Mar­ce­la atro­pe­lló un ti­gri­llo

Latitud - - News - Por Fa­bián Buel­vas

Mar­ce­la atro­pe­lló un ti­gri­llo la no­che del sá­ba­do 21 de sep­tiem­bre. El ani­mal apa­re­ció co­mo un ra­yo en la vía, y ella, que con­du­cía su ca­rro a más de cien ki­ló­me­tros por ho­ra, no lo­gró fre­nar a tiem­po. Las tri­pas sa­lie­ron dis­pa­ra­das ha­cia un la­do de la ca­rre­te­ra, de­jan­do una lí­nea de san­gre y vís­ce­ras que se per­dió en la pe­num­bra.

Lan­zó un gri­to inú­til des­de el ca­rro, jus­to an­tes de arro­llar el ti­gri­llo. Pen­só en de­te­ner­se, pe­ro re­cor­dó que sus ami­gos le de­cían que la vía a Puer­to Co­lom­bia, so­li­ta­ria y os­cu­ra, es pe­li­gro­sa pa­ra una mu­jer que via­ja so­la. Me­jor no arries­gar­se.

Si­guió su ca­mino ha­cia la pla­ya. Le gus­ta­ba ir ca­da tan­to, en es­pe­cial si ha­bía lu­na lle­na o cre­cien­te pa­ra con­tem­plar el mar en me­dio de la os­cu­ri­dad. «De no­che el mar es más so­lem­ne», di­jo, y se com­pla­ció por des­cri­bir­lo de esa ma­ne­ra.

Mar­ce­la fue a las pla­yas de Cli­man­dia­ro, un pe­que­ño ho­tel cer­cano a Puer­to Co­lom­bia. Es­ta­cio­nó su ca­rro en la en­tra­da y ca­mi­nó has­ta la puer­ta. Allí, sen­ta­da so­bre un ta­bu­re­te, aguar­da­ba una mu­jer que sos­te­nía una ca­ja en­tre sus pier­nas.

—El co­ver es de diez mil pe­sos no con­su­mi­bles –di­jo.

Ja­más le ha­bían co­bra­do por en­trar a ver la pla­ya. Pre­gun­tó por qué. —Hay una fies­ta den­tro –res­pon­dió la mu­jer. Mar­ce­la di­jo que so­lo pen­sa­ba to­mar­se un par de cer­ve­zas fren­te al mar.

— Son las ór­de­nes –ob­je­tó la mu­jer–, pe­ro le pue­do dar una cer­ve­za gra­tis si com­pra la en­tra­da.

Mien­tras me­tía su mano en el bol­si­llo re­cor­dó las pa­la­bras de su ma­dre: no es bueno que vean a una mu­jer so­la en una fies­ta. Mar­ce­la dio me­dia vuel­ta y se fue de­cep­cio­na­da.

To­mó la mis­ma ru­ta pa­ra re­gre­sar a ca­sa. Du­ran­te el via­je re­me­mo­ró con ira a la mu­jer que le ha­bía ne­ga­do la en­tra­da al mar, pe­ro lue­go pen­só que no era mala idea pa­gar los diez mil pe­sos. Pa­ra cuan­do qui­so de­vol­ver­se ya es­ta­ba le­jos de la pla­ya.

De re­gre­so pa­só por el si­tio don­de atro­pe­lló el ti­gri­llo. Disminuyó la ve­lo­ci­dad pa­ra ver qué ha­bía si­do de él. Vio so­bre la ca­rre­te­ra una man­cha ocre, amor­fa, que le hi­zo pen­sar en las so­bras de un ban­que­te.

Mar­ce­la fre­nó en se­co su ca­rro. Sa­bía que no de­bía

ha­cer­lo, pe­ro su de­seo por sa­ber la suer­te del ani­mal la im­pul­só. Su co­ra­zón la­tía con rapidez y sus pier­nas fla­quea­ban. En­cen­dió las lu­ces es­ta­cio­na­rias y se ba­jó.

So­bre la ca­rre­te­ra, cer­ca a la lí­nea blan­ca que di­vi­de los ca­rri­les, es­ta­ba en per­fec­to es­ta­do la ca­be­za de un ti­gri­llo, pe­ga­da a lo que has­ta ha­ce po­co fue su cuer­po. Te­nía la bo­ca ce­rra­da y un hi­lo de san­gre le bro­ta­ba por la na­riz. Sus ojos, al­men­dra­dos y más abier­tos que en vi­da, se cru­za­ron con los de ella. Sin­tió pe­na por el ti­gri­llo, no tan­to por ma­tar­lo, sino por no ha­ber sen­ti­do la mis­ma pe­na al mo­men­to de arro­llar­lo.

