Pa­neo de Sa­ra Harb

Latitud - - Portada - Por Leo Cas­ti­llo

Me re­ci­be en un có­mo­do se­gun­do pi­so arren­da­do, pa­re­des y cor­ti­nas blan­cas y pi­so en ma­chim­bre, a cien me­tros del mar Ca­ri­be. Ojos de obs­cu­ra es­me­ral­da, vis­te un en­te­ri­zo ma­rro­quí bei­ge con mo­ti­vos te­rra­co­ta, hol­ga­do de ca­nas­tos ce­ñi­do en los to­bi­llos, que, des­ple­ga­do a los la­dos, la trans­fi­gu­ra en una suer­te de ma­ri­po­sa o, me­jor, una man­ta­rra­ya; en to­do caso, una cria­tu­ra en vue­lo. Es­tá em­pe­ci­na­da en que es­cu­che an­tes de en­tre­vis­tar­la dos cuen­tos, que lue­go son tres. “May­tos” es una breve pie­za erótica y “Tren de San Re­mo” apa­re­ce­rá pron­to en la nue­va edi­ción de la an­to­lo­gía La Cue­va por Co­lom­bia, con cu­yo aus­pi­cio via­jó a leer­lo a Bo­go­tá.

Há­bla­me de Sa­ra Harb an­tes del ci­ne. P R Na­cí en Ba­rran­qui­lla, en el seno de una fa­mi­lia de mu­sul­ma­nes in­mi­gran­tes li­ba­ne­ses que, cuan­do yo te­nía tres años, se es­ta­ble­ce en San An­drés, de­cla­ra­do en­ton­ces puer­to li­bre por Ro­jas Pi­ni­lla, a fin de pro­fe­sar li­bre­men­te un cre­do que aquí tro­pe­za­ba con re­pa­ros. Cre­cí, pues, en San An­drés Is­las y to­da­vía mi fa­mi­lia vi­ve allá. En el con­ti­nen­te es­ta­mos cua­tro per­so­nas. En la tra­di­ción a que per­te­ne­ce mi fa­mi­lia en Lí­bano el pri­mo­gé­ni­to, del pri­mo­gé­ni­to del pri­mo­gé­ni­to tie­ne sin­gu­lar im­por­tan­cia y cuan­do mi her­mano, he­re­de­ro de es­ta dis­tin­ción, aca­bó la pri­ma­ria, mi padre de­ci­de abrir una ca­sa en Ba­rran­qui­lla con mi abue­la, que no ha­bla­ba una pa­la­bra de es­pa­ñol, pa­ra po­ner­lo en el co­le­gio Bif­fi La Sa­lle. Mi her­ma­na, que mo­ri­ría mu­chos años des­pués en un ac­ci­den­te en In­gla­te­rra, y yo, va­mos a un co­le­gio lai­co de in­glés que se lla­ma­ba Saint Mary School. Mi padre no que­ría sa­ber na­da del con­ti­nen­te, pa­ra él a los mu­sul­ma­nes los veían ra­ro, se de­cía que co­mían ra­ro, que olían ra­ro y les de­cían tur­cos por­que ve­nían con pa­sa­por­te tur­co ex­pe­di­do en do­mi­nios del im­pe­rio Oto­mano, co­mo tal fi­ni­qui­ta­do el año 1918. Mi fa­mi­lia en­tra por el mue­lle de Puer­to Co­lom­bia en 1930.

¿Cuándo te pi­ca el gu­sano de P la obsesión por el ci­ne? R A los seis años. Mi pa­pá, que co­mo mu­sul­mán no be­bía, no fu­ma­ba, ni iba a fiestas, se me­tía a ci­ne to­dos los días con su com­pa­dre, Teó­fi­lo Sle­bi. Yo re­co­rrí con ellos to­dos los ci­nes de Ba­rran­qui­lla. La con­di­ción pa­ra ir con ellos era

Las di­fi­cul­ta­des del ci­ne en el Ca­ri­be co­lom­biano, los te­mas de su fil­mo­gra­fía, y ca­pí­tu­los de su vida, en un diá­lo­go con la guio­nis­ta y ci­neas­ta ba­rran­qui­lle­ra. Sa­ra Harb, el ci­ne co­mo aven­tu­ra per­so­nal.

