La mi­ra­da de los pe­ces

Latitud - - News - Por Ricardo Lli­nás

— Aquí nos pa­ga vein­te muer­tos, te­nien­te. Ga­briel Gar­cía Már­quez

Una en­fer­me­ra ro­bus­ta lo hi­zo se­guir has­ta un cuar­to pe­que­ño y le en­tre­gó una ba­ta azul des­te­ñi­da y un go­rro pa­ra que se cam­bia­ra. Ya en la ca­mi­lla le lim­pió al­re­de­dor del ojo con una so­lu­ción yo­da­da. De allí lo con­du­je­ron has­ta la sa­la de ci­ru­gía.

—Es una ope­ra­ción sen­ci­lla —di­jo el mé­di­co—, trein­ta o trein­ta y cin­co mi­nu­tos. Pe­ro ne­ce­si­to que me co­la­bo­re con el ojo; tie­ne que es­tar muy con­cen­tra­do. Cuan­do yo le pi­da que mi­re ha­cia arri­ba o ha­cia aba­jo, me man­tie­ne la mi­ra­da en el pun­to que le di­ga.

El pa­cien­te te­nía los bra­zos pe­ga­dos al cuer­po y las pier­nas jun­tas co­mo una mo­mia, y res­pon­día con ges­tos de la ca­be­za. —Es un pte­ri­gio gran­de —agre­gó el mé­di­co. Ha­cía mu­cho frío en la sa­la. —Doc­tor —di­jo el pa­cien­te—, ¿co­mo cuán­tas

ve­ces ha he­cho es­ta ope­ra­ción? El mé­di­co son­rió. —En un día pue­do hacer has­ta ocho, es­té tran­qui­lo.

Re­pa­ró al pa­cien­te un mo­men­to. El so­ni­do de la voz le ha­bía traí­do un re­cuer­do. Le echó las go­tas de la anes­te­sia y le en­tre­gó el go­te­ro a la en­fer­me­ra. Du­dó un po­co, pe­ro lue­go se atre­vió.

—¿Us­ted es el te­nien­te Na­va­rro? — Soy ca­pi­tán —di­jo. —Bueno, yo pres­té el ser­vi­cio ha­ce años; en el no­ven­ta y sie­te. —¿En qué uni­dad? —En el Ba­ta­llón Na­ri­ño, en Bue­na Vista.

—Yo es­ta­ba ahí cuan­do era sub­te­nien­te.

El doc­tor apun­tó la luz de la lám­pa­ra ha­cia la ca­ra del ca­pi­tán y sen­ten­ció:

—El mun­do es un pa­ñue­lo. La en­fer­me­ra tra­jo una ban­de­ja de ace­ro con ins­tru­men­tos qui­rúr­gi­cos y los aco­mo­dó cer­ca. Le cu­brió la ca­ra con una man­ti­lla que te­nía un ori­fi­cio ape­nas del ta­ma­ño del ojo. Lue­go le pu­so el se­pa­ra­dor de pár­pa­dos y con el mo­vi­mien­to de una tuer­ca fue abrién­do­le has­ta que le que­dó ex­pues­to to­do el glo­bo ocu­lar.

—Us­ted no se acor­da­rá de mí —di­jo el mé­di­co—, del sol­da­do Tri­llo.

El ca­pi­tán es­cu­cha­ba la voz le­jos por­que la man­ti­lla le ta­pa­ba las ore­jas. —Bis­tu­rí. La man­ta le blo­quea­ba el ojo iz­quier­do. Por el de­re­cho, a tra­vés del agu­je­ro, veía nu­bla­do por efec­to de la anes­te­sia. Aun así, dis­tin­guió có­mo se acer­ca­ba el es­cal­pe­lo ha­cia la ór­bi­ta ex­pues­ta.

—Mi­re ha­cia la de­re­cha y man­ten­ga la mi­ra­da ahí.

El doc­tor em­pe­zó a re­ti­rar la car­no­si­dad que ce­día co­mo man­te­qui­lla an­te la ho­ja. El ca­pi­tán sin­tió có­mo cor­ta­ba. No le do­lía, pe­ro la sen­sa­ción era in­so­por­ta­ble.