Mar­ce­la es­ta­ba tan ab­sor­ta en­tre los ojos del ca­dá­ver que no se per­ca­tó del ca­rro que ve­nía ha­cia ella. El cho­fer al­can­zó a zig­za­guear. —¡Pu­ta! –le gri­tó. Mar­ce­la le­van­tó la ca­be­za y vio có­mo el ca­rro que es­tu­vo a pun­to de atro­pe­llar­la se ale­ja­ba por la ca­rre­te­ra. Miró una vez más los ojos vi­vos del ti­gri­llo, subió a su vehícu­lo y dio me­dia vuel­ta con la de­ter­mi­na­ción de ir a la pla­ya.

No fue a Cli­man­dia­ro. Con­clu­yó que era un abu­so pa­gar pla­ta por ver al­go que era de ella. Si­guió de­re­cho has­ta el ma­le­cón de Puer­to Co­lom­bia, un si­tio al que tam­bién te­nía prohi­bi­do ir. «Es­tá lleno de co­llas y gen­te mala», le di­je­ron en una oca­sión.

El ma­le­cón se vuel­ve aún más es­tre­cho cuan­do los ca­rros se par­quean en fi­la a lo lar­go de la vía. A me­dia­no­che el lu­gar es­tá en su clí­max, ca­da vehícu­lo trae su mú­si­ca y la gen­te se

sien­ta en las ban­cas del lu­gar, o traen sus pro­pias si­llas y usan la ban­ca co­mo me­sa. Ca­si siem­pre son ni­ñas bai­lan­do va­lle­na­to mien­tras su hom­bre y sus ami­gos aplau­den con eu­fo­ria. Al­gu­nas se acer­can a ellos y res­trie­gan el cu­lo so­bre la ver­ga del hom­bre, quien con­ti­núa con­ver­san­do con sus ami­gos.

Mar­ce­la es­ta­cio­nó el ca­rro en el ma­le­cón. Com­pró una cer­ve­za en una tien­da cer­ca­na y se di­ri­gió al mar, a quin­ce me­tros de dis­tan­cia. Se qui­tó las san­da­lias y me­tió los pies en el agua. Su pan­ta­lón ro­sa­do con­tras­ta­ba con la tie­rra ne­gra hu­me­de­ci­da por las olas, y el res­plan­dor de la Lu­na ha­cía bri­llar las len­te­jue­las pla­tea­das de su blu­sa.

Miró el mar y se echó a llo­rar. El ti­gri­llo muer­to, la vie­ja abu­sa­do­ra, el ca­rro que ca­si la atro­pe­lla y el mo­ti­vo que la lle­vó a bus­car la pla­ya se di­si­pa­ron ba­jo la Lu­na cre­cien­te y las po­cas es­tre­llas que no opa­ca­ba el bri­llo de la ciu­dad. Den­tro del agua, a po­cos me­tros de dis­tan­cia, una pa­re­ja de jó­ve­nes ha­cía el amor. «Es lo me­jor que hay en la vi­da», pen­só. To­mó el úl­ti­mo tra­go de cer­ve­za y ca­mi­nó de vuel­ta ha­cia su ca­rro pa­ra re­gre­sar a ca­sa.

Mien­tras con­du­cía pa­só por ter­ce­ra vez por el lu­gar don­de ma­tó el ti­gri­llo. Disminuyó la ve­lo­ci­dad bus­can­do cru­zar de nue­vo su mi­ra­da con la del ca­dá­ver. Lo que vio dis­ta­ba mu­cho de pa­re­cer­se a las dos oca­sio­nes an­te­rio­res. Ha­bía un ti­gri­llo vi­vo jun­to a una mu­jer joven y son­rien­te que tam­bién la veía a ella. La mu­jer sos­te­nía el ani­mal en su re­ga­zo, co­mo si se tra­ta­ra de su mas­co­ta. Mar­ce­la, se­re­na co­mo es­ta­ba lue­go de ver el mar, son­rió al re­co­no­cer­se a sí mis­ma en me­dio de la ca­rre­te­ra.

Miró el mar y se echó a llo­rar. El ti­gri­llo muer­to, la vie­ja abu­sa­do­ra, el ca­rro que ca­si la atro­pe­lla y el mo­ti­vo que la lle­vó a bus­car la pla­ya se di­si­pa­ron ba­jo la Lu­na cre­cien­te y las po­cas es­tre­llas que no opa­ca­ba el bri­llo de la ciu­dad. Den­tro del agua, a po­cos me­tros de dis­tan­cia, una pa­re­ja de jó­ve­nes ha­cía el amor”.

Fa­bián Buel­vas (Ba­rran­qui­lla,

1985). Es­cri­tor y psi­có­lo­go. Ha es­cri­to pa­ra El Mal­pen­san­te, Car­tel Ur­bano, Li­te­ra­rie­dad y Co­ró­ni­ca.

BRANDON JA­MES SCOTT

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