que yo te­nía que ha­cer la ta­rea. Veía una pe­lí­cu­la dia­ria. Co­mo ve­nía de una fa­mi­lia mu­sul­ma­na con­ser­va­do­ra –to­da­vía ten­go pa­rien­tas que usan el hi­yab y se ca­sa­ron se­gún la ley co­rá­ni­ca–, a mí el ci­ne es el que me lo ha en­se­ña­do to­do. Me en­se­ñó a be­sar, a re­la­cio­nar­me con el mun­do. Lue­go de es­tar tra­ba­jan­do en pu­bli­ci­dad me di­go que no quiero ven­der un pro­duc­to ajeno, que yo quiero es ha­cer ci­ne. Es así co­mo lo ven­do to­do y me voy a es­tu­diar ci­ne en Atlan­ta (EE.UU.). Cuan­do re­gre­so, la Uni­ver­si­dad del Nor­te me con­tra­ta pa­ra ha­cer cor­tos. Reali­zó el cor­to Pa­tri­mo­nio ar­qui­tec­tó­ni­co de Ba­rran­qui­lla con voz de Brau­lio de Castro, mi primer tra­ba­jo au­dio­vi­sual pa­go pa­ra es­ta uni­ver­si­dad, otro de pu­bli­ci­dad pa­ra su emi­so­ra, con voz de Cam­po Elías Ro­me­ro. Em­pe­cé a es­cri­bir el guion Sal­wa, la Tur­ca, que nun­ca pu­de ha­cer y que deseché. No en­con­tra­ba un fo­tó­gra­fo que se ajus­ta­ra a mis exi­gen­cias téc­ni­cas y es­té­ti­cas, cuan­do me en­te­ro que exis­te Luis Ernesto Aro­cha y con él em­pie­zo y desa­rro­llo to­da mi obra do­cu­men­tal.

¿Qué hi­cis­te con Aro­cha? P R Con Luis Ernesto co­mo di­rec­tor de fo­to­gra­fía, Pa­tri­mo­nio ar­qui­tec­tó­ni­co de Ba­rran­qui­lla; Tiem­po de bri­sa, tiem­po de car­na­val; La mú­si­ca del car­na­val, un do­cu­men­tal so­bre Frank Fer­nán­dez; hi­ce tam­bién El con­go en car­na­val.

Es­tá tu in­te­rés por los in­mi­gran­tes… P R Es­to es a par­tir de 2010. Hi­ce Am­ri­ka, Am­ri­ka, en el que abor­do el asun­to de la in­mi­gra­ción ára­be en el Ca­ri­be co­lom­biano, y Rrom Ca­ri­be, so­bre la po­bla­ción gi­ta­na. Hi­ce, siem­pre con Luis Ernesto, un tra­ba­jo pa­ra la GTZ y pa­ra el Cor­pes, Vida o muer­te: una de­ci­sión del hom­bre. Re­cuer­do una anéc­do­ta sim­pa­ti­quí­si­ma. Hi­ci­mos una fil­ma­ción por la Cié­na­ga Gran­de y él y yo nos com­pra­mos ca­da uno una mo­ja­rra, y el pro­duc­tor, que era el novio de la pro­duc­to­ra eje­cu­ti­va, de­ci­de que ne­ce­si­tan el ca­rro pa­ra ir­se a San­ta Mar­ta y nos han ba­ja­do en el pea­je de Ta­sa­je­ra a Luis Ernesto y a mí, ca­da uno con su pes­ca­do en una bol­si­ta a co­ger una flo­ta de re­gre­so pa­ra Ba­rran­qui­lla. Yo que te­nía tan po­co tiem­po de ha­ber lle­ga­do de Es­ta­dos Uni­dos le de­cía in­dig­na­da a Luis Ernesto: «¡Es­to en nin­gu­na par­te del mun­do es posible. ¿Có­mo así que a la di­rec­to­ra de la pe­lí­cu­la y al di­rec­tor de fo­to­gra­fía los ba­jan en un pea­je pa­ra lle­var­se el ca­rro y no­so­tros te­ne­mos que co­ger un bus de flo­ta?» Luis Ernesto se mo­ría de la ri­sa, pe­ro yo es­ta­ba empu­tadí­si­ma.

¿Có­mo se com­por­ta Ba­rran­qui­lla con­ti­go?, P ¿có­mo dia­lo­gan la ciu­dad y su di­rec­to­ra? R Se su­po que yo era una di­rec­to­ra que es­ta­ba en ejer­ci­cio. En el año 1989, un 9 de oc­tu­bre, es­ta­ba yo en la Cié­na­ga Gran­de fil­man­do, lle­go a ca­sa y me en­cuen­tro con una lla­ma­da que me di­ce que me van a pa­gar mil dos­cien­tos pe­sos de sa­la­rio y que ven­ga a di­ri­gir la Ci­ne­ma­te­ca. El primer di­rec­tor ha­bía sido Brau­lio de Castro. Yo me em­pe­ci­né con ese pro­yec­to, me en­tu­sias­mé y tra­ba­jé mu­cho pa­ra con­se­guir­le su se­de. Apro­ve­chan­do la re­la­ción de mi fa­mi­lia con Jo­sé Mi­guel Gó­mez, que es­ta­ba ha­cien­do la se­de de Com­ba­rran­qui­lla, don­de era el an­ti­guo Car­los Diep­pa, le di­je que por qué no nos de­ja­ba un es­pa­cio. A él no le pa­re­ció una bue­na co­sa, que eso iba a ser co­mo un quis­te ahí por­que no te­nía­mos pla­ta pa­ra pa­gar, pe­ro acep­tó y ahí em­pe­zó a cons­truir­se la Ci­ne­ma­te­ca.