—Y eso que ape­nas em­pe­za­mos —gri­tó

el te­nien­te—, se va a que­dar to­da la no­che vol­tean­do has­ta que su­de mier­da. Las de pier­nas son pa­ra se­ño­ri­tas, ha­ga sal­ta­ri­nes y me los cuen­ta en voz al­ta.

El sol­da­do Tri­llo em­pe­zó a sal­tar con las ma­nos en la nu­ca dan­do el fren­te y lue­go la es­pal­da y con­tan­do en voz al­ta. —¡Más du­ro, que no lo oi­go! —6, 7, 8… —De­le, que son qui­nien­tos. —9, 10, 11… — Sal­te bien o se los man­do a re­pe­tir. Mien­tras lo mi­ra­ba sal­tar tu­vo una ocu­rren­cia. —Can­te las ma­ña­ni­tas —di­jo—, pe­ro cui­da­di­to me de­ja de sal­tar. Tri­llo em­pe­zó a can­tar mien­tras sal­ta­ba. —Es­tas son las ma­ña­ni­tas… —Más du­ro, que lo es­cu­chen en el po­lí­gono. —…que can­ta­ba el rey Da­vid… —¡Us­ted es­tá más des­afi­na­do que el hi­juepu­ta! ¡Me­jor cá­lle­se! Pe­ro si­ga sal­tan­do. ¡Más al­to!

—Más arri­ba, has­ta ahí. No me va­ya a mi­rar pa­ra otro la­do que es­toy cor­tan­do.

La en­fer­me­ra le pa­só al mé­di­co un al­go­dón por la fren­te y las sie­nes.

El ca­pi­tán veía las lu­ces que te­nía so­bre la ca­ra y los mo­vi­mien­tos del doc­tor so­bre su ojo. Sen­tía tam­bién có­mo la en­fer­me­ra le ha­cía pre­sión con un hi­so­po pa­ra se­car­le la san­gre. Una ra­dio so­na­ba en el fon­do.

Aho­ra pa­sa­ba el bis­tu­rí muy cer­ca del la­gri­mal pa­ra re­ti­rar la car­no­si­dad de esa zo­na. La en­fer­me­ra le se­ca­ba la fren­te.

—Voy a cau­te­ri­zar, va a sen­tir un ca­lor, pe­ro es nor­mal.

Se em­pe­ñó por un mo­men­to en lo que ha­cía y lue­go di­jo:

—De to­dos los cua­dros, us­ted es el que más re­cor­da­mos los de mi con­tin­gen­te.

El ca­pi­tán sen­tía có­mo su pro­pio alien­to ca­lien­te in­va­día to­da su ca­ra de­ba­jo de la man­ti­lla. Una ti­bie­za pun­zan­te lo to­có va­rias ve­ces en el ojo, y vio el hu­mi­to que sa­lía de la cau­te­ri­za­ción.

—Mí­re­me ha­cia acá —di­jo el mé­di­co, se­ña­lán­do­le un lu­gar cer­ca de la lám­pa­ra—. No me mue­va el ojo de ahí.

Man­te­ner la mi­ra­da fi­ja por mu­cho ra­to era de­ses­pe­ran­te. Se sen­tía as­fi­xia­do ba­jo la man­ti­lla res­pi­ran­do ese ai­re vi­cia­do, el pe­cho se le le­van­ta­ba con la res­pi­ra­ción agi­ta­da. Cla­ro que re­cor­da­ba al sol­da­do Tri­llo, y aque­lla ano­ta­ción en su ho­ja de vi­da. —Tran­qui­lí­ce­se, ca­pi­tán, que va­mos bien. In­ten­tó con­tro­lar­se, pe­ro el ai­re le fal­ta­ba. — Se va a aho­gar es­te pen­de­jo. ¡Pón­ga­se de pie, güe­vón! Ha­ga ro­llos, pa­ra que lim­pie el alo­ja­mien­to.

