que mu­chos ani­ma­les ha­cen cual­quier co­sa pa­ra no de­jar­se mo­rir. Ahí tie­nes al pa­pa­ye­ro, que an­tes so­lo co­mía fru­tas y gu­sa­ni­tos. Con la cri­sis de es­tos tiem­pos, ya lo ves co­mien­do yu­ca, arroz, lo que le pon­gan. El bar­bul, cuan­do la gar­za se lo tra­ga abre las ale­tas y le atra­vie­sa el pes­cue­zo con la es­pue­la. El ca­rrao es el úni­co que se de­ja mo­rir. Ahí es­tá lo que yo di­go: el que pa­sa tra­ba­jo es por­que quie­re. ¿Qué us­ted no tie­ne pa­ra la co­mi­da? ¡Hom­bre, pón­ga­se una pon­che­ra en la ca­be­za y sal­ga a la ca­lle a ven­der pes­ca­do!

Unos ki­ló­me­tros más ade­lan­te, lle­ga­mos al co­rre­gi­mien­to de La Pas­cua­la, em­pla­za­do en un an­ti­guo asen­ta­mien­to in­dí­ge­na, co­no­ci­do en los al­re­de­do­res por ser tie­rra de gua­que­ros. No hay lu­jo en el ex­te­rior de sus ca­sas. Por las ca­lles de are­na hir­vien­te ca­mi­nan los ni­ños des­cal­zos, mo­re­nos y ven­tru­dos, po­bre­men­te ves­ti­dos. La ma­yor par­te de sus­ten­to lo ob­tie­nen de la pes­ca, y la so­la men­ción de la pa­la­bra ve­rano ate­rro­ri­za a sus ha­bi­tan­tes. Con la se­quía llega el ham­bre y con el ham­bre el llan­to de los ni­ños y la de­ses­pe­ra­ción de los adul­tos.

Cuan­do el cuer­po de­ja de re­ci­bir ali­men­to por un tiem­po lar­go el or­ga­nis­mo de­sin­te­gra la pro­teí­na de los múscu­los y pron­to em­pie­zan a ver­se afec­ta­dos el co­ra­zón y otros ór­ga­nos vitales. El pe­lo se cae, el vien­tre se hin­cha, el cuer­po em­pie­za a se­gre­gar ju­go gás­tri­co y al no en­con­trar ali­men­tos se des­qui­ta con el in­tes­tino. Llega la dia­rrea; pue­de ver­se afec­ta­da la ca­pa­ci­dad de ra­zo­nar y el áni­mo es pro­cli­ve al en­fa­do y —¿por qué no?— a la muer­te au­to­in­fli­gi­da. Co­mo en el ca­so del ca­rrao, su­pon­go.

Des­pués de acep­tar un desa­yuno con bo­ca­chi­co en la ca­sa de Ma­ría, la co­no­ci­da de Hen­der, nos di­ri­gi­mos ha­cia una cié­na­ga cer­ca­na acom­pa­ña­dos de un hi­jo su­yo, un mu­cha­cho de 15 o 16 años, que iba de­lan­te de no­so­tros en una bi­ci­cle­ta. Es­ta­cio­na­mos la mo­to ba­jo un ár­bol a po­cos me­tros de don­de pa­sa­ba un ca­nal de agua co­lor are­qui­pe. Po­día de­du­cir­se que el lu­gar por don­de es­tá­ba­mos ca­mi­nan­do en otro tiem­po ha­bía es­ta­do cu­bier­to por agua. Pa­sa­mos una cer­ca de púas y bor­dea­mos la cié­na­ga ta­po­na­da de col­chas de ta­ru­ya. Pe­ro tam­po­co es­ta vez pu­di­mos ver al ca­rrao.

De re­gre­so a la ca­sa de Ma­ría pu­de cru­zar unas pa­la­bras con un her­mano su­yo que pes­ca­ba en la cié­na­ga del pue­blo. Te­nía pues­tas unas bo­tas pan­ta­ne­ras y la ca­cha de su ma­che­te so­bre­sa­lía de la vai­na que lle­va­ba su­je­ta a la co­rrea del pan­ta­lón. Le hi­ce la mis­ma pre­gun­ta que le ha­bía he­cho a to­do el mun­do: —¿Por qué cree us­ted que se ma­ta el ca­rrao? El hom­bre se pa­só la mano re­cia y hue­su­da por la fren­te su­da­da y me res­pon­dió:

—Por fí­si­ca ham­bre. ¿Sa­be us­ted lo que es ir­se uno a la ca­ma con un me­ro ca­fé de tin­to y un pe­da­zo de bo­llo? No­so­tros sí. Aho­ra pón­ga­se en el pe­lle­jo del ca­rrao cuan­do sa­le a la cié­na­ga y no en­cuen­tra na­da y dí­ga­me us­ted qué ha­ría en su lu­gar.

El ca­rrao es una es­pe­cie de ave grui­for­me, pro­pia de zo­nas hú­me­das y pan­ta­nos con ár­bo­les.

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