¿Dón­de na­ce la Ci­ne­ma­te­ca? P R Brau­lio po­nía las pe­lí­cu­las en la Cá­ma­ra de Co­mer­cio y lue­go en otras sa­las de ci­ne de la ciu­dad. Yo he­re­dé diez fól­de­res y se­sen­ta mil pe­sos.

Así que la Ci­ne­ma­te­ca era en la práctica un P ci­ne­club ape­nas. R Sí. Ellos nun­ca hi­cie­ron in­ves­ti­ga­ción de ar­chi­vo ni re­cu­pe­ra­ción de ma­te­rial fíl­mi­co de la re­gión, ni na­da. Al prin­ci­pio no­so­tros tam­po­co. No ha­bía dón­de ar­chi­var, ape­nas se tra­ta­ba de ar­mar el pro­yec­to. So­li­ci­ta­mos del Mi­nis­te­rio de Co­mu­ni­ca­cio­nes unos pro­yec­to­res en­tre­ga­dos en co­mo­da­to con la Uni­ver­si­dad del Nor­te y en­ton­ces allí se em­pe­za­ron a po­ner las pe­lí­cu­las los vier­nes por la no­che y los sá­ba­dos en la ma­ña­na. Des­pués so­lo eran los vier­nes por la no­che en la Uni­ver­si­dad del Nor­te y los sá­ba­dos por la no­che en cual­quier sa­la de ci­ne de la ciu­dad. Co­mo los se­ño­res de Ro­yal Films son pa­rien­tes de mi ma­dre me per­mi­tie­ron po­ner las pe­lí­cu­las en las sa­las de es­ta em­pre­sa, en el Me­tro, que ellos aca­ba­ban de com­prar, po­nía­mos las pe­lí­cu­las allí los sá­ba­dos por la ma­ña­na.

¿Ha­cer ci­ne en Ba­rra­nP qui­lla? R El ci­ne en Ba­rran­qui­lla no tie­ne cre­di­bi­li­dad, ni de hom­bre ni de mu­jer. No hay de­ci­sión es­ta­tal de apo­yar­lo, cuan­do es de las in­dus­trias que más em­pleos ge­ne­ra en el mun­do. Tú ves la in­dus­tria ci­ne­ma­to­grá­fi­ca es­ta­dou­ni­den­se, es un em­plea­dor fan­tás­ti­co, es­to en cuan­to a la in­dus­tria y a la ven­ta del pro­duc­to au­dio­vi­sual. En el me­dio au­dio­vi­sual ba­rran­qui­lle­ro hay una es­pe­cie de mi­so­gi­nia, un ni­cho que es­tá re­ser­va­do pa­ra los hom­bres. Mu­chas ve­ces he ha­bla­do con mis co­le­gas a quie­nes quiero mu­chí­si­mo, con Ro­ber­to Flo­res, Iván Wild, Juan Ca­mi­lo Ol­mos. Des­pués de Atlan­ta yo vol­ví a Ma­drid a ha­cer un más­ter en guion, he en­se­ña­do guio­nes por diez años to­can­do con ello la esen­cia de la es­truc­tu­ra dra­má­ti­ca en el ci­ne, y te di­go que en Ba­rran­qui­lla so­mos más rea­li­za­do­res que guio­nis­tas.

Tu fil­mo­gra­fía ha sido au­toP fi­nan­cia­da. R Sí, por­que nun­ca he te­ni­do apo­yo del Es­ta­do. Una vez he­chas las pe­lí­cu­las un par de in­dus­tria­les me apo­ya­ron, yo ha­cía DVD pa­ra re­cu­pe­rar al­go de di­ne­ro. El ci­ne ha sido una his­to­ria a pérdidas. Te­nía una ca­sa de 1.200 m2 y aho­ra vivo en un apar­ta­men­to de 56 m2. He per­di­do to­das las pro­pie­da­des por el ci­ne (ríe sa­tis­fe­cha.) Co­mo di­jo Enrique Or­ti­ga, un co­le­ga y ami­go, ha­ce unos días pa­ro­dian­do a Jo­sé Eus­ta­sio Ri­ve­ra: «Ju­gué mi co­ra­zón al azar y me lo ga­nó el ci­ne».