El sol­da­do se ti­ró al sue­lo y em­pe­zó a ro­dar so­bre sí mis­mo. Los de­más sol­da­dos lo mi­ra­ban en cu­cli­llas des­de los ca­tres. —Más rá­pi­do, más rá­pi­do. Lle­gó has­ta el fon­do del lar­go alo­ja­mien­to y lue­go re­gre­só, va­rias ve­ces. —Así me gus­ta Tri­llo, así me gus­ta. Ya no po­día gi­rar muy bien, el te­nien­te le pi­dió que se le­van­ta­ra. Cuan­do se pu­so en pie el alo­ja­mien­to gi­ra­ba a su al­re­de­dor, los ca­tres pa­sa­ban uno de­trás de otro en círcu­los. Se bam­bo­lea­ba co­mo un pén­du­lo.

—Vean a es­te ma­ri­ca, es­tá bo­rra­cho y to­da­vía no se ha to­ma­do el pri­mer tra­go. Pón­ga­se fir­me que to­da­vía fal­ta.

—No mu­cho, has­ta ahí. Más a la de­re­cha. Eso, aguan­te ahí.

El mé­di­co em­pe­zó a tra­ba­jar otra zo­na, más cer­ca del iris. Por un mo­men­to miró el ojo úni­co del ca­pi­tán, y se sin­tió ob­ser­va­do des­de de­trás de la man­ti­lla.

Era una ilu­sión. El ca­pi­tán só­lo veía el nu­bla­do pa­no­ra­ma y al fon­do la luz de la lám­pa­ra que bri­lla­ba de­trás de una cor­ti­na de agua. Pen­só que así de­bían ver los pe­ces, y lue­go se la­men­tó: «Tan­tos ci­ru­ja­nos y me va a to­car es­te pen­de­jo». Se con­so­ló con la idea de que ha­bían pa­sa­do mu­chos años y que él de­bía en­ten­der.

—Ya ca­si —di­jo el doc­tor—, va­mos pa­ra la úl­ti­ma par­te. Mí­re­me pa­ra acá. Más acá. Eso. —¡Uy! —di­jo la en­fer­me­ra. El ca­pi­tán sin­tió un mur­mu­llo. De­trás de la man­ti­lla se es­cu­chó su voz. —¿Qué pa­sa, doc­tor? La en­fer­me­ra apa­gó el ra­dio, y em­pe­zó a hacer pre­sión con el hi­so­po.

—Na­da —di­jo el doc­tor. El ta­pa­bo­cas le vi­bra­ba co­mo un par­lan­te—. Va a sen­tir el mis­mo ca­lor de aho­ri­ta. Na­da más fue un va­si­to. Ya ca­si ter­mi­na­mos, aguan­te un po­co más.

— Otro po­qui­to y se vo­mi­ta es­ta bes­tia. Aho­ra ha­ga arras­tre por de­ba­jo de los ca­tres, em­pie­ce por acá y re­gre­se de es­te la­do. Pe­ro no co­mo una se­ño­ri­ta. A ver, Tri­llo.

Se ti­ró al sue­lo y em­pe­zó a avan­zar por de­ba­jo de los ca­tres. Pri­me­ro una hi­le­ra has­ta el fon­do y lue­go re­gre­só por la otra.

—Muy des­pa­cio. Mi abue­li­ta la pa­ra­cai­dis­ta se arras­tra más rá­pi­do.

Des­pués de va­rias ron­das ya no po­día mo­ver­se y se que­dó ten­di­do.

—Ca­bo —di­jo el te­nien­te—, trái­ga­lo que es­te ma­ri­ca ya se des­pen­có. —¡Le­ván­te­se! —gri­tó el ca­bo. Tri­llo lo miró des­de el sue­lo. Te­nía la ca­ra en­ro­je­ci­da y es­ta­ba agi­ta­do.

—Es­te ya no pue­de más, mi te­nien­te. —Trái­ga­lo pa­ra acá. —Más pa­ra acá. Eso, tén­ga­me­lo ahí, que voy a su­tu­rar.