¿Có­mo ves el ci­ne hoy en la P ciu­dad? R Una vez se pa­sa a lo di­gi­tal el ci­ne en Ba­rran­qui­lla ha evo­lu­cio­na­do rá­pi­da­men­te. Creo que es muy difícil ha­cer ci­ne si no se tie­ne apo­yo. El Es­ta­do co­lom­biano de­be des­cen­tra­li­zar esa his­to­ria de los con­cur­sos en un país de 44 millones de ha­bi­tan­tes pa­ra dar seis pre­mios a una ópe­ra pri­ma y un so­lo pre­mio pa­ra un lar­go­me­tra­je de más de un mi­llón de dó­la­res. Aun­que el ci­ne co­lom­biano ha pro­gre­sa­do co­mo in­dus­tria, aho­ra se ha­cen die­ci­séis, vein­te pe­lí­cu­las por año. Pe­ro en las re­gio­nes, ¿qué opor­tu­ni­dad tie­ne un ci­neas­ta de Pas­to o un mu­cha­cho de Cié­na­ga de ha­cer una pe­lí­cu­la? Es una ba­ta­lla du­ra de ga­nar. Des­de 1998 he apli­ca­do con pro­yec­tos a los fon­dos una vez crea­dos por el Mi­nis­te­rio de Co­mu­ni­ca­cio­nes, que lue­go pa­sa­ron al de Cul­tu­ra, y nun­ca he sido te­ni­da en cuen­ta. Veo re­sul­ta­dos de pe­lí­cu­las co­lom­bia­nas y me di­go, ca­ram­ba, no lo­gro creer que mis historias pue­dan ser peor que es­to.

¿Ca­be es­pe­rar más? P R El ci­ne se apren­de ha­cien­do ci­ne y no es posible que al­guien co­mo Pa­cho Bot­tía, con una in­for­ma­ción y la for­ma­ción que tú quie­ras se to­me die­ci­nue­ve años pa­ra ha­cer otro lar­go por­que en es­te país no se des­cen­tra­li­zan los re­cur­sos y los go­bier­nos lo­ca­les no apo­yan el ci­ne. Yo es­ta­ba in­tere­sa­da en re­co­ger el cos­mo­po­li­tis­mo de la Cos­ta y me di cuen­ta que se ba­sa­ba en las in­mi­gra­cio­nes. En 2008 em­pe­cé a tra­ba­jar el do­cu­men­tal so­bre los ára­bes, ya ha­bía co­men­za­do a ha­cer Sal­wa, la Tur­ca, que era una his­to­ria de fic­ción so­bre la in­te­gra­ción de los ára­bes mu­sul­ma­nes con el Ca­ri­be, re­co­gía to­da una geo­gra­fía nues­tra que nun­ca ha­bía es­ta­do re­pre­sen­ta­da, ex­cep­to en La bo­da del acor­deo­nis­ta, de Pa­cho. Lo lle­vé a Ca­sa Amé­ri­ca en Ma­drid, lo lle­vé a Bei­rut. Cuan­do los in­mi­gran­tes que ha­bían vuel­to de Ba­rran­qui­lla al Lí­bano vie­ron ¡Am­ri­ka, Am­ri­ka!, y vi to­do el mun­do llo­ran­do en la sa­la, pen­sé que la co­sa es­ta­ba muy mal he­cha, que me iban a ma­tar a la salida (ri­sas). Pe­ro es­ta gen­te lle­gó a mí con lá­gri­mas en los ojos, me abra­za­ban, se re­co­no­cían en el do­cu­men­tal. Sen­si­ble con los in­mi­gran­tes, las mi­no­rías dis­mi­nui­das, re­cha­za­das, sin vi­si­bi­li­za­ción, em­pe­cé Rrom Ca­ri­be, lo de los gi­ta­nos en el Ca­ri­be co­lom­biano, una cul­tu­ra oral tras­hu­man­te que lo ha per­di­do to­do, han per­di­do el idio­ma, se han mez­cla­do con los co­lom­bia­nos, de­ja­ron de ser tras­hu­man­tes.

¿Có­mo es tu in­ter­ac­ción con otros di­rec­to­res. P R Con Car­los Ma­yo­lo, en Bo­go­tá. Siem­pre que iba ha­blá­ba­mos mu­cho de ci­ne. Él me di­jo esa co­sa so­bre En­sal­mo, que era co­mo un be­so, in­ten­so pe­ro cor­to. Con Luis Os­pi­na tam­bién.