El ca­pi­tán vio có­mo se acer­ca­ba la agu­ja y có­mo se ale­ja­ba ti­ran­do del fino hi­lo. Es­te mo­vi­mien­to se re­pi­tió va­rias ve­ces. —Lis­to —di­jo el mé­di­co. Por un mo­men­to el ca­pi­tán no vio a na­die y no es­cu­chó na­da. Des­pués, sin­tió có­mo le qui­ta­ban el se­pa­ra­dor de pár­pa­dos, la man­ti­lla y le cu­brían el ojo con ga­sa y es­pa­ra­dra­po. Des­hi­cie­ron el ca­mino de en­tra­da en la ca­mi­lla. Lue­go le di­je­ron que po­día le­van­tar­se, y que es­pe­ra­ra un mo­men­to sen­ta­do. La en­fer­me­ra le dio unas re­co­men­da­cio­nes.

—El ojo se lo des­cu­bre ma­ña­na —di­jo—, to­me es­ta pas­ti­lla ca­da seis ho­ras y en ocho días le cortamos los pun­tos. De pron­to va a ver un po­qui­to bo­rro­so y ten­drá una sen­sa­ción de in­co­mo­di­dad, pe­ro eso se le pa­sa des­pués.

Cuan­do es­tu­vo aden­tro del ves­ti­dor sin­tió una pun­za­da fi­na en el ojo. Una lá­gri­ma de san­gre le co­rrió por la me­ji­lla.

—Voy a avi­sar­le a su acom­pa­ñan­te que ya va a sa­lir —di­jo la en­fer­me­ra.

—Dí­ga­le que ven­ga —di­jo el ca­pi­tán—. Si no, yo voy por él.

No fue ne­ce­sa­rio. Tri­llo se in­cor­po­ró, y co­mo pu­do lle­gó has­ta don­de es­ta­ba el te­nien­te.

—Ca­bo, pá­se­me una ta­bla que le voy a ca­len­tar el cu­lo a es­te ma­ri­ca. El ca­bo le­van­tó una col­cho­ne­ta y sa­có una ta­bla. —Bueno, aho­ra sí me las va a pa­gar, Tri­llo. Pa­ra el cu­lo, paloma.

El te­nien­te lle­vó la pe­sa­da ta­bla has­ta de­trás de su nu­ca, co­mo un beis­bo­lis­ta, y la de­jó sa­lir co­mo un re­lám­pa­go. La ta­bla se es­tre­lló con to­da su an­chu­ra en un es­ta­lli­do que sa­cu­dió el alo­ja­mien­to. Los sol­da­dos sus­pi­ra­ron des­de los ca­tres. —¡Si­len­cio, pu­tas! Ti­ró la ta­bla al sue­lo. —Ca­bo, llé­ve­se a es­te re­clu­ta pa­ra el ca­la­bo­zo, y lo de­ja allá has­ta que se pu­dra.

El ca­bo lo to­mó por un bra­zo y lo con­mi­nó a sa­lir, pe­ro Tri­llo es­ta­ba atur­di­do por el ta­bla­zo y se mo­vía des­pa­cio. Al te­nien­te lo irri­tó tan­to la len­ti­tud que lo apu­ró con un gri­to.

—¡Fue­ra de mi vista! —di­jo.

Ricardo Lli­nás: (Ba­rran­qui­lla, 1980). Ma­gís­ter en fi­lo­so­fía, en 2005 ga­nó el Con­cur­so de Cuen­to de la Uni­ver­si­dad del Atlán­ti­co, y el se­gun­do lu­gar en el Con­cur­so Na­cio­nal de En­sa­yo Lea­mos la Cien­cia pa­ra To­dos, de Min­cul­tu­ra y la edi­to­rial Fon­do de Cul­tu­ra Económica. Con el cuen­to “La mi­ra­da de los pe­ces” ga­nó re­cien­te­men­te el Con­cur­so Na­cio­nal Me­tro­po­li­tano de Cuen­to en su XXXIX edi­ción.

EL OJO, SAL­VA­DOR DA­LÍ.

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