¿Có­mo vas con lo que ha­ces so­bre Víctor P Ga­vi­ria? R Es un do­cu­men­tal que tie­ne un cor­to de 7 mi­nu­tos pa­ra sa­las de ci­ne, y un lar­go de 52 so­bre Víctor Ga­vi­ria, el di­rec­tor an­tio­que­ño. Cuan­do yo vivía en Sa­ba­ni­lla vino a mi ca­sa. Era la épo­ca del ve­ra­ni­llo de San Juan, así que es­ta­ban las ma­ri­po­sas ama­ri­llas y él se le­van­tó muy tem­prano. Le hi­ce una en­tre­vis­ta con una ca­ma­ri­ta mi­ni DV que yo me aca­ba­ba de com­prar. Un día me en­con­tré en una ga­ve­ta esa en­tre­vis­ta y me di­je, ¿por qué no re­to­mar a Ga­vi­ria?, que se vea con el pa­so del tiem­po. Lo in­tere­san­te con Víctor Ga­vi­ria no era mos­trar­lo co­mo una fi­gu­ra po­pu­lar, una di­va, sino ha­blar con él so­bre su ci­ne, es­pe­cial­men­te cuan­do me di cuen­ta que com­par­tía­mos el mis­mo di­rec­tor de fo­to­gra­fía, Ro­dri­go La­lin­de.

¿Có­mo se lla­ma es­te tra­ba­jo? P R Víctor Ga­vi­ria, di­rec­tor. Ya te­ne­mos un tea­ser, te­ne­mos un cor­te de sie­te mi­nu­tos, va a ex­hi­bir­se, oja­lá lo com­pren, por las sa­las de Ro­yal Films, ya es­ta­mos en el mon­ta­je de la ver­sión de 52 mi­nu­tos.

Tus ac­to­res. A ni­vel de ac­tua­ción ‘En­sal­mo’ es P ab­so­lu­ta­men­te sol­ven­te. R No tra­ba­jo sino con pro­fe­sio­na­les, no me pue­do per­mi­tir tan­tos en­sa­yos y tan­tas prue­bas por­que ten­go po­co di­ne­ro. Pre­fie­ro tra­ba­jar con pro­fe­sio­na­les que me dan lo que re­quie­ro. Por ejem­plo, voy a ha­cer un plano, ha­go tres to­mas y me dan lo que quiero. Si tra­ba­jo con ac­to­res na­tu­ra­les ten­go que gas­tar mu­cho tiem­po en­tre­nán­do­los, ha­cien­do que se me­tan la his­to­ria en la ca­be­za, que se qui­ten los cli­chés de la te­le­vi­sión. Pre­fie­ro tra­ba­jar con téc­ni­cos pro­fe­sio­na­les, co­bren lo que co­bren, con ac­to­res pro­fe­sio­na­les, y si pla­neo mi ro­da­je en diez días, pues en diez días sa­le.

La te­le­vi­sión re­gio­nal… P R Yo veo po­ca te­le­vi­sión. Vi La Ni­ña Emi­lia, eso me gus­tó. Me pa­re­ce que es una pro­duc­ción mu­cho más cui­da­da en to­do sen­ti­do, ac­to­ral, de pro­duc­ción, de di­se­ño de pro­duc­ción, pues­ta en es­ce­na, de mon­ta­je, la téc­ni­ca.

¿En qué te en­cuen­tras tra­ba­jan­do ac­tua­lP men­te? R Ten­go un mes y me­dio tra­ba­jan­do en un pro­yec­to pa­ra la Go­ber­na­ción de La Gua­ji­ra. Una adap­ta­ción pa­ra el ci­ne de una pie­za de tea­tro de Ra­món Vin­yes.

¿Qué has vis­to úl­ti­ma­men­te que te ha­ya P gus­ta­do? R Me gus­tó (lo di­ce con su sua­ve voz) Paterson, de Jim Jar­musch, de él tam­bién me gus­tó Only Lo­vers Left Ali­ve. Me gus­tó el Macbeth de Jus­tin Kur­zel Cour­cel, con Mi­chael Fass­ben­der y Marion Cotillard, ¿la vis­te? ¡Guao, tie­nes que bus­car eso, uf! Sí, yo veo to­do lo que po­nen, si es­tá ma­lo, me sal­go.

Sa­ra Harb du­ran­te el ro­da­je, en 2002, del fil­me ‘En­sal­mo’.

FO­TO EL HERALDO